11.02.2008

Miércoles 30/07/08


ABANCAY : El Pachachaca y las aguas termales cerca al precipicio.

Despertamos todos, poco a poco. Afuera se oía el ruido de personas andando de un lado para el otro. Es miércoles y hay clases en este lugar, al salir del salón lo comprobé. Habrá causado mucha conmoción en los estudiantes de este Instituto ver de pronto, en pijama, con cara de no haber dormido bien y totalmente desaliñados a varios extranjeros andando por sus patios, metiéndose a bañar en las escasas duchas que encontramos o, si la desesperación por baño era más urgente, haciéndolo de a pocos con el agua de los lavabos. Hasta que nos dijeron que afuera no esperaba una movilidad para trasladarnos hacia el Centro, donde desayunaríamos y tendríamos duchas, hasta calientes si estábamos dispuestos a pagarlas. Lo que afuera encontramos era un camión que despedía cierto fétido olor. Al subir nos daríamos cuenta de que se debía a que antes de nosotros había llevado ganado por los vestigios fecales que debajo de nuestros pies encontramos. Y así, ordenadamente apiñados, ‘apegados’ como dirían nuestros cobradores de colectivos limeños, nos dirigimos al Centro. Sin embargo, las ‘malas’ condiciones ya no las eran para nosotros, en este punto de la travesía Inka. Las aceptábamos con una tranquilidad estoica. Por mi parte me quedé contenta con el buen clima de Abancay. Un cielo azul cuyo sol enceguece por su luminosidad pero no quema; la fresca mañana. Debo admitir que soy ciertamente vulnerable al clima por lo que ese aspecto llega a ser algo determinante hasta incluso en mi estado de ánimo, incluyo en esto lo que significan para mí las vistas paisajísticas; he allí mis ímpetus descriptivos pues creo ser por ratos exageradamente sensible a los cambios del ambiente. Puede causarme un enorme placer una noche estrellada, puedo sonreírme a mí misma de jovialidad ante la claridad del día, ante el brillo de la vegetación, a las infinitas tonalidades que adopta ésta con los primeros o últimos brillos. Las nubes y sus caprichosas formas me dejan simplemente pasmada y pegada a la ventana del autobús, quizá buscando, abstrayéndome, forma análoga alguna dentro de mi referente (un juego de nunca acabar). Y así…

Como decía, el camión nos dejó en la puerta de un hotel, donde inmediatamente cogimos ducha. Angeley, Victoria y yo moríamos por una caliente, la que nos dejó finalmente relajadas. Usamos una de las habitaciones como vestidor mientras veíamos Candy por la tele. Allí nos enteramos por Victoria que en la Argentina han privado a las niñas y no tan niñas del placer de ver tan telellorón dibujo animado. Pobre Viki, decimos.

El desayuno estuvo delicioso, quizá el hambre ayudó a ver así al lomo saltado que nos pusieron en frente. Eso mientras nos explicaban en qué consistía la siguiente aventura. Pero con A mayúscula pues se trataba de una dura caminata hacia Choquequirao; una caminata que duraría sus dos días pues dormiríamos cerca de las mismas ruinas, cosa que era posible gracias a la todavía poca fama que presentan estas, como nos dicen, bellas ruinas incaicas. De allí llegaríamos de vuelta a Abancay, recogeríamos nuestras cosas e iríamos hacia el Cusco, a tres horas de aquí. Hoy saldríamos de Abancay a las doce de la mañana, con destino al primer punto de la caminata. Son las once, hay que alistar y comprar lo necesario.

Después de compradas las conservas de atún, bebidas rehidratantes, caramelos de limón y chocolates (prioridad en mi caso) regresamos al Instituto a recoger las mochilas. Nos las llevamos al Hotel Turistas, donde durmieron los que anduvieron pasando penurias con el cuerpo. Y esperamos….Y esperamos. A las tres de la tarde vimos ya que no llegaría el bendito bus y ya sólo quedaba pensar en qué hacer para aprovechar lo que restaba del día. Juan Pablo nos habló entonces del Puente de Río Pachachaca, el puente colonial desde donde con una caminata de unos 20 minutos se llegaría a unas aguas termales totalmente naturales. Sin ninguna otra opción accedimos.

