11.02.2008

Miércoles 30/07/08


ABANCAY : El Pachachaca y las aguas termales cerca al precipicio.

Despertamos todos, poco a poco. Afuera se oía el ruido de personas andando de un lado para el otro. Es miércoles y hay clases en este lugar, al salir del salón lo comprobé. Habrá causado mucha conmoción en los estudiantes de este Instituto ver de pronto, en pijama, con cara de no haber dormido bien y totalmente desaliñados a varios extranjeros andando por sus patios, metiéndose a bañar en las escasas duchas que encontramos o, si la desesperación por baño era más urgente, haciéndolo de a pocos con el agua de los lavabos. Hasta que nos dijeron que afuera no esperaba una movilidad para trasladarnos hacia el Centro, donde desayunaríamos y tendríamos duchas, hasta calientes si estábamos dispuestos a pagarlas. Lo que afuera encontramos era un camión que despedía cierto fétido olor. Al subir nos daríamos cuenta de que se debía a que antes de nosotros había llevado ganado por los vestigios fecales que debajo de nuestros pies encontramos. Y así, ordenadamente apiñados, ‘apegados’ como dirían nuestros cobradores de colectivos limeños, nos dirigimos al Centro. Sin embargo, las ‘malas’ condiciones ya no las eran para nosotros, en este punto de la travesía Inka. Las aceptábamos con una tranquilidad estoica. Por mi parte me quedé contenta con el buen clima de Abancay. Un cielo azul cuyo sol enceguece por su luminosidad pero no quema; la fresca mañana. Debo admitir que soy ciertamente vulnerable al clima por lo que ese aspecto llega a ser algo determinante hasta incluso en mi estado de ánimo, incluyo en esto lo que significan para mí las vistas paisajísticas; he allí mis ímpetus descriptivos pues creo ser por ratos exageradamente sensible a los cambios del ambiente. Puede causarme un enorme placer una noche estrellada, puedo sonreírme a mí misma de jovialidad ante la claridad del día, ante el brillo de la vegetación, a las infinitas tonalidades que adopta ésta con los primeros o últimos brillos. Las nubes y sus caprichosas formas me dejan simplemente pasmada y pegada a la ventana del autobús, quizá buscando, abstrayéndome, forma análoga alguna dentro de mi referente (un juego de nunca acabar). Y así…

Como decía, el camión nos dejó en la puerta de un hotel, donde inmediatamente cogimos ducha. Angeley, Victoria y yo moríamos por una caliente, la que nos dejó finalmente relajadas. Usamos una de las habitaciones como vestidor mientras veíamos Candy por la tele. Allí nos enteramos por Victoria que en la Argentina han privado a las niñas y no tan niñas del placer de ver tan telellorón dibujo animado. Pobre Viki, decimos.

El desayuno estuvo delicioso, quizá el hambre ayudó a ver así al lomo saltado que nos pusieron en frente. Eso mientras nos explicaban en qué consistía la siguiente aventura. Pero con A mayúscula pues se trataba de una dura caminata hacia Choquequirao; una caminata que duraría sus dos días pues dormiríamos cerca de las mismas ruinas, cosa que era posible gracias a la todavía poca fama que presentan estas, como nos dicen, bellas ruinas incaicas. De allí llegaríamos de vuelta a Abancay, recogeríamos nuestras cosas e iríamos hacia el Cusco, a tres horas de aquí. Hoy saldríamos de Abancay a las doce de la mañana, con destino al primer punto de la caminata. Son las once, hay que alistar y comprar lo necesario.

Después de compradas las conservas de atún, bebidas rehidratantes, caramelos de limón y chocolates (prioridad en mi caso) regresamos al Instituto a recoger las mochilas. Nos las llevamos al Hotel Turistas, donde durmieron los que anduvieron pasando penurias con el cuerpo. Y esperamos….Y esperamos. A las tres de la tarde vimos ya que no llegaría el bendito bus y ya sólo quedaba pensar en qué hacer para aprovechar lo que restaba del día. Juan Pablo nos habló entonces del Puente de Río Pachachaca, el puente colonial desde donde con una caminata de unos 20 minutos se llegaría a unas aguas termales totalmente naturales. Sin ninguna otra opción accedimos.

Es una muy honda quebrada la formada por el paso de este río. Más significativo es para mí recordar que en los Ríos Profundos de Arguedas, en el puente desde donde hoy estuve mirando correr con estrépito el río del mismo nombre, el Pachachaca, cruzaban legiones de indios aún por los 60’s flagelados por la poca piedad de las haciendas que los mantenían bajo inclemente yugo. Justamente vi los restos de una de estas haciendas. Recordé entonces que la situación si bien ha cambiado, quedan aún vestigios de tal injusticia en los índices de pobreza que conlleva esta región, la de Apurímac.

La noche caía sobre nosotros y sin haberlo previsto recorrimos esos 20 minutos a oscuras, lo que le dio un aire misterioso, y por eso más atractivo, a la caminata. Poco a poco el torrente del río se hacía más estruendoso. Hasta que después de peligrosos ascensos por rocas mojadas y tras toparnos con ‘charcos’ con agua caliente saliendo de ‘no sabemos donde’ llegamos a una zona donde ya no había camino: estábamos en el límite. Caímos en la cuenta de que aquellos charcos eran en realidad las mentadas aguas termales y quien quisiera bañarse en ellas que lo haga. Yo ni loca, me daba un miedo terrible pues al lado el precipicio, que no se veía pero se podía intuir por el cálido viento y estrepitoso correr del río, me decía que con un paso en falso pasaba a ser parte de los que no van a bien con los del más aquí. Me senté tranquila a observar el firmamento…Y presté atención: no había rastro de luz andrógena que pudiese opacar al cielo que se mostraba en extremo escarchado. Un cielo que jamás en mi vida había visto más estrellado me deslumbró aquella noche. Mis primeras estrellas fugaces aparecían de la nada aumentando más mi conmoción. Como para quedarse horas de horas sin cansarse de mantener los ojos abiertos.

Regresamos al hotel. Esta noche no había dónde quedarse, en principio. Los del hotel buenamente nos cedieron el último piso, para echar bolsa. Aparte se alquilaron habitaciones que fueron sorteadas entre todos y dando prioridad a los que se sentían mal por alguna comida o la altura.

11.01.2008

Martes 29/07/08


AYACUCHO : Pampa Galeras…Chaccu!

Son las nueve de la mañana. Surco las Pampas de Nazca que, gracias a la oblicua luz a estas horas, parecen, desde lejos, adquirir diversas tonalidades que van desde el marrón al violeta. Voy cruzando al ritmo de la Panamericana Sur las mismísimas Líneas de Nazca.

Muy temprano en la madrugada me pasé con Angeley (Tarapoto) y Adrián (España) a la camioneta blanca otorgada por el gobierno Regional de Moquegua, que en este año está asumiendo la presidencia de la Ruta Inka; pues en el bus donde están los demás no cabíamos todos sentados. Cerca de las tres de la mañana recogimos a los chicos. Se cometió un grave error porque al chofer se le olvidó hacer una parada en Pisco por los que habían pasado todo el día de ayer en la Reserva de Paracas; nos percatamos cuando ya cruzábamos la ciudad de Ica. Se sucedió un quilombo (como lo diría mi querida amiga paraguaya, Evelyn) con los expedicionarios hasta que los choferes accedieran a dar vuelta para así evitar dejar solos a los ruteros olvidados en la intemperie.

Ahora, estando en las pampas, las ganas de ver las Líneas de Nazca, aunque sea desde muy baja altura como para poder apreciarlos bien, nos hicieron hacer una pequeña parada para observar desde un mirador de tres pisos de alto asentado al lado de la carretera. La vista del amplio y desértico panorama regocijaba el espíritu mientras aparecían incógnitas con respecto a los orígenes de estas inmensas figuras. Un fuerte ventarrón dejaba disfrutar con mayor sosiego ese solcito que no veíamos desde Chavín. El camino hasta la llegada era largo y las necesidades fisiológicas de algunas de las chicas, incluyéndome, se hacían poco postergables; así que improvisamos con nuestras mantas y toallas cogidas por nuestras manos una letrina, en plena carretera; flanqueadas por las pampas y con un alto espíritu hacia la no desertificación del lugar (…). Que pase la siguiente, espera que hay viento, apúrate que nos deja el bus, cómo quieres si el frío me congela el culo…Nos llamaban, teníamos que seguir hacia Pampa Galeras, el próximo destino.

