
Son las nueve de la mañana. Surco las Pampas de Nazca que, gracias a la oblicua luz a estas horas, parecen, desde lejos, adquirir diversas tonalidades que van desde el marrón al violeta. Voy cruzando al ritmo de la Panamericana Sur las mismísimas Líneas de Nazca.
Muy temprano en la madrugada me pasé con Angeley (Tarapoto) y Adrián (España) a la camioneta blanca otorgada por el gobierno Regional de Moquegua, que en este año está asumiendo la presidencia de la Ruta Inka; pues en el bus donde están los demás no cabíamos todos sentados. Cerca de las tres de la mañana recogimos a los chicos. Se cometió un grave error porque al chofer se le olvidó hacer una parada en Pisco por los que habían pasado todo el día de ayer en la Reserva de Paracas; nos percatamos cuando ya cruzábamos la ciudad de Ica. Se sucedió un quilombo (como lo diría mi querida amiga paraguaya, Evelyn) con los expedicionarios hasta que los choferes accedieran a dar vuelta para así evitar dejar solos a los ruteros olvidados en la intemperie.
Ahora, estando en las pampas, las ganas de ver las Líneas de Nazca, aunque sea desde muy baja altura como para poder apreciarlos bien, nos hicieron hacer una pequeña parada para observar desde un mirador de tres pisos de alto asentado al lado de la carretera. La vista del amplio y desértico panorama regocijaba el espíritu mientras aparecían incógnitas con respecto a los orígenes de estas inmensas figuras. Un fuerte ventarrón dejaba disfrutar con mayor sosiego ese solcito que no veíamos desde Chavín. El camino hasta la llegada era largo y las necesidades fisiológicas de algunas de las chicas, incluyéndome, se hacían poco postergables; así que improvisamos con nuestras mantas y toallas cogidas por nuestras manos una letrina, en plena carretera; flanqueadas por las pampas y con un alto espíritu hacia la no desertificación del lugar (…). Que pase la siguiente, espera que hay viento, apúrate que nos deja el bus, cómo quieres si el frío me congela el culo…Nos llamaban, teníamos que seguir hacia Pampa Galeras, el próximo destino.

La carretera Nazca-Apurímac me sorprende por su persistente aridez. Las cactáceas dominan haciéndose paso entre tanta hostilidad hídrica. Sin embargo, el desierto es apacible; te hace asomar la cabeza por un poco de sol, ver hacia atrás y recordar muchas cosas, lo que se está haciendo con este lapso de tiempo inexplicablemente regalado llamado vida. Poco a poco el verdor aumenta y de pronto es apagado por un cada vez más frecuente ichu, el pasto de las alturas; que indica que estamos en el tipo de lugar donde suelen habitar las juguetonas vicuñas. Y las vemos. Una emoción inexplicable nos invade al observarlas muy a lo lejos en grupos reducidos y muy dispersas, pastando tranquilamente.
El Chaccu es una actividad de origen muy remoto que se organiza cada año. Consiste en acorralar a las vicuñas hacia unos cercos para proceder a su individual y paciente esquila (extracción de la fibra). Ahora la actividad está fuertemente regulada pues estas tierras pertenecen al Parque Nacional Pampa Galeras que, siguiendo los objetivos de su creación, protege a las vicuñas, camélidos silvestres de las punas sudamericanas, que durante un tiempo estuvieron gravemente en peligro de extinción y que, gracias a una gran labor por parte del Gobierno, vía acción del Inrena, pudo lograr que la población de estos animales saliera de la lista roja. Se permite sólo el uso sostenible de este recurso y el Chaccu es una muestra muy clara de la intención de cumplir con este objetivo a la que vez que se crea un fondo económico para los pobladores de las zonas aledañas; ya que se trasquila a las vicuñas siguiendo unas normas que incluyen el hacerlo cada cierto tiempo y cuidando de hacerlo sólo en determinadas zonas del