Es una muy honda quebrada la formada por el paso de este río. Más significativo es para mí recordar que en los Ríos Profundos de Arguedas, en el puente desde donde hoy estuve mirando correr con estrépito el río del mismo nombre, el Pachachaca, cruzaban legiones de indios aún por los 60’s flagelados por la poca piedad de las haciendas que los mantenían bajo inclemente yugo. Justamente vi los restos de una de estas haciendas. Recordé entonces que la situación si bien ha cambiado, quedan aún vestigios de tal injusticia en los índices de pobreza que conlleva esta región, la de Apurímac.

La noche caía sobre nosotros y sin haberlo previsto recorrimos esos 20 minutos a oscuras, lo que le dio un aire misterioso, y por eso más atractivo, a la caminata. Poco a poco el torrente del río se hacía más estruendoso. Hasta que después de peligrosos ascensos por rocas mojadas y tras toparnos con ‘charcos’ con agua caliente saliendo de ‘no sabemos donde’ llegamos a una zona donde ya no había camino: estábamos en el límite. Caímos en la cuenta de que aquellos charcos eran en realidad las mentadas aguas termales y quien quisiera bañarse en ellas que lo haga. Yo ni loca, me daba un miedo terrible pues al lado el precipicio, que no se veía pero se podía intuir por el cálido viento y estrepitoso correr del río, me decía que con un paso en falso pasaba a ser parte de los que no van a bien con los del más aquí. Me senté tranquila a observar el firmamento…Y presté atención: no había rastro de luz andrógena que pudiese opacar al cielo que se mostraba en extremo escarchado. Un cielo que jamás en mi vida había visto más estrellado me deslumbró aquella noche. Mis primeras estrellas fugaces aparecían de la nada aumentando más mi conmoción. Como para quedarse horas de horas sin cansarse de mantener los ojos abiertos.

Regresamos al hotel. Esta noche no había dónde quedarse, en principio. Los del hotel buenamente nos cedieron el último piso, para echar bolsa. Aparte se alquilaron habitaciones que fueron sorteadas entre todos y dando prioridad a los que se sentían mal por alguna comida o la altura.

11.01.2008

Martes 29/07/08


AYACUCHO : Pampa Galeras…Chaccu!

Son las nueve de la mañana. Surco las Pampas de Nazca que, gracias a la oblicua luz a estas horas, parecen, desde lejos, adquirir diversas tonalidades que van desde el marrón al violeta. Voy cruzando al ritmo de la Panamericana Sur las mismísimas Líneas de Nazca.

Muy temprano en la madrugada me pasé con Angeley (Tarapoto) y Adrián (España) a la camioneta blanca otorgada por el gobierno Regional de Moquegua, que en este año está asumiendo la presidencia de la Ruta Inka; pues en el bus donde están los demás no cabíamos todos sentados. Cerca de las tres de la mañana recogimos a los chicos. Se cometió un grave error porque al chofer se le olvidó hacer una parada en Pisco por los que habían pasado todo el día de ayer en la Reserva de Paracas; nos percatamos cuando ya cruzábamos la ciudad de Ica. Se sucedió un quilombo (como lo diría mi querida amiga paraguaya, Evelyn) con los expedicionarios hasta que los choferes accedieran a dar vuelta para así evitar dejar solos a los ruteros olvidados en la intemperie.