La carretera Nazca-Apurímac me sorprende por su persistente aridez. Las cactáceas dominan haciéndose paso entre tanta hostilidad hídrica. Sin embargo, el desierto es apacible; te hace asomar la cabeza por un poco de sol, ver hacia atrás y recordar muchas cosas, lo que se está haciendo con este lapso de tiempo inexplicablemente regalado llamado vida. Poco a poco el verdor aumenta y de pronto es apagado por un cada vez más frecuente ichu, el pasto de las alturas; que indica que estamos en el tipo de lugar donde suelen habitar las juguetonas vicuñas. Y las vemos. Una emoción inexplicable nos invade al observarlas muy a lo lejos en grupos reducidos y muy dispersas, pastando tranquilamente.

El Chaccu es una actividad de origen muy remoto que se organiza cada año. Consiste en acorralar a las vicuñas hacia unos cercos para proceder a su individual y paciente esquila (extracción de la fibra). Ahora la actividad está fuertemente regulada pues estas tierras pertenecen al Parque Nacional Pampa Galeras que, siguiendo los objetivos de su creación, protege a las vicuñas, camélidos silvestres de las punas sudamericanas, que durante un tiempo estuvieron gravemente en peligro de extinción y que, gracias a una gran labor por parte del Gobierno, vía acción del Inrena, pudo lograr que la población de estos animales saliera de la lista roja. Se permite sólo el uso sostenible de este recurso y el Chaccu es una muestra muy clara de la intención de cumplir con este objetivo a la que vez que se crea un fondo económico para los pobladores de las zonas aledañas; ya que se trasquila a las vicuñas siguiendo unas normas que incluyen el hacerlo cada cierto tiempo y cuidando de hacerlo sólo en determinadas zonas del cuerpo del animal para evitar que muera por el frío. Todo esto con un gran aire festivo porque se continúa con una gran fiesta, la cual me comentan fue hace poco. Y eso es precisamente lo que haremos, nos organizaron un pequeño Chaccu. Mi expectativa es grande.

Fuerte sol y un frío que cala los huesos, estamos en la puna. Salimos de la camioneta, la cual se estaciona muy cerca de una bodega, probablemente la única en varios kilómetros. Sale una niña que, tímida, llama a su madre y se mete inmediatamente al interior de esta casa. La señora nos ofrece mate de coca para aliviar el frío y pan con queso, lo que vendría a ser nuestro desayuno aun cuando sean cerca de las 12 de la mañana. Conocemos a un periodista arequipeño quien vino para hacer un reportaje sobre la reserva. Mientras ascendemos hacia el lugar donde están ya acorraladas algunas vicuñas, este aventurero hombre nos cuenta a Angeley y a mí sobre su trabajo. Hace reportajes de aventura y gracias a ello ha recorrido mucho del Perú, le apasiona lo que hace aún cuando le haga pasar por repentinas penurias pecuniarias. Observamos la puna. Angeley se queja del frío, y es de esperar sabiendo que proviene de tierras calurosas…Hasta que vemos un corral con las vicuñas. Ya Adrián, que entró al corral, parece mimetizado entre ellas; se mantiene absorto por la belleza de este majestoso animal. Me contagio de la admiración y es que estas lindas criaturas parecen adquirir personalidad, aunque siempre asustadizas, mientras más tiempo te las quedas mirando. Al rato caemos en la cuenta de que extrañamente los demás aún no nos han dado el alcance. Inicio el descenso con Angeley para ir por ellos. Los comuneros que nos están organizando esto esperan desde muy temprano en la mañana y desean irse pues hay fiesta en Lucanas, es la celebración de ‘’Santiago’’, una festividad patronal que inició el 22 de julio y, tal como me cuentan, hoy habrá corrida de toros y no desean perdérselo. Llegamos y no vemos rastro de los demás así que sólo esperamos. Regreso a la bodega y me doy un tiempo para escribir mientras observo jugar de tanto en tanto a dos de los otros hijos de la dueña del negocio. Pronto sale ésta a acompañarme. Ana Zela se llama y tendrá cerca de 50 años, los cuales corren últimamente apacibles por vivir aquí. Su esposo vive en Ica, donde tiene una casa; pero buscar nuevas oportunidades la hizo hacerse con una hasta hace poco pequeña tienda, la que ahora está sorteada con productos de todo tipo que podrían sacar de apuros a malalecheros viajantes. Gabriela, su hija, es la niña que poco a poco pierde su timidez y quien, una vez ganada la confianza, se deja enseñar mis fotos y se anima a tomarse algunas conmigo. Tiene una sonrisa de ésas que te abstraen totalmente y que valen realmente la pena. Veo a lo lejos a tres extranjeros que se dirigen hacia la bodega, vienen en bicicleta. Son de Suiza, me dicen, y se vienen pedaleando desde Cusco. No pude evitar mi asombro pues Cusco está a unas buenas horas de aquí, en auto. De pronto, aparece un camión trayendo a los ruteros; debo seguir. Me despido de Gabriela, de los niños, de Ana, de los suizos.

Me perdí del Chaccu pero conocí a Ana y a sus hijos. Debíamos partir, Apurímac nos esperaba.

Lo siguiente no me permitía alejar la vista del paisaje: El atardecer mostraba todos los matices que puede crear en los parajes serranos. Tonalidades de colores diversos eran captadas desde mi recién estrenada cámara. Íbamos hacia Puquio para cenar y de allí continuar hacia Apurímac. Al pasar por Lucanas, y gracias a que hicimos una pequeña parada allí, vi que, como me dijeron los comuneros en Galeras, Lucanas estaba de fiesta: una corrida de toros se estaba dando inicio mientras una gran multitud observaba expectante el show.

La cena: sopa de chuño y arroz con mashua, un tubérculo que posee sabor similar al de la papa logró llenar al estómago con algo nutritivo después de haberse engañado con galletas.

Dormí plácidamente en la camioneta mientras la temperatura descendía con el correr de las horas, aunque las incansables curvas de la carretera eran todo un problema. Y de pronto, llegamos a Abancay. No es un frío que cala los huesos, por suerte, el que aquí nos dio la bienvenida. Como luego me explicaron, Abancay a pesar de ser una ciudad serrana presenta un clima benigno sin temperaturas muy extremas que soportar. ¡Qué bueno!. Eran cerca de las 3 de la mañana cuando llegamos al Instituto Politécnico, tras dar unas vueltas en la ciudad para encontrarlo. Allí conocimos a Juan Pablo, un abancayno que se ofreció a darnos apoyo durante nuestra estadía en esta ciudad. Y como los de la camioneta éramos los primeros en llegar nos dispusimos a acomodar los salones que nos habían asignado retirando las carpetas que allí había. En ese trajín el chip del celular se me extravió (Ah!, qué cólera); ahora no sé por cuánto tiempo me mantendré incomunicada. Por fin señales de vida del bus con los chicos, el cual estacionó a unas cuadras del politécnico. Bajamos mochilas y recorremos a mal paso unas cuadras para llegar, descargar bolsas de dormir y dormir, propiamente.

10.30.2008

Lunes 28/07/08


LIMA : Hogar, dulce hogar


Este fue un día de compras. Las ansias consumistas de mi padre se hicieron notar en el supermercado, en las tiendas de ropa y electrodomésticos; para de pronto verme con bolsas de cosas nuevas, aunque necesarias. ¡Una cámara digital! La necesitaba, pues con tantas cosas vistas durante tantos días la falta de registros pictóricos que aviven a la memoria resultaba una cuestión dolorosa. Pensaba en los días y paisajes del sur que se me venían y que captaría con la nueva maquinita. Reacomodaría las cosas en mi gran mochila verde, más ropa aún, dentro de las que incluían las apropiadas para frío intenso; no desearía que me ocurriese lo mismo que en Chavín.

Y se hizo de noche y toda la familia nos subimos al auto para enrumbarnos hacia el Callao. Recogimos en el camino a Lucía quien apareció desde una esquina con su madre y una linda mascota. Unas cuadras más arriba y llegaríamos al Colegio. Fuertes abrazos, recomendaciones y los mejores deseos no dichos pero sí demostrados con tiernas miradas. Sólo un ‘’Llama, si es posible todos los días’’ se le escapó a mi abuela. Últimos besos y un hasta pronto, cuídate.

En las habitaciones ya todos estaban listos para tomar el bus hacia Pampa Galeras. Pasando por Pisco recogeríamos alrededor de las tres de la madrugada a los que se animaron al fin visitar Paracas. ‘Sol Peruano’, el bus que nos había acompañado desde Piura se había marchado ya con la alegría de los choferes de dejar por fin a tan revoltoso grupo de extranjeros; pero sobretodo para ir a ver a sus familias que dejaron en el norte. De ahora en adelante andaríamos en diferentes carros.