cuerpo del animal para evitar que muera por el frío. Todo esto con un gran aire festivo porque se continúa con una gran fiesta, la cual me comentan fue hace poco. Y eso es precisamente lo que haremos, nos organizaron un pequeño Chaccu. Mi expectativa es grande.
Fuerte sol y un frío que cala los huesos, estamos en la puna. Salimos de la camioneta, la cual se estaciona muy cerca de una bodega, probablemente la única en varios kilómetros. Sale una niña que, tímida, llama a su madre y se mete inmediatamente al interior de esta casa. La señora nos ofrece mate de coca para aliviar el frío y pan con queso, lo que vendría a ser nuestro desayuno aun cuando sean cerca de las 12 de la mañana. Conocemos a un periodista arequipeño quien vino para hacer un reportaje sobre la reserva. Mientras ascendemos hacia el lugar donde están ya acorraladas algunas vicuñas, este aventurero hombre nos cuenta a Angeley y a mí sobre su trabajo. Hace reportajes de aventura y gracias a ello ha recorrido mucho del Perú, le apasiona lo que hace aún cuando le haga pasar por repentinas penurias pecuniarias. Observamos la puna. Angeley se queja del frío, y es de esperar sabiendo que proviene de tierras calurosas…Hasta que vemos un corral con las vicuñas. Ya Adrián, que entró al corral, parece mimetizado entre ellas; se mantiene absorto por la belleza de este majestoso animal. Me contagio de la admiración y es que estas lindas criaturas parecen adquirir personalidad, aunque siempre asustadizas, mientras más tiempo te las quedas mirando. Al rato caemos en la cuenta de que extrañamente los demás aún no nos han dado el alcance. Inicio el descenso con Angeley para ir por ellos. Los comuneros que nos están organizando esto esperan desde muy temprano en la mañana y desean irse pues hay fiesta en Lucanas, es la celebración de ‘’Santiago’’, una festividad patronal que inició el 22 de julio y, tal como me cuentan, hoy habrá corrida de toros y no desean perdérselo. Llegamos y no vemos rastro de los demás así que sólo esperamos. Regreso a la bodega y me doy un tiempo para escribir mientras observo jugar de tanto en tanto a dos de los otros hijos de la dueña del negocio. Pronto sale ésta a acompañarme. Ana Zela se llama y tendrá cerca de 50 años, los cuales corren últimamente apacibles por vivir aquí. Su esposo vive en Ica, donde tiene una casa; pero buscar nuevas opor

tunidades la hizo hacerse con una hasta hace poco pequeña tienda, la que ahora está sorteada con productos de todo tipo que podrían sacar de apuros a malalecheros viajantes. Gabriela, su hija, es la niña que poco a poco pierde su timidez y quien, una vez ganada la confianza, se deja enseñar mis fotos y se anima a tomarse algunas conmigo. Tiene una sonrisa de ésas que te abstraen totalmente y que valen realmente la pena. Veo a lo lejos a tres extranjeros que se dirigen hacia la bodega, vienen en bicicleta. Son de Suiza, me dicen, y se vienen pedaleando desde Cusco. No pude evitar mi asombro pues Cusco está a unas buenas horas de aquí, en auto. De pronto, aparece un camión trayendo a los ruteros; debo seguir. Me despido de Gabriela, de los niños, de Ana, de los suizos.
Me perdí del Chaccu pero conocí a Ana y a sus hijos. Debíamos partir, Apurímac nos esperaba.
Lo siguiente no me permitía alejar la vista del paisaje: El atardecer mostraba todos los matices que puede crear en los parajes serranos. Tonalidades de colores diversos eran captadas desde mi recién estrenada cámara. Íbamos hacia Puquio para cenar y de allí continuar hacia Apurímac. Al pasar por Lucanas, y gracias a que hicimos una pequeña parada allí, vi que, como me dijeron los comuneros en Galeras, Lucanas estaba de fiesta: una corrida de toros se estaba dando inicio mientras una gran multitud observaba expectante el show.
La cena: sopa de chuño y arroz con mashua, un tubérculo que posee sabor similar al de la papa logró llenar al estómago con algo nutritivo después de haberse engañado con galletas.

Dormí plácidamente en la camioneta mientras la temperatura descendía con el correr de las horas, aunque las incansables curvas de la carretera eran todo un problema. Y de pronto, llegamos a Abancay. No es un frío que cala los huesos, por suerte, el que aquí nos dio la bienvenida. Como luego me explicaron, Abancay a pesar de ser una ciudad serrana presenta un clima benigno sin temperaturas muy extremas que soportar. ¡Qué bueno!. Eran cerca de las 3 de la mañana cuando llegamos al Instituto Politécnico, tras dar unas vueltas en la ciudad para encontrarlo. Allí conocimos a Juan Pablo, un abancayno que se ofreció a darnos apoyo durante nuestra estadía en esta ciudad. Y como los de la camioneta éramos los primeros en llegar nos dispusimos a acomodar los salones que nos habían asignado retirando las carpetas que allí había. En ese trajín el chip del celular se me extravió (Ah!, qué cólera); ahora no sé por cuánto tiempo me mantendré incomunicada. Por fin señales de vida del bus con los chicos, el cual estacionó a unas cuadras del politécnico. Bajamos mochilas y recorremos a mal paso unas cuadras para llegar, descargar bolsas de dormir y dormir, propiamente.