Ahora, estando en las pampas, las ganas de ver las Líneas de Nazca, aunque sea desde muy baja altura como para poder apreciarlos bien, nos hicieron hacer una pequeña parada para observar desde un mirador de tres pisos de alto asentado al lado de la carretera. La vista del amplio y desértico panorama regocijaba el espíritu mientras aparecían incógnitas con respecto a los orígenes de estas inmensas figuras. Un fuerte ventarrón dejaba disfrutar con mayor sosiego ese solcito que no veíamos desde Chavín. El camino hasta la llegada era largo y las necesidades fisiológicas de algunas de las chicas, incluyéndome, se hacían poco postergables; así que improvisamos con nuestras mantas y toallas cogidas por nuestras manos una letrina, en plena carretera; flanqueadas por las pampas y con un alto espíritu hacia la no desertificación del lugar (…). Que pase la siguiente, espera que hay viento, apúrate que nos deja el bus, cómo quieres si el frío me congela el culo…Nos llamaban, teníamos que seguir hacia Pampa Galeras, el próximo destino.

La carretera Nazca-Apurímac me sorprende por su persistente aridez. Las cactáceas dominan haciéndose paso entre tanta hostilidad hídrica. Sin embargo, el desierto es apacible; te hace asomar la cabeza por un poco de sol, ver hacia atrás y recordar muchas cosas, lo que se está haciendo con este lapso de tiempo inexplicablemente regalado llamado vida. Poco a poco el verdor aumenta y de pronto es apagado por un cada vez más frecuente ichu, el pasto de las alturas; que indica que estamos en el tipo de lugar donde suelen habitar las juguetonas vicuñas. Y las vemos. Una emoción inexplicable nos invade al observarlas muy a lo lejos en grupos reducidos y muy dispersas, pastando tranquilamente.

El Chaccu es una actividad de origen muy remoto que se organiza cada año. Consiste en acorralar a las vicuñas hacia unos cercos para proceder a su individual y paciente esquila (extracción de la fibra). Ahora la actividad está fuertemente regulada pues estas tierras pertenecen al Parque Nacional Pampa Galeras que, siguiendo los objetivos de su creación, protege a las vicuñas, camélidos silvestres de las punas sudamericanas, que durante un tiempo estuvieron gravemente en peligro de extinción y que, gracias a una gran labor por parte del Gobierno, vía acción del Inrena, pudo lograr que la población de estos animales saliera de la lista roja. Se permite sólo el uso sostenible de este recurso y el Chaccu es una muestra muy clara de la intención de cumplir con este objetivo a la que vez que se crea un fondo económico para los pobladores de las zonas aledañas; ya que se trasquila a las vicuñas siguiendo unas normas que incluyen el hacerlo cada cierto tiempo y cuidando de hacerlo sólo en determinadas zonas del cuerpo del animal para evitar que muera por el frío. Todo esto con un gran aire festivo porque se continúa con una gran fiesta, la cual me comentan fue hace poco. Y eso es precisamente lo que haremos, nos organizaron un pequeño Chaccu. Mi expectativa es grande.