Partimos a las 10 de la noche. Covadonga, la de las dotes flamencas, se sentó a mi lado y mientras me hablaba de la historia española reciente veía a través de la ventana la ciudad de Lima, la que dejaría de ver nuevamente.

Domingo 27/07/08


LIMA : Hogar, dulce hogar


Hoy es día de museos, de paseo por el Centro Histórico y de compartir con la gente limeña el espíritu de las fiestas. Mis planes son otros. Iré a casa después de desayunar. Estaré hasta mañana por la noche, que partimos hacia Nazca.

Lucía también va a casa. Algunos estuvieron pensando en qué hacer estos últimos días en Lima. Ir a la Reserva de Paracas era una opción; eso o sobrevolar las líneas de Nazca que no era menos atractivo. Por mi parte no me inquietaba la idea pues de hacerlo, como peruana estas fechas no son las adecuadas por los precios sobrecargados por ser alta temporada de turismo.

8:00 pm. Caminé unas cuadras desde el Colegio Militar hasta el paradero y mientras me alejaba una extraña sensación se apoderaba de mí: Era cruzar el límite entre un mundo en el que me había metido desde hace tres semanas y la realidad y su envoltura de monotonía. Se me hicieron insoportables las curvas de la carretera, los semáforos, el smog tan terriblemente obvio, el frenar en cada paradero; un mundo al cual me había acostumbrado gracias al paso de los años se me atravesó de lleno en esa hora y media de mañana en un colectivo. Hasta que llegué. Me permití dormir un par de horas hasta el almuerzo, qué almuerzo, como sólo el hogar te lo puede brindar.

Y la tarde y la noche pasaron, velozmente. Revisado el correo y compradas algunas cosas disfruté de un domingo en casa más.

Sábado 26/07/08

LIMA : Pachacámac y el Parque de las Aguas

Fue un salto a la realidad llegar a casa. He pasado cerca de tres semanas fuera y a mí me parecen una eternidad. Tantos acontecimientos, tantas nuevas experiencias hicieron que simplemente el tiempo se alargara, cada minuto, cada segundo…

Hoy salí temprano de casa en dirección al Colegio Militar. Las actividades continuaban y no me perdería de ellas. Al llegar encuentro a la gente dispersa tratando de relajarse un poco mientras se decide qué se hará ese día. Algunos aprovechan para mandar sus ropas a la lavandería o improvisar cordeles para tender los que acaban de lavarse. La unión hace la fuerza, lo demuestran las chicas quienes en la habitación que nos han dado colocaron dos armarios a cierta distancia desde donde amarraron pitas a manera de cordel tras unos minutos de largos y coordinados intentos. Un Juanma asechado por las manos inquietas de algunas chicas se deja trenzar su larga cabellera; me uno a la proeza y me apodero de algunos mechones.

Por fin nos dicen qué haremos: Iremos a Pachacámac; pero antes almorzamos. El amplio comedor del Colegio Militar nos recibe con papa a la huancaína y tallarines (pasta), lamento lo último pues no aprecio pastas más que las de mi abuela hechas en casa. Muchos no están aquí porque aprovechan Lima para salir de compras o, en el caso de algunos de los peruanos, visitar familiares.

Omar es limeño y amigo hasta hace poco sólo de forma virtual de Vanessa, la chica de Brasil, y nos acompañó hoy en el recorrido. Es un bus universitario el que nos saca del colegio para atravesar la ciudad desde el Callao hasta Lurín, lugar donde está el Parque Arqueológico de Pachacámac. Un nuevo rostro es el de Guadalupe, de México, que se unió justo ayer a la ruta. De camino algunos se quedan para hacer compras. El trayecto se hace largo y las periferias de Lima logran captar la admiración de muchos: esas casas de triplay y esteras encaramadas desordenadamente en las laderas de los cerros, desafiando al frío invernal que las apaña; la Lima que no ven en Miraflores y la que no verán probablemente, una realidad que no cabe en los afiches de turismo. Es una Lima nueva y en constante crecimiento. Llegamos a Pachacámac. Un museo de sitio, artesanías y un gran recorrido a través de sus parajes. Un Acllahuasi o casa de la vírgenes y un hombre manobriando un telar artesanal que forma con la ayuda de una destreza y paciencia excepcionales, bordados bellísimos. Perros peruanos sin pelo, un profundo olor a mar, la gran panza de burro (como denominamos aquí los limeños a nuestro cielo en estas épocas) arriba y, a lo lejos, más de esa Lima de crecimiento horizontal, de casas pequeñas y de miles de tonalidades que se mezclan con la arena.

Regresamos al Colegio. Es sábado y la Capital peruana nos tiene que sorprender con algo interesante. El punto inicial es el Parque de las Aguas. Los que fueron a comprar ropa muestran sus adquisiciones las que incluyen las que se pondrán esta noche; los pantalones cargo, los canguros y los sombreros de ala ancha piden ser guardados muy al fondo en la mochila. Otros no se hacen de problemas y prefieren la comodidad de la ropa de expedición. La ostentosidad de esos juegos de aguas sorprende a muchos aunque fue un problema hallar a los chicos entre tanta otra gente. Imposible mantenernos unidos. Lucía apareció y Viki se encontró con su papá en algún momento en el que la perdí de vista. Adrián estaba preocupado por Ricardo (Bolivia), Álvaro, Cecilia y Diana que se habían perdido en algún momento mientras recorrían Lima esa tarde. Una llamada al celular de Cecilia apañó la
preocupación, pues no se habían perdido sino que fueron sin decir nada a la casa de un familiar de ella. Resuelto el problema y con mucha noche por aprovechar fuimos hacia la Calle de las Pizzas. Abordamos dos colectivos tipo couster donde entramos todos apretados, como un limeño de a pie más. Un tráfico terrible, coches atravesándose por doquier y reggeaton escuchándose muy alto por la radio acompañaron el recorrido. Llegamos y pronto la gente se dispersó; lo que sí era claro es que debíamos estar frente al Parque de la Reserva a la 1 de la mañana para que nos lleven al Colegio. Unos cuantos optamos por comida rápida y por pasear por allí. El sueño me invadía y apenas cogí el bus de regreso caí rendida; recuerdo que Javier contaba chistes de Charlie Brown, recuerdo también que me arrepentía por no haberme metido a alguna disco a mover el cuerpo aunque sea un poco.

9.22.2008

Viernes 25/07/08


LIMA : Barranca y la primera civilización, Caral.



Amanece en Barranca; su cielo gris nos da la bienvenida. Afuera la bulla de los transeúntes se hace notar y, al ver a través de la ventana, la informalidad reluce en una gama de colores como sólo los pueden tener los mercados, de ésos en los que sólo un pedazo de costal separa el suelo de lo que comerás en el almuerzo. El panorama logra captar la atención de Silvia, una española. ‘’Créeme, dentro de todo ese caos hay un orden’’, le digo y me contagio a la vez de esa admiración. Al frente hay un hotel donde consiguieron alquilarnos las duchas, lo cual es un alivio.

Salimos para acomodar nuestras mochilas al bus e irnos en él hacia la plaza de Barranca, para una recepción. Probamos de los tamales, que al parecer son muy famosos por estos lares, para ir después a Caral. El camino se hacía eterno; recorremos un panorama desértico en donde el bus se hace paso por un sendero al parecer inexistente pues solo estaba cercado por piedras que desde nuestras ventanillas no se lograban ver con claridad. ‘’Los choferes del bus ya se cansaron de nosotros que nos desvían para desbarrancarnos en cualquier momento’’ se escuchó por allí. Maite pasaba con su cámara filmadora para perennizarnos tal como estábamos, tranquilos y aún con muchos días juntos por delante como para pensar en la despedida. El sol apareció y, al rato, algunas construcciones que se veían a lo lejos. Llegamos a Caral. La recién mentada primera civilización mostraba una serie de templos dispersos en un vasto terreno. Los fogones en las partes más altas de éstos hacían creer en la función religiosa que podrían haber poseído. Antes de recorrer en parque arqueológico y tras observar la pintoresca arquitectura de los baños no pudimos sino tomarnos una foto. Porque, sin broma, después de tantos baños horrorosos con los que nos hemos topado, uno como éste era todo un lujo. Y no exagerando mucho pues accesorios como la puerta, tachos y lavabos estaban hechos de o cubiertos con paja atractivamente decorada. Quizá el mismo asombro nos causen los baños de nuestras casas al regresar a ellas.