Fuerte sol y un frío que cala los huesos, estamos en la puna. Salimos de la camioneta, la cual se estaciona muy cerca de una bodega, probablemente la única en varios kilómetros. Sale una niña que, tímida, llama a su madre y se mete inmediatamente al interior de esta casa. La señora nos ofrece mate de coca para aliviar el frío y pan con queso, lo que vendría a ser nuestro desayuno aun cuando sean cerca de las 12 de la mañana. Conocemos a un periodista arequipeño quien vino para hacer un reportaje sobre la reserva. Mientras ascendemos hacia el lugar donde están ya acorraladas algunas vicuñas, este aventurero hombre nos cuenta a Angeley y a mí sobre su trabajo. Hace reportajes de aventura y gracias a ello ha recorrido mucho del Perú, le apasiona lo que hace aún cuando le haga pasar por repentinas penurias pecuniarias. Observamos la puna. Angeley se queja del frío, y es de esperar sabiendo que proviene de tierras calurosas…Hasta que vemos un corral con las vicuñas. Ya Adrián, que entró al corral, parece mimetizado entre ellas; se mantiene absorto por la belleza de este majestoso animal. Me contagio de la admiración y es que estas lindas criaturas parecen adquirir personalidad, aunque siempre asustadizas, mientras más tiempo te las quedas mirando. Al rato caemos en la cuenta de que extrañamente los demás aún no nos han dado el alcance. Inicio el descenso con Angeley para ir por ellos. Los comuneros que nos están organizando esto esperan desde muy temprano en la mañana y desean irse pues hay fiesta en Lucanas, es la celebración de ‘’Santiago’’, una festividad patronal que inició el 22 de julio y, tal como me cuentan, hoy habrá corrida de toros y no desean perdérselo. Llegamos y no vemos rastro de los demás así que sólo esperamos. Regreso a la bodega y me doy un tiempo para escribir mientras observo jugar de tanto en tanto a dos de los otros hijos de la dueña del negocio. Pronto sale ésta a acompañarme. Ana Zela se llama y tendrá cerca de 50 años, los cuales corren últimamente apacibles por vivir aquí. Su esposo vive en Ica, donde tiene una casa; pero buscar nuevas oportunidades la hizo hacerse con una hasta hace poco pequeña tienda, la que ahora está sorteada con productos de todo tipo que podrían sacar de apuros a malalecheros viajantes. Gabriela, su hija, es la niña que poco a poco pierde su timidez y quien, una vez ganada la confianza, se deja enseñar mis fotos y se anima a tomarse algunas conmigo. Tiene una sonrisa de ésas que te abstraen totalmente y que valen realmente la pena. Veo a lo lejos a tres extranjeros que se dirigen hacia la bodega, vienen en bicicleta. Son de Suiza, me dicen, y se vienen pedaleando desde Cusco. No pude evitar mi asombro pues Cusco está a unas buenas horas de aquí, en auto. De pronto, aparece un camión trayendo a los ruteros; debo seguir. Me despido de Gabriela, de los niños, de Ana, de los suizos.

Me perdí del Chaccu pero conocí a Ana y a sus hijos. Debíamos partir, Apurímac nos esperaba.

Lo siguiente no me permitía alejar la vista del paisaje: El atardecer mostraba todos los matices que puede crear en los parajes serranos. Tonalidades de colores diversos eran captadas desde mi recién estrenada cámara. Íbamos hacia Puquio para cenar y de allí continuar hacia Apurímac. Al pasar por Lucanas, y gracias a que hicimos una pequeña parada allí, vi que, como me dijeron los comuneros en Galeras, Lucanas estaba de fiesta: una corrida de toros se estaba dando inicio mientras una gran multitud observaba expectante el show.

La cena: sopa de chuño y arroz con mashua, un tubérculo que posee sabor similar al de la papa logró llenar al estómago con algo nutritivo después de haberse engañado con galletas.

Dormí plácidamente en la camioneta mientras la temperatura descendía con el correr de las horas, aunque las incansables curvas de la carretera eran todo un problema. Y de pronto, llegamos a Abancay. No es un frío que cala los huesos, por suerte, el que aquí nos dio la bienvenida. Como luego me explicaron, Abancay a pesar de ser una ciudad serrana presenta un clima benigno sin temperaturas muy extremas que soportar. ¡Qué bueno!. Eran cerca de las 3 de la mañana cuando llegamos al Instituto Politécnico, tras dar unas vueltas en la ciudad para encontrarlo. Allí conocimos a Juan Pablo, un abancayno que se ofreció a darnos apoyo durante nuestra estadía en esta ciudad. Y como los de la camioneta éramos los primeros en llegar nos dispusimos a acomodar los salones que nos habían asignado retirando las carpetas que allí había. En ese trajín el chip del celular se me extravió (Ah!, qué cólera); ahora no sé por cuánto tiempo me mantendré incomunicada. Por fin señales de vida del bus con los chicos, el cual estacionó a unas cuadras del politécnico. Bajamos mochilas y recorremos a mal paso unas cuadras para llegar, descargar bolsas de dormir y dormir, propiamente.

10.30.2008

Lunes 28/07/08


LIMA : Hogar, dulce hogar


Este fue un día de compras. Las ansias consumistas de mi padre se hicieron notar en el supermercado, en las tiendas de ropa y electrodomésticos; para de pronto verme con bolsas de cosas nuevas, aunque necesarias. ¡Una cámara digital! La necesitaba, pues con tantas cosas vistas durante tantos días la falta de registros pictóricos que aviven a la memoria resultaba una cuestión dolorosa. Pensaba en los días y paisajes del sur que se me venían y que captaría con la nueva maquinita. Reacomodaría las cosas en mi gran mochila verde, más ropa aún, dentro de las que incluían las apropiadas para frío intenso; no desearía que me ocurriese lo mismo que en Chavín.

Y se hizo de noche y toda la familia nos subimos al auto para enrumbarnos hacia el Callao. Recogimos en el camino a Lucía quien apareció desde una esquina con su madre y una linda mascota. Unas cuadras más arriba y llegaríamos al Colegio. Fuertes abrazos, recomendaciones y los mejores deseos no dichos pero sí demostrados con tiernas miradas. Sólo un ‘’Llama, si es posible todos los días’’ se le escapó a mi abuela. Últimos besos y un hasta pronto, cuídate.

En las habitaciones ya todos estaban listos para tomar el bus hacia Pampa Galeras. Pasando por Pisco recogeríamos alrededor de las tres de la madrugada a los que se animaron al fin visitar Paracas. ‘Sol Peruano’, el bus que nos había acompañado desde Piura se había marchado ya con la alegría de los choferes de dejar por fin a tan revoltoso grupo de extranjeros; pero sobretodo para ir a ver a sus familias que dejaron en el norte. De ahora en adelante andaríamos en diferentes carros.

Partimos a las 10 de la noche. Covadonga, la de las dotes flamencas, se sentó a mi lado y mientras me hablaba de la historia española reciente veía a través de la ventana la ciudad de Lima, la que dejaría de ver nuevamente.

Domingo 27/07/08


LIMA : Hogar, dulce hogar


Hoy es día de museos, de paseo por el Centro Histórico y de compartir con la gente limeña el espíritu de las fiestas. Mis planes son otros. Iré a casa después de desayunar. Estaré hasta mañana por la noche, que partimos hacia Nazca.

Lucía también va a casa. Algunos estuvieron pensando en qué hacer estos últimos días en Lima. Ir a la Reserva de Paracas era una opción; eso o sobrevolar las líneas de Nazca que no era menos atractivo. Por mi parte no me inquietaba la idea pues de hacerlo, como peruana estas fechas no son las adecuadas por los precios sobrecargados por ser alta temporada de turismo.

8:00 pm. Caminé unas cuadras desde el Colegio Militar hasta el paradero y mientras me alejaba una extraña sensación se apoderaba de mí: Era cruzar el límite entre un mundo en el que me había metido desde hace tres semanas y la realidad y su envoltura de monotonía. Se me hicieron insoportables las curvas de la carretera, los semáforos, el smog tan terriblemente obvio, el frenar en cada paradero; un mundo al cual me había acostumbrado gracias al paso de los años se me atravesó de lleno en esa hora y media de mañana en un colectivo. Hasta que llegué. Me permití dormir un par de horas hasta el almuerzo, qué almuerzo, como sólo el hogar te lo puede brindar.

Y la tarde y la noche pasaron, velozmente. Revisado el correo y compradas algunas cosas disfruté de un domingo en casa más.

Sábado 26/07/08

LIMA : Pachacámac y el Parque de las Aguas

Fue un salto a la realidad llegar a casa. He pasado cerca de tres semanas fuera y a mí me parecen una eternidad. Tantos acontecimientos, tantas nuevas experiencias hicieron que simplemente el tiempo se alargara, cada minuto, cada segundo…

Hoy salí temprano de casa en dirección al Colegio Militar. Las actividades continuaban y no me perdería de ellas. Al llegar encuentro a la gente dispersa tratando de relajarse un poco mientras se decide qué se hará ese día. Algunos aprovechan para mandar sus ropas a la lavandería o improvisar cordeles para tender los que acaban de lavarse. La unión hace la fuerza, lo demuestran las chicas quienes en la habitación que nos han dado colocaron dos armarios a cierta distancia desde donde amarraron pitas a manera de cordel tras unos minutos de largos y coordinados intentos. Un Juanma asechado por las manos inquietas de algunas chicas se deja trenzar su larga cabellera; me uno a la proeza y me apodero de algunos mechones.