Y lo iba a comprobar pronto pues mi hogar estaba muy cerca…Esta noche vería a mis padres y dormiría en mi cama. Cogería la computadora y revisaría el correo. Contaría miles de cosas; una amiga que vive al lado, Khalia, no se cansaría de preguntar...

Y partimos hacia Lima. Al cabo de un rato de distribuirnos en nuestros camarotes en las habitaciones del Colegio Militar Leoncio Prado, en el Callao, sonaría mi celular, mi papá me esperaba en la puerta.

Jueves 24/07/08


ANCASH : Chavín …que frío!


¿Dije frío?...Esa noche estuvo heladísima. A media noche el bus paró para que la gente bajase a comprar algo. Yo me desperté y aproveché para sacar polos, pues era lo que me abundaba, para colocarlos en mis piernas que se adormecían del frío. La chalina de Yining me ayudó a cubrirme la cara, pero no sabía que hacer con mis pies…Hoy, de mañana y todavía con frío veía el lindo paisaje de la sierra de altura. Las casas con techos gruesos de paja para cobijar a esas familias que parecían tan vulnerables ante el inclemente clima a esta altitud. Los picos nevados se hacían notar muy cerca de nosotros y pareciera que nos trasmitían con un soplido su naturaleza. Niños levemente abrigados que se dirigían al colegio caminando saludaban al bus a su paso. Burros y otros animales pasaban de lado. Las sombras que creaban los grandes cerros a ambos lados de la carretera recaían sobre nosotros y de tanto en tanto la inclinación de los rayos solares se colaba de entre éstos dándonos sus toques de calor que esperábamos con ansias. Y llegamos…Al bajar del bus un gran sol ya se hacía notar y alrededor se vislumbraba el verdor de la vegetación encaramada a duras penas en las montañas imponentes. Tomar un emoliente caliente era mi prioridad y la que tomé con Covadonga me alivió. Fui rápidamente a buscar unas mallas de lana para ponerme debajo del jean que traía puesto. Aunque casi en vano porque el calorcito ya se hacía intenso. Me di un tiempo para recorrer el lugar: La plaza de Armas, que se estaba restaurando era muy vistosa. Había un poco de movimiento a esa hora, las 9 de la mañana, sobretodo en el mercado que estaba en la entrada del pueblo donde muchos de los lugareños tomaban el desayuno del día. El clima, el paisaje y la gente que pasaba me hicieron preguntar por alojamiento, para tener una referencia del precio para cuando vuelva a este lugar; porque, me decía, tengo que volver…Nos llamaron y fuimos al Complejo Arqueológico Chavín de Huántar, caminando pues estaba muy cerca de la plaza. Lo primero con lo que uno se topa es con las réplicas de la Estela Raimondi y, siguiendo un recorrido, se llega hasta la plaza central. Nuestra guía comenta acerca de la gran vulnerabilidad del lugar hacia los aluviones, deslizamientos de tierra, lo que me hizo recordar el penoso incidente en Yungay. El sitio arqueológico, no ajeno al fenómeno, también ha sufrido daños. Aunque, de cierta forma, esto ayudó a que pudiera conservarse tal como está ahora, lejos de los saqueadores. En una de las tantas galerías (Laberintos), la que pertenece a los prisioneros, hay piedras puntiagudas que sobresalen de los muros, dispuestas en filas y en los cuales eran amarrados estos hombres. Otra galería cobija en sus entrañas al Lanzón Monolítico.
Después del almuerzo en un lindo restaurante nos dirigimos hacia la laguna Querococha. En el trayecto Jorge, el representante del presidente del Gobierno Regional de Moquegua, me comentaba lo sucedido hace unos meses como consecuencia de la injusta repartición de los cánones mineros de los yacimientos asentados entre Moquegua y Tacna. Se trataba de una cuestión de orgullo regional, me decía. Mientras tanto, el bus se quedó varado; algo tenía que ver el sobrecalentamiento del motor. Tras una larga espera retomamos el camino hasta la laguna, la que se apareció ante nosotros de improviso, como de la nada. Su gran tamaño, el color azul oscuro de sus aguas y el nevado qua la flanqueaba por detrás, le daban un aspecto magnífico. Salir del bus fue reencontrarse con las bajas temperaturas que nos azotarían de nuevo. Pero eso no importaba, Querococha estaba allí, esperándonos. Lo rodeaba el ichu, el pasto natural de las alturas que, cual paja, con su amarillo opaco contrasta estupendamente con el color de las aguas. Asentada en la orilla estaba un bote de madera y al vernos con ganas de pasearnos en él vino al instante su dueño; salió de la puerta de la única casa que se encontraba en este, al parecer, inhóspito lugar. Vivía de pasear en bote a los turistas y fue eso justamente lo que nos ofreció. Por tres soles cada uno nos dejamos llevar un corto tramo para sentirnos rodeados de las gélidas aguas, mientras trataba de imaginarme cómo podría ser la vida de esta manera, viviendo tan aislados de todo, con una tranquilidad que podría desesperar al hombre más citadino. La costumbre, será, al fin me dije. Nacer, crecer, pasar toda una vida en un sitio hace que te acostumbres a él. Salimos del lago. La maletera del carro tenía cajas llenas de fruta, así que no había excusa para comer galletas y demás comida empaquetada.

De regreso una hermosa puesta de sol nos despedía de estas mágicas tierras. Pier, el trujillano que repetía la expedición, nos comentaba las experiencias de la ruta 2007, en donde había participado como un enviado del diario la Industria de Trujillo. Con Alba, una española que también repetía la ruta, contaron cómo nació su romance viajero. Varios ‘’Ohhhh’’ y suspiros se dejaron escapar de las chicas que los escuchábamos, mismas telenoveleras mexicanas. Más tarde, para entrar en calor nos hicimos con el juego del cura, los ciudadanos y la niña que nos había enseñado Álvaro.
Llegamos a Barranca por la noche. Esta vez el lugar asignado es una biblioteca municipal donde tiramos nuevamente las bolsas de dormir. Ya me estaba haciendo más ducha en el arte de estirar y envolver la bolsa, cada vez en menor tiempo.

Miércoles 23/07/08

ANCASH : Sechín y las piedras vivientes



Había que levantarse temprano, ducharse y acomodar las cosas de nuevo dentro de la gran mochila para dejar todo listo pues esa tarde saldríamos para Chavín. La recomendación fue dejar a la mano mucha ropa de abrigo, porque, decían, hará mucho frío.

Lucía se despidió, regresaba a Lima para ver unas cosas pendientes y se nos volvía a unir cuando lleguemos a la capital.

Un recorrido por Nuevo Chimbote nos mostraba la otra cara de la ciudad, más limpia y ordenada. La iglesia, recientemente construida, lucía su grandeza frente a una plaza con detalles vanguardistas cuyos símbolos alusivos al mar son difíciles de interpretar.

Y fue cuando los cebiches se dejaron ver; fuimos al restaurante de aquel hombre que ayer nos los había ofrecido gratuitamente. Y después de disfrutarlas en grandes platos de donde todos ‘picábamos’ se dio una pequeña reunión para ver si íbamos o no hacia Chavín pues ir hasta allá no estaba dentro del programa y a muchos les ilusionaba conocerlo, aunque el hecho de pagar por hacerlo era un inconveniente. Un historiador, que nos acompañaba para ilustrarnos sobre los Sechín cuando lleguemos allí, hoy por la tarde, nos expuso que Chavín de Huantar sería una experiencia que no deberíamos perdernos por su trascendencia histórica y que aparte del sitio arqueológico podríamos deleitarnos con las vistas de paisajes del lugar. Dicho esto y tras pensarlo un tanto decidimos ir, pagando por ello 20 soles adicionales. Para llegar a Sechín recorremos la costa ancashina hasta Casma y continuamos por un corto desvío. Entramos al museo de sitio para después recorrer una parte del templo perteneciente a esta cultura matriz, incluso más antigua que la misma Chavín. Me dejan particularmente admirada los dibujos labrados sobre las piedras irregulares de los muros del recinto, muros que por cierto son muy grandes. Se logran apreciar hombres mostrando sus armas y a otros tantos, numerosos, cuyas entrañas se escapan del cuerpo al haber sido atacados. Ojos desorbitados, serpientes, brazos y piernas sueltos. Nos dicen que probablemente para causarle un ambiente más místico al lugar jugaban con el fuego y el relieve de las piedras para hacer ‘mover’ los dibujos. No pude sino acordarme de ‘Los ríos profundos’ de J. M. Arguedas cuya admiración por las piedras cuzqueñas llevaban al niño Ernesto a un estado catártico en donde veía a las piedras cobrar vida. Es esta ocasión los rayos solares que se iban con el anochecer que ya nos estaba alcanzando lograban en cierta medida ese efecto… Comenta el historiador que no hay todavía una explicación determinante acerca del porqué de esos dibujos ya que podría tratarse de alguna forma de sugestión hacia los pueblos dominados acerca de la magnificencia bélica de los Sechín, o tratarse también de una ofrenda a los dioses donde los mutilados representan sacrificios para tal fin. Ambas ideas aterran un poco, pero, es cierto, como también dijo, hay que ver el mundo desde los ojos de la cosmovisión andina para poder entender el verdadero sentido de hacer esos dibujos, de lo contrario podríamos juzgarlos de sanguinarios. Eso me hace recordar cuando nos dejaba alguna espina el saber sobre los sacrificios que los moches hacían para ofrendar a sus dioses, o cuando torturaban a los prisioneros, o en Huaca Rajada cuando al morir el Señor de Sipán sacrificaron especialmente para la ocasión a varias personas que pertenecían al entorno del señor. Es muy fácil ser prejuiciosos sobre otras culturas, es hasta casi inherente al ser humano. Y, por eso mismo y para evitarse desilusiones en torno a la misticidad andina, muchos, como en mi caso, prefieren quedarse tan solo con la visión muy romántica y envuelta de admiración, acerca de estos antiguos hombres latinoamericanos que con la naturaleza mantenían gran armonía.