Por fin nos dicen qué haremos: Iremos a Pachacámac; pero antes almorzamos. El amplio comedor del Colegio Militar nos recibe con papa a la huancaína y tallarines (pasta), lamento lo último pues no aprecio pastas más que las de mi abuela hechas en casa. Muchos no están aquí porque aprovechan Lima para salir de compras o, en el caso de algunos de los peruanos, visitar familiares.

Omar es limeño y amigo hasta hace poco sólo de forma virtual de Vanessa, la chica de Brasil, y nos acompañó hoy en el recorrido. Es un bus universitario el que nos saca del colegio para atravesar la ciudad desde el Callao hasta Lurín, lugar donde está el Parque Arqueológico de Pachacámac. Un nuevo rostro es el de Guadalupe, de México, que se unió justo ayer a la ruta. De camino algunos se quedan para hacer compras. El trayecto se hace largo y las periferias de Lima logran captar la admiración de muchos: esas casas de triplay y esteras encaramadas desordenadamente en las laderas de los cerros, desafiando al frío invernal que las apaña; la Lima que no ven en Miraflores y la que no verán probablemente, una realidad que no cabe en los afiches de turismo. Es una Lima nueva y en constante crecimiento. Llegamos a Pachacámac. Un museo de sitio, artesanías y un gran recorrido a través de sus parajes. Un Acllahuasi o casa de la vírgenes y un hombre manobriando un telar artesanal que forma con la ayuda de una destreza y paciencia excepcionales, bordados bellísimos. Perros peruanos sin pelo, un profundo olor a mar, la gran panza de burro (como denominamos aquí los limeños a nuestro cielo en estas épocas) arriba y, a lo lejos, más de esa Lima de crecimiento horizontal, de casas pequeñas y de miles de tonalidades que se mezclan con la arena.

Regresamos al Colegio. Es sábado y la Capital peruana nos tiene que sorprender con algo interesante. El punto inicial es el Parque de las Aguas. Los que fueron a comprar ropa muestran sus adquisiciones las que incluyen las que se pondrán esta noche; los pantalones cargo, los canguros y los sombreros de ala ancha piden ser guardados muy al fondo en la mochila. Otros no se hacen de problemas y prefieren la comodidad de la ropa de expedición. La ostentosidad de esos juegos de aguas sorprende a muchos aunque fue un problema hallar a los chicos entre tanta otra gente. Imposible mantenernos unidos. Lucía apareció y Viki se encontró con su papá en algún momento en el que la perdí de vista. Adrián estaba preocupado por Ricardo (Bolivia), Álvaro, Cecilia y Diana que se habían perdido en algún momento mientras recorrían Lima esa tarde. Una llamada al celular de Cecilia apañó la
preocupación, pues no se habían perdido sino que fueron sin decir nada a la casa de un familiar de ella. Resuelto el problema y con mucha noche por aprovechar fuimos hacia la Calle de las Pizzas. Abordamos dos colectivos tipo couster donde entramos todos apretados, como un limeño de a pie más. Un tráfico terrible, coches atravesándose por doquier y reggeaton escuchándose muy alto por la radio acompañaron el recorrido. Llegamos y pronto la gente se dispersó; lo que sí era claro es que debíamos estar frente al Parque de la Reserva a la 1 de la mañana para que nos lleven al Colegio. Unos cuantos optamos por comida rápida y por pasear por allí. El sueño me invadía y apenas cogí el bus de regreso caí rendida; recuerdo que Javier contaba chistes de Charlie Brown, recuerdo también que me arrepentía por no haberme metido a alguna disco a mover el cuerpo aunque sea un poco.

9.22.2008

Viernes 25/07/08


LIMA : Barranca y la primera civilización, Caral.



Amanece en Barranca; su cielo gris nos da la bienvenida. Afuera la bulla de los transeúntes se hace notar y, al ver a través de la ventana, la informalidad reluce en una gama de colores como sólo los pueden tener los mercados, de ésos en los que sólo un pedazo de costal separa el suelo de lo que comerás en el almuerzo. El panorama logra captar la atención de Silvia, una española. ‘’Créeme, dentro de todo ese caos hay un orden’’, le digo y me contagio a la vez de esa admiración. Al frente hay un hotel donde consiguieron alquilarnos las duchas, lo cual es un alivio.

Salimos para acomodar nuestras mochilas al bus e irnos en él hacia la plaza de Barranca, para una recepción. Probamos de los tamales, que al parecer son muy famosos por estos lares, para ir después a Caral. El camino se hacía eterno; recorremos un panorama desértico en donde el bus se hace paso por un sendero al parecer inexistente pues solo estaba cercado por piedras que desde nuestras ventanillas no se lograban ver con claridad. ‘’Los choferes del bus ya se cansaron de nosotros que nos desvían para desbarrancarnos en cualquier momento’’ se escuchó por allí. Maite pasaba con su cámara filmadora para perennizarnos tal como estábamos, tranquilos y aún con muchos días juntos por delante como para pensar en la despedida. El sol apareció y, al rato, algunas construcciones que se veían a lo lejos. Llegamos a Caral. La recién mentada primera civilización mostraba una serie de templos dispersos en un vasto terreno. Los fogones en las partes más altas de éstos hacían creer en la función religiosa que podrían haber poseído. Antes de recorrer en parque arqueológico y tras observar la pintoresca arquitectura de los baños no pudimos sino tomarnos una foto. Porque, sin broma, después de tantos baños horrorosos con los que nos hemos topado, uno como éste era todo un lujo. Y no exagerando mucho pues accesorios como la puerta, tachos y lavabos estaban hechos de o cubiertos con paja atractivamente decorada. Quizá el mismo asombro nos causen los baños de nuestras casas al regresar a ellas.

Y lo iba a comprobar pronto pues mi hogar estaba muy cerca…Esta noche vería a mis padres y dormiría en mi cama. Cogería la computadora y revisaría el correo. Contaría miles de cosas; una amiga que vive al lado, Khalia, no se cansaría de preguntar...

Y partimos hacia Lima. Al cabo de un rato de distribuirnos en nuestros camarotes en las habitaciones del Colegio Militar Leoncio Prado, en el Callao, sonaría mi celular, mi papá me esperaba en la puerta.

Jueves 24/07/08


ANCASH : Chavín …que frío!