Tuvimos que dejar Sechín y sus intrigantes dibujos para ir a cenar a Casma. Comimos pasta (en peruano, tallarines) y torta que por el cumple de Omar (México) habíamos conseguido. Ahora, a abrigarse bien para soportar el frío que nos espera esta noche.

9.14.2008

Martes 22/07/08


ANCASH : Chimbote y la Universidad del Santa.


Fue pesadísimo llegar a media noche a la Universidad del Santa para despertarnos, salir del bus, cargar mochilas hasta el Auditorio y buscar colchón para volver a conciliar sueño.

Hoy nos levantamos y tras desayunar fuimos hacia la plaza de Chimbote donde nos esperaba una bienvenida por parte de la Municipalidad. Los estudiantes de la Universidad Los Ángeles de Chimbote (ULADCH) nos acompañan a hacer un city tour. Hacía frío y el mar, muy cerca, despedía un cierto olor a pescado por ratos poco agradable. Prensa, palabras de bienvenida y una banda tontamente ruidosa, se sucedieron en la plaza de armas. Un hombre que al ver la oportunidad de darle a su negocio publicidad nos hizo un ofrecimiento espontáneo del ceviche de mañana. Caminamos mientras nos explicaban más acerca de la ciudad y del realce que se le estaba dando para mancillar la mala fama que se había ganado por la contaminación de sus mares y por los robos constantes en la ciudad. Muestra de ello era el malecón, en donde un tipo de arquitectura vanguardista, por la extraña forma de sillas, faros y miradores, te hacía creer en graciosas las analogías que le hacían nuestros guías. El mirador en forma de la parte delantera de un barco hizo que improvisados Jack´s y Rose´s aparecieran para el abrazo y la foto del recuerdo. Las olas retumbaban contra las piedras y el aroma marino empalagaba el olfato. Una de las estudiantes me contaba que entre los pescadores cabe la creencia en la existencia de una sirena a la cual, para que se aleje y así evitar que te haga daño, hay que desnudarse frente a ella. Extraño, digo yo. Me cuenta, además que cerca hay unas loberas, islas con lobos, donde puedes observarlos; pero para hacerlo debes reservar con anticipación un permiso con la Marina de Guerra pues ese tipo de excursiones recién se están implementando para el turismo.

Después de ver danzas y disfrutar de unos graciosos tunos en el auditorio de la ULADCH nos fuimos para comer; el Vivero Forestal nos tenía preparada una deliciosa comida, puré con carne asada. Y así, estando ya satisfechos, otra vez la llamada del bus nos hacía subir para ir ahora hacia las dunas de Coishco, donde practicaremos el patinaje sobre arena. No había caída que se escapara de lo cómico y que no nos sacara carcajadas. Desde caída de bruces contra la arena, gritos escandalosos, una heridilla por allí hasta saltos extraños; todos nos hacían reír hasta llorar. En mi caso, algo sucedió con mi tabla que quedó atrapada en la arena al poco tiempo lanzarme y junto con mis piernas adheridas y también sumergidas en la arena no querían salir.

Llenos de arena hasta en donde no llega el sol estábamos todos y era de rigor una ducha. Aquí también las vimos escasas. Por la noche tendríamos una pequeña bienvenida por parte de los alumnos de la Universidad del Santa, donde estamos durmiendo estos dos días de estadía en Chimbote. Llegada la hora, esperamos en el patio y como se oían de fondo las notas de una marinera invitamos a Lucía, la expedicionaria que, al igual que yo viene de Lima, a que se luzca: Salió y al rato nos dejamos admirar por sus pasos, qué bien baila esta mujer! Lilybeth, la chica piurana, para no quedarse atrás y como buena norteña salió a hacer las veces de pareja masculina, el sombrero que se traía de Catacaos la ayudaba. Y juntas el despliegue marineriesco nos envolvió. Aplausos. Y, al rato otra marinera, la pareja de estudiantes que nos la iba a bailar esperaba para salir a hacer lo que bien sabían; pero, como no queríamos parar de ver invitamos nuevamente a Lucía a que salga pero esta vez con el chico que acababa de bailar. Y ahí fue cuando la experiencia de tantos concursos de la limeña me dijeron que éstos son suficientes como para que, sin verse antes, ambos, hombre y mujer, coordinen de tal forma que aquel romance representado en el baile parezca real. Al rato salió también a demostrar sus dotes flamencas la española Covadonga. La voz melodiosamente triste de Camarón, un famoso ‘cantaor’ español, acompañado de esos frenéticos y a la vez sensuales pasos de una Covadonga que sentía en el alma aquella voz, te narraban historias de árabes poblando España y dejando rastros de su música. Silencio. Más música. Somos jóvenes y la música, misma expresión de meros sentimientos humanos, aferraba más nuestra hermandad. Pusieron música latinoamericana, de esa que con zampoña, quenas, tambores y otros artefactos te lleva hacia los albores del folclor andino. Algunas chicas salimos a bailarlos. Un derroche de espontaneidad se quedó en el aire y, por ello, pasos dispersos y sacados de la nada brotaban de nuestros cuerpos al son de aquella canción…’’Cuando florezca el chuño…’’. Es que seguramente la necesidad instintiva de los cuerpos de desplegarse a sus anchas hizo que las danzas, manifestaciones de las culturas, nazcan. Jonathan, argentino que reside en México sacó una especie de bochas para hacer malabares y Sara, de España, ondeaba armoniosamente y por todo su cuerpo unas cuerdas que en el extremo tenía amarradas pelotitas. Otros se dejaban enseñar. El juego de saltar la cuerda apareció de la nada y algunos de los españoles, que parecían expertos en jugarla, entonaban una canción de niños mientras lo hacían. Uno a uno se animaba. Esa noche no había actividades, ni palabras de bienvenida, ni antros; solo nosotros y las ganas de vivir.

Lunes 21/07/08


LA LIBERTAD : Trujillo


Un estruendo a las 6 de la mañana rompe el silencio de la habitación. Ingresan tres escolares con uniforme extraño a terminar de vestirse y recoger sus cuadernos y demás útiles, intercambian algunas impresiones que no pueden permitirse dejar para más tarde, por la urgencia en contarlos, quizá algo nuevo que hizo el enamorado o la tarea que no pudieron realizar. Lo que dicen me hace recordar que son apenas unas escolares aún cuando sus ropas muy al estilo de un militar las hace verse muy mayores, pero sobre todo disciplinadas. Salen, como si no nos hubieran visto. Pasan otras tantas por el corredor. Es lunes y después de un reencuentro esporádico con sus padres el fin de semana que acaba de pasar, llegan y al vernos durmiendo en sus camas quizá desean que nosotras, las expedicionarias, nos vayamos rápido de sus habitaciones, pues las hemos invadidos sin que lo sepan. Sus clases comienzan ya y pienso en las que están a punto de darse también en mi universidad. Pienso en que dejé correr un semestre para mí pues deseaba tomarme un descanso para, entre otras cosas, pensar en mi carrera, en un posible trabajo; en suma, en los pasos que debía seguir en adelante. Pienso a la vez en lo extraño de la obstinación que me embarcó a tomar esta ruta, en adoptarla cuando darse en estos tiempos y en mis condiciones oportunidades así no son muy comunes. Y mientras pienso en esto suena de pronto el pitazo de Marta: es hora de levantarse, desayunar y recoger cosas para dejarlas en un almacén.