¿Dije frío?...Esa noche estuvo heladísima. A media noche el bus paró para que la gente bajase a comprar algo. Yo me desperté y aproveché para sacar polos, pues era lo que me abundaba, para colocarlos en mis piernas que se adormecían del frío. La chalina de Yining me ayudó a cubrirme la cara, pero no sabía que hacer con mis pies…Hoy, de mañana y todavía con frío veía el lindo paisaje de la sierra de altura. Las casas con techos gruesos de paja para cobijar a esas familias que parecían tan vulnerables ante el inclemente clima a esta altitud. Los picos nevados se hacían notar muy cerca de nosotros y pareciera que nos trasmitían con un soplido su naturaleza. Niños levemente abrigados que se dirigían al colegio caminando saludaban al bus a su paso. Burros y otros animales pasaban de lado. Las sombras que creaban los grandes cerros a ambos lados de la carretera recaían sobre nosotros y de tanto en tanto la inclinación de los rayos solares se colaba de entre éstos dándonos sus toques de calor que esperábamos con ansias. Y llegamos…Al bajar del bus un gran sol ya se hacía notar y alrededor se vislumbraba el verdor de la vegetación encaramada a duras penas en las montañas imponentes. Tomar un emoliente caliente era mi prioridad y la que tomé con Covadonga me alivió. Fui rápidamente a buscar unas mallas de lana para ponerme debajo del jean que traía puesto. Aunque casi en vano porque el calorcito ya se hacía intenso. Me di un tiempo para recorrer el lugar: La plaza de Armas, que se estaba restaurando era muy vistosa. Había un poco de movimiento a esa hora, las 9 de la mañana, sobretodo en el mercado que estaba en la entrada del pueblo donde muchos de los lugareños tomaban el desayuno del día. El clima, el paisaje y la gente que pasaba me hicieron preguntar por alojamiento, para tener una referencia del precio para cuando vuelva a este lugar; porque, me decía, tengo que volver…Nos llamaron y fuimos al Complejo Arqueológico Chavín de Huántar, caminando pues estaba muy cerca de la plaza. Lo primero con lo que uno se topa es con las réplicas de la Estela Raimondi y, siguiendo un recorrido, se llega hasta la plaza central. Nuestra guía comenta acerca de la gran vulnerabilidad del lugar hacia los aluviones, deslizamientos de tierra, lo que me hizo recordar el penoso incidente en Yungay. El sitio arqueológico, no ajeno al fenómeno, también ha sufrido daños. Aunque, de cierta forma, esto ayudó a que pudiera conservarse tal como está ahora, lejos de los saqueadores. En una de las tantas galerías (Laberintos), la que pertenece a los prisioneros, hay piedras puntiagudas que sobresalen de los muros, dispuestas en filas y en los cuales eran amarrados estos hombres. Otra galería cobija en sus entrañas al Lanzón Monolítico.
Después del almuerzo en un lindo restaurante nos dirigimos hacia la laguna Querococha. En el trayecto Jorge, el representante del presidente del Gobierno Regional de Moquegua, me comentaba lo sucedido hace unos meses como consecuencia de la injusta repartición de los cánones mineros de los yacimientos asentados entre Moquegua y Tacna. Se trataba de una cuestión de orgullo regional, me decía. Mientras tanto, el bus se quedó varado; algo tenía que ver el sobrecalentamiento del motor. Tras una larga espera retomamos el camino hasta la laguna, la que se apareció ante nosotros de improviso, como de la nada. Su gran tamaño, el color azul oscuro de sus aguas y el nevado qua la flanqueaba por detrás, le daban un aspecto magnífico. Salir del bus fue reencontrarse con las bajas temperaturas que nos azotarían de nuevo. Pero eso no importaba, Querococha estaba allí, esperándonos. Lo rodeaba el ichu, el pasto natural de las alturas que, cual paja, con su amarillo opaco contrasta estupendamente con el color de las aguas. Asentada en la orilla estaba un bote de madera y al vernos con ganas de pasearnos en él vino al instante su dueño; salió de la puerta de la única casa que se encontraba en este, al parecer, inhóspito lugar. Vivía de pasear en bote a los turistas y fue eso justamente lo que nos ofreció. Por tres soles cada uno nos dejamos llevar un corto tramo para sentirnos rodeados de las gélidas aguas, mientras trataba de imaginarme cómo podría ser la vida de esta manera, viviendo tan aislados de todo, con una tranquilidad que podría desesperar al hombre más citadino. La costumbre, será, al fin me dije. Nacer, crecer, pasar toda una vida en un sitio hace que te acostumbres a él. Salimos del lago. La maletera del carro tenía cajas llenas de fruta, así que no había excusa para comer galletas y demás comida empaquetada.

De regreso una hermosa puesta de sol nos despedía de estas mágicas tierras. Pier, el trujillano que repetía la expedición, nos comentaba las experiencias de la ruta 2007, en donde había participado como un enviado del diario la Industria de Trujillo. Con Alba, una española que también repetía la ruta, contaron cómo nació su romance viajero. Varios ‘’Ohhhh’’ y suspiros se dejaron escapar de las chicas que los escuchábamos, mismas telenoveleras mexicanas. Más tarde, para entrar en calor nos hicimos con el juego del cura, los ciudadanos y la niña que nos había enseñado Álvaro.
Llegamos a Barranca por la noche. Esta vez el lugar asignado es una biblioteca municipal donde tiramos nuevamente las bolsas de dormir. Ya me estaba haciendo más ducha en el arte de estirar y envolver la bolsa, cada vez en menor tiempo.