Chan Chan está muy cerca de Trujillo, es una ciudadela de barro perteneciente a los Chimú, asechada muy profundamente por la reconstrucción; es decir, que lo que vemos no es original sino una clara representación de lo que pudo haber sido, después de una investigación exhaustiva de los muy atrofiados restos que quedaban después de los constantes saqueos que habían vulnerado esta otrora enorme cuidad. Si bien agrada más la idea de sitios arqueológicos cuya reconstrucción sea mínima, como en Huaca de la Luna, nos explican que sin este proceso Chan Chan no hubiera podido obtener el apoyo que ahora tiene así como tampoco nos regalaría una imagen de lo que fue la cultura Chimú. Muy aparte de eso, sus grandes proporciones admiran.

Muy cerca se encuentra el balneario de Huanchaco. La vista del mar nos llama a acercarnos, pero Mario, un hombre que vende aretes, collares y demás chucherías nos atrae con sus artesanales productos y tras echarle un ojo a Lucía le ofrece hacerle gratis una trenza con pitas verdes, misma marciana. Vamos raudos a alguna picantería a comer algo; jalea es nuestra elección y otra vez las delicias de mar, placer terrenal, nos dejan satisfechos. Afuera los rayos del sol resplandecen, haciéndose notar de entre la neblina que se va disipando poco a poco y brillando sobre las aguas de ese inmenso mar que alberga en su superficie a los caballitos de totora que desafían sus olas. Los expedicionarios emocionados, incluyéndome, se dejan llevar en las aguas por estos mágicos artefactos, cuya apariencia te traslada a una época donde para pescar debías sortear el mar con audacia y a fuerza de manejar hacia ambos lados un palo de madera como remo. Eres tú y el mar y la lucha constante por arrebatarle sus más preciadas joyas. El hombre que manejaba el caballito donde los dos estábamos me decía que teníamos suerte pues hoy en comparación a los días anteriores no había riesgos porque la marea era baja. Si bien no pescamos pudimos al menos imaginárnoslo viendo sólo que de los numerosos caballitos de totora que aun se mantenían en la orilla pendían redes de pescar que pacientes hombre desenredaban. Después del paseíto me senté un rato usando mi bandera peruana de pareo. No faltó quien mirara tan curiosa escena y se acercara a preguntarme si en realidad era tan patriota. Fue Mariana, una chica que conocí esa tarde la que se acercó a mí y se sentó a conversar un poco. Era su cumpleaños y su disposición a salir sola a la playa a despejarse hizo que de pronto, ante su soledad y posible angustia, surgiera de entre nosotras una gran confianza…Hasta que la voz de Icker, un español al que se le estaba haciendo costumbre llamar a subir con su ‘chicos, al buuuuuuuuuuus’ con un tono muy característico, me hizo despedirme de ella.

Ya en el Colegio esperamos a la cena para irnos a Chimbote, donde esa misma noche llegaríamos, tras tres horas de viaje.
Antes buscamos ducha y, ante la escasez de éstas, varias chicas se metieron en cueros a la piscina. Era de noche, la piscina estaba apartada y el pudor entre nosotras ya parecía casi no existir con tantos días de convivencia y de duchas que se cuentan con los dedos.

Domingo 20/07/08

LA LIBERTAD : Trujillo

Ayer llegamos al colegio militar muy tarde en la noche y cogí cama inmediatamente. No sé que será de mí: todo el día en bus, mucho sueño y mucha comida….Me desperté con las caras de Vanessa (Brasil) y de Victoria (Puerto Rico) frente a mí. ¿Estás durmiendo?, me preguntan…y me contaron medio en burla y medio asombradas que al verme mientras dormía mis ojos abiertos al hacerlo las había inquietado mucho y que hasta casi me toman una foto. Qué malas!

Salimos temprano hacia la plaza de armas, donde nos encontramos con una marcha escolar alusiva a las fiestas por la independencia. Admiramos la arquitectura Republicana de los edificios que nos rodean y que a Lucía tanto le agrada. Ella hace mucho que no baila marinera; de pequeña lo hacía muy a menudo y participaba en concursos, incluso llegó al Coliseo de Trujillo (no recuerdo si se llama así), muy cercano a la plaza. Con lo cual el norte peruano guarda para ella buenos recuerdos. Evelyn, una paraguaya que estudia Arquitectura, comparando, nos iba describiendo su ciudad, Asunción, una ciudad cruzada por el inmenso Río Paraguay donde uno puede echarse un chapuzón, lo que me suena extraño; conociendo al Río Rímac me es difícil imaginarlo. Hasta que nos hicieron el aviso para entrar a la Municipalidad donde había una recepción para nosotros por parte del alcalde, a decir, el ahora representante de todos los municipios del país. Mientras el hombre nos decía que una de sus prioridades eran los jóvenes y que por eso tenía el gran agrado de darnos la bienvenida, afuera se oían pifias y gritos imputados directamente hacía él. Al salir del edificio nos enteraremos de que se trata de las quejas hacia la injusta negación a un niño de entrar a un determinado colegio nacional.

La Huaca de la Luna nos asombró con sus decoraciones moches. La iconografía de esta cultura es espectacular y muy variada, tal como lo podemos apreciar en la cerámica y los murales pintados encontrados gracias al trabajo arqueológico. El recinto está compuesto por templos superpuestos de acuerdo a distintas etapas del poderío mochica. Es verdaderamente grande y guarda la suerte de que, por su arquitectura piramidal, pudo conservarse medianamente lejos de los saqueadores que no pudieron con las partes más profundas de la pirámide. Las excavaciones siguen y yo, particularmente, deseo volver para ver lo que los últimos años de investigación van dilucidando acerca de los moche.

Almorzamos en el colegio y por la tarde salimos hacia el centro a conocerlo un poco. El bus nos esperaría más tarde. Angeley, Lucía, Viki y yo fuimos buscando por allí kingkong y otros dulces para comprar. Al encontrar a los demás, vimos que unos esperaban con paciencia el retrato que le hacían a Lilybeth. El bus llegó y al rato Victoria se percató que se había olvidado la mochila, con el pasaje, el dinero y documentos dentro, en algún lugar que no recordaba; nos hicimos a la carrera en busca de él. Por suerte lo había dejado en el Internet y aún se mantenía allí.

Ya en el colegio, las cuatro nos quedamos aquella noche conversando. Victoria nos compartía ese sentimiento de extrañeza que la embargaba y que muy bien comprendíamos pues tenía que ver con el echar de menos a aquellas personas que se quiere.

Sábado 19/07/08


LAMBAYEQUE : Día de museos.


En toda la costa peruana se pueden observar cerros con estructuras caprichosas, con pliegues o de tonalidades diferentes a los de otros cerros: probablemente éstos sean los vestigios de alguna cultura preincaica que desafía al paso del tiempo y con él al olvido, para perpetuarse y brindarnos algo de la cosmovisión de los antiguos peruanos. Nos dirigimos al Museo de Sitio de Túcume y en los pocos minutos que dura el transporte se pueden admirar estas dispersas ‘huacas’, cuya restauración es postergada, al menos si hasta ese entonces sobreviven a la inclemencia de la humanidad, a la de los pueblos, descendientes mismos de ésos vestigios, que en la mayoría de los casos no sienten importante conservarlos. Y Túcume posee muchos de esas ‘huacas-cerros’, pertenecientes a la cultura Lambayeque. Asciende a 26 el número de pirámides, como se les debería decir, que posee Túcume y que están, algunas de ellas, en proceso de investigación. Nosotros sólo observamos algunas, unas que otras de tamaño considerable. Y nos animamos de subir a la que es quizá la más grande de todas, una denominada ‘Purgatorio’ desde donde se podía contemplar un amplio panorama semidesértico interrumpido por unos muy dispersos árboles de algarrobo. De allí nos trasladamos al Museo de Sicán y después al Complejo Arqueológico de Huaca Rajada que es el lugar donde se encontraron los restos intactos del Señor de Sipán, el hallazgo del ritual de enterramiento de un gobernante mochica acompañado de un guerrero, un sacerdote, dos mujeres, un niño, un perro, una llama y un guardián con los pies amputados. Aún se continúan las investigaciones en este lugar.

Esta noche salimos hacia Trujillo, donde pernoctaremos. Ya voy sintiendo lo pesado de andar casi todo el día en bus, lo cual me hace, creo, más sedentaria aún; con lo paradójico que suene si paso todo el día viajando. Espero con ansias la llegada de las caminatas (increíblemente) y de las vistas geográficas de la sierra sur y el altiplano que me son más interesantes.

9.08.2008

Viernes 18/07/08


LAMBAYEQUE : El Museo de Sipán



Son las 9:30 de la mañana, hace ya mucho rato que desayunamos y ahora tan solo esperamos que nos digan cuáles son las actividades de hoy…

Cuando ya creíamos tener la mañana perdida nos dan el aviso para salir, con nuestras banderas, hacia el Museo de Sipán, el cual está muy cerca del cuartel donde nos alojamos. Para los que la historia preincaica del Perú les fascina, Lambayeque y Trujillo tienen para ellos lo que buscan: Dos regiones con una muy bien difundida red de museos y áreas arqueológicas por visitar, a los cuales la Ruta Inka no escatimará en esfuerzos por recorrer. Y es precisamente el Museo de Sipán uno de los mejorer implementados. En principio, lo visitamos para tomarnos fotos en grupo pues la prensa y autoridades regionales y municipalidades lo requerían. Tomamos nuevamente el bus quedándonos con las ganas de visitar el museo.

Monsefú no es solamente la tierra de un conocido grupo cumbiambero, sino que posee una rica cultura que se ve reflejada con el festival cultural con el que nos topamos en su plaza principal. Ciertamente nos habíamos perdido las danzas, que tenían en la marinera su máximo representante, pero no nos perdimos la comida, pues nos habían reservado un piqueo, muestra de la culinaria norteña, del cual todos degustamos. Aunque entiendo que a algunos no les haya gustado mucho por que ‘picar’ de todo sencillamente no te deja disfrutar cada plato como debería ser. Salimos ahora sí para dirigirnos al museo.

El verdadero nombre es Museo Nacional Tumbas Reales de Sipán y en él se expone todo lo referente a, como el nombre lo indica, la tumba del Señor de Sipán, que representa a la cultura Mochica. El director es el arqueólogo Walter Alva, quien justamente nos obsequió una duradera conferencia explicatoria sobre el museo. Pero, siendo sincera, me dio pena no poder aguantarme el sueño que me trajo a mí y a otros su exposición, sabiendo la amplia trayectoria de su trabajo y lo que logró: hacer claramente de este museo uno de los más importantes. Me dormí; su voz tan tranquila y adormecedora parecida a la de un abuelo, la oscuridad de la sala y el aire acondicionado no me ayudaron. Básicamente era una explicación en extremo detallada de lo que se encontró en esa intrigante tumba. Y finalmente pasamos a verla. Había en su interior un despliegue bien organizado de los hermosos objetos de oro, plata y cobre que eran propiedad del Señor de Sipán, una eminencia que controlaba uno de los señoríos que integraban la cultura Mochica; además de indumentaria muy diversa que usaba, así como los que eran propios de las otras personas y animales que lo acompañaron en su tumba y que fueron específicamente sacrificados para el ritual de muerte, de paso a la otra vida. Me iba quedando muy claro la importancia en el mundo andino que tenía la muerte, una transición hacia una nueva vida para la que había que prepararse. Pero se mantuvo en el aire la incógnita de muchos de los que me acompañaban, de los más observadores, de si habían o no sufrido dichos acompañantes con el sacrificio, o si verdaderamente habían accedido al sacrificio por voluntad propia. En un momento la tolerancia de nuestra guía se acabo ante tantas preguntas. Es que la curiosidad era grande y el tiempo que teníamos en el museo insuficiente.

Antes de tomar el bus de vuelta se sucedió toda una persecución a Marta, la monitora, pues después de entregar unos riquísimos pequeños sándwiches de pollo a cada de uno de nosotros y de ver que le sobraban aun más, la locura por obtenerlos se apoderó de nosotros hasta el punto de corretearla. Arregló la situación un pequeño juego-concurso para ganárnoslos. Aun no entiendo que pasó con nosotros, pero fue muy cómica la escena.


Era viernes y lo queríamos aprovechar así que salimos todos del cuartel para ver qué hacer; bailar estaba dentro de mis primeras opciones. La idea era ir todos a alguna parte y regresarnos juntos con el bus a las doce de la noche, mismos cenicientos; como diría Valmi de Moquegua, porque si no la carroza se convertiría en calabaza y el cuartel en uno más feo (…). Después de tantas averiguaciones en los antros de una concurrida calle nos separamos y un grupo entramos a un karaoake-bar muy bueno, aunque no por el hecho de que no nos pusieran el pedido en toda la noche. Pero igual, nos robábamos las de otras mesas y cantábamos, qué decir, gritábamos y hasta aullábamos a flor de garganta esas canciones latinas que, aunque no nos gustaran, nos unían, por eso mismo, por ser latinas. Hasta que los televisores se apagaron diciéndonos que la pista estaba vacía, que el karaoke terminaba para reanudarse más tarde y que era hora de bailar. Lo memorable de todo esto es que, cuando la música y las luces se apagaron para indicarnos que el karaoke empezaba de nuevo y a nosotros no nos interesaba sentarnos, y pusieron esa antigua canción ‘América’, nos abrazamos y, mirando la pantalla, la cantamos con tal sentimiento que seguramente el ‘’Como un inmenso jardín, ésa es América…’’ hizo notar a los que nos miraban esa amistad hasta casi incomprensible que había surgido entre nosotros.

En el bus y de regreso al cuartel seguimos cantando.

Jueves 17/07/08


LAMBAYEQUE : Pimentel, el balneario.




Amanecí con un fuerte dolor en la espalda y los pies por pasar toda la noche en el bus. Bajamos en la Plaza de Olmos, donde al parecer teníamos alguna actividad que no se dio finalmente porque no disponíamos de mucho tiempo pues en Lambayeque nos esperaba un almuerzo a la una. Sólo desayunamos y nos tomamos una foto todos juntos con algunas de sus autoridades, lo que se me hizo un poco molesto. De camino bajamos en Motupe, pues haríamos una caminata hacia los Cerros de Motupe. Pero ocurrió otro percance: algo pasó con nuestro bus que hizo que nos quedáramos varados y, mientras los choferes trataban de arreglar lo que se tenía que arreglar, nosotros nos tomábamos fotos, hacíamos inscripciones en el bus (aprovechando su suciedad) y hasta algunos se atrevieron a hacer una pirámide humana en plena carretera. Por fin tomamos el bus pero para irnos de frente para Chiclayo, al Cuartel Militar. Al llegar a Lambayeque tuve la sensación de estar en Lima, pues el color panza de burro, o sea gris, de su cielo es similar; aunque no se puede decir lo mismo de su clima, que es mayor en unos cuantos grados. Comimos allí; debo comentar que no estuvo nada bueno el almuerzo con lo que mis ánimos del día no mejoraron. Simplemente amanecí de malas.

El Balneario de Pimentel nos dio la bienvenida con su limpieza y sus aguas por demás frías, pero nosotros, siempre contradictorios, nos bañamos. Después de la comida en el cuartel era de rigor comer algunas delicias de mar. Quería un buen cebiche o mariscos. Al final optamos con Paloma, una de las arequipeñas, en compartir un plato de chicharrón de calamar, buenísimo. Ya en la noche comí sin comer la cena del cuartel, pues ya estaba satisfechamente llena. Y el resto de la noche nos la pasamos jugando ‘cartas españolas’. Álvaro acababa de enseñarnos cómo jugar con esas cartas pero como cada vez se unían más personas optamos por otro jueguito parecido que igualmente incluía a un asesino, un sacerdote, al pueblo y de ser numeroso el grupo, como lo éramos, una puta y una niña. El objetivo era averiguar quién entre nosotros es el asesino, tratando en lo posible de causar la menor cantidad de muertes de las personas del pueblo.

Miércoles 16/07/08


SAN MARTÍN : La Reserva de Tingana


Fue decisión de todos pagar S/ 35 por la oportunidad de ir a la Reserva Ecológica Río Avisado - Tingana pues esta no se encontraba dentro de las actividades programadas por la ruta. Nos lo habían propuesto dos biólogos, nativos de Moyobamba, que eran, al igual que nuestros guías en Tarapoto, de la Universidad Nacional de San Martín. Son colegas míos, de ecología, y nos apoyaron durante nuestra estadía en Moyobamba.

Son las tres y media de la mañana y debemos ya alistarnos pues partimos hacia la Reserva a las 4. Adormilados aún nos dirigimos a la plaza de Moyobamba, donde nos esperan dos combis para llevarnos, de 15 en 15 personas y tras recorrer 25 km en dirección sur durante una hora, hasta la Boca de Huascayacu. Al llegar a Huascayacu, que en realidad es una playa de río, el día aun no se presenta con sus clarificadores rayos de luz. Un manto de oscuridad llena de misterio el lugar y apenas se puede ver el río delante de nosotros. Esperamos a las embarcaciones durante un buen rato...hasta que llegaron; fueron dos grandes botes a motor que nos llevaron, surcando el río Mayo, hasta el interior de la reserva. Este río tiene un afluente, el río Avisado, que contrastaba con el Mayo por su tonalidad oscura, la cual se debe a la materia orgánica, las raíces y las hojas de las plantas, que se descomponen en sus aguas calmas. La niebla que lo dominaba todo en el ancho Mayo se convirtió en la abundante vegetación que ahora nos rodea. Ya desde hacía un tiempo los pájaros andaban saludado al nuevo día con sus tan diversas melodías. Fueron cerca de 20 minutos en bote, abrigados por la niebla y la vegetación, los que recorrimos hasta llegar a la Reserva, donde nos recibieron una de las familias que la cuidaban. Fue una bendición encontrar hamacas y, mientras esperábamos a que nos sirvan el desayuno, algunos se disponían a dormir plácidamente en ellas. Y el desayuno llegó; créanme, fue uno de los más ricos que jamás haya tomado. Huevos fritos y patacones y de bebida café caliente. Vi y aprendí como se hacían estas delicias llamadas patacones que ya me habían cautivado en Tarapoto. Eran plátanos de la selva que me temo no se encuentran así por así en los mercados limeños, cortados en rodajas y fritos en aceite, luego los chancan con una piedra, los hacen remojar un tiempo en agua con sal para después volverlos a freír. Con ese desayuno disfruté mejor lo que se venía: un recorrido en canoa por esas apacibles aguas oscuras sorteando las raíces aéreas de los árboles que trataban de hacerse paso a como dé lugar en el río; es así como, poco a poco, la selva va renovándose. Las melodías aviarias no nos dejaban y de, tanto en tanto, vimos ardillas y monos pequeños; quizá se trataba de los adorables pichicos. Bajamos de las canoas, muy cerca de una liana que se suspendía desde lo más alto de un gran árbol; muchos se balancearon en ella. Regresamos al albergue de la reserva a almorzar e iniciamos el regreso. De camino disfrutaba de la voz de Vanessa cantando canciones en portugués. El que conducía la embarcación, el dueño de la casa-albergue de la reserva, me comentaba que para la creación de esta reserva de más de tres mil hectáreas fue necesaria una capacitación por parte de Cáritas, y de que en el proyecto están involucradas varias familias, casi todos parientes suyos, quienes tras esa capacitación se dieron cuenta de que el bosque en pie valía muchos más que talado y hecho chacra. Él mismo nos había contado en el albergue que antes de la reserva él mismo cazaba por esta zona, y que lo hacía sin la menor conciencia acerca de los efectos que traía consigo la depredación del bosque.

Por la tarde fuimos a un Orquideario que estaba asentado en las faldas de un monte, donde también había un lindo mirador de caras al Río Mayo. Algunos bajamos para observarlo mejor, pues la vista era espectacular muy a pesar de los desperdicios que podías encontrar en el camino. El ocaso nos extendía sus impactantes tonalidades rosas en el cielo y un fresco viento nos confortaba con su buena temperatura.
Esta misma noche saldremos a bordo de nuestro bus ‘sol peruano’ hasta la ciudad de Lambayeque, nuestro próximo destino.

Martes 15/07/08


SAN MARTÍN: Moyobamba y la Casa del Terror


Son las 6 de la mañana y el alarma de mi celular resuena en toda la habitación. Debemos levantarnos temprano para partir hacia Moyobamba, la capital de esta linda región. Son dos horas de bus rodeados de un atrayente paisaje tropical. Avanzamos serpenteando a la par del Río Mayo. Al paso encontramos numerosos pequeños poblados y, a los lejos, pequeñas áreas de bosques vírgenes acorralados por sembríos que se abren paso en forma desafiante a la naturaleza. Jessica, una de nuestras acompañantes de la Universidad de San Martín, me comenta que por esta zona predominan los cultivos de arroz y plátano. Me dice también que en la creencia colectiva del poblador rural hay un gran respeto hacia la anaconda, personaje que está envuelto en algunas leyendas que hacen temer su presencia. Al igual que el manatí que adopta la apariencia de una sirena que atrae con su belleza al hombre que osa pescar en sus aguas.

Volviendo a la deforestación, ésta me aturde pues llega a niveles alarmantes. Hace un par de días, en las instalaciones del Instituto para el Desarrollo y la Paz Amazónica, me senté a conversar con Roberto Lay, uno de los encargados del lugar y quien supuse me podría dar un alcance de la situación de la agricultura y la deforestación en San Martín. Me convencí de la importancia de hacer algo por el estado de nuestros bosques amazónicos. Sucede que en los alrededores de ciudades tan grandes como Tarapoto ocurre un fenómeno denominado ‘colonización’: personas sobretodo provenientes de los andes que, al dejarse admirar por el verdor y una idea errónea que liga a los bosques con productividad, migran hacia estas zonas de la selva alta y baja y, bajo la técnica del roza y quema, deforestan hectáreas enteras de prístinos bosques. La desesperanza es grande cuando al cabo de la tercera, cuarta o quinta (depende del caso) ronda de cosecha se dan cuenta de que la tierra no da para más; y se ven obligados a trasladarse a otros bosques a talar-quemar. El círculo vicioso comienza y como resultado tenemos un profundo hoyo de la pobreza del cual esta gente difícilmente puede salir y, a la vez, áreas inmensas de bosques talados que en pie valdrían mucho más por aprovechamiento de biodiversidad, bonos de carbono, ecoturismo, agentes purificadores del recurso hídrico y como resistencia al embate de los huaycos. La situación se ve claramente al observar grandes áreas a ambos lados de la carretera, otrora bosques, que ahora no son más que tierras desgastados por la inclemencia de las fuertes lluvias que convirtió a nada la poca productividad que poseían. La IDPA posee proyectos para remediar un poco esta situación. Entre otras cosas, se dan capacitaciones a los campesinos acerca de productos alternativos que se pueden cultivar y que son más adaptados a las tierras de la selva alta, ecorregión a la que pertenece San Martín; de eficientes formas de riego y capacitación en formas de organizarse para vender mejor sus productos y de ser posible exportarlos. Me quedó claro que una buena campaña de concientización también es importante para mostrar al poblador amazónico acerca de la importancia de cuidar su bosque, de mantenerlo en pie pues el proceso de deforestación es irreversible y lamentable por lo mucho que se pierde con esta actividad.

Llegamos a la plaza de armas de Moyobamba, la cual en el medio posee una orquídea gigante de cemento que nos dice que hemos llegado a la Ciudad de las Orquídeas. Sin embargo, no nos agrada la idea de andar con nuestras mochilas cargándolas unas cuadras hasta el hotel Atlanta donde al parecer nos quedaremos. Al llegar allí una elección rápida hace que los que no se apuntaron rápidamente tengan que ir hacia otro hostal. ‘’La casa del maestro’’ nos recibió con sus escaleras y pisos de madera que crujían a nuestro paso. Éramos cerca de 20 personas las que tuvimos la ‘suerte’ de que nos tocara dormir en esos camarotes cuyos colchones, negros y delgados del uso, despedían polvo al contacto. Dormir sin sleeping no era una buena opción. Más tarde nos enteraremos que de en una de las dos habitaciones donde estaban estos camarotes habían aparecido asustadizas ratas que hicieron de que me traslade junto con otras chicas más hacia la otra habitación. Cuídenos ‘Señor de los Mochilones’ escuché decir a Pablo, de España. Sólo esperábamos llegar tan cansados de las actividades de hoy que al regresar conciliemos el sueño sin darnos cuenta de en dónde lo hacemos. Después de desayunar fuimos a la Naciente del Río Tioyacu, en la provincia de Rioja, a 20 minutos en auto. Un lugar muy bonito donde uno podía bañarse en sus pozas y cascadas. El agua era muy fría pero muchos se animaron a balancearse en unas lianas o a dejarse caer por una cascada con una cámara de llanta. Luego Chuchúwasi, un centro de esparcimiento, nos entretuvo con sus tragos exóticos. Yo estaba fresquísima del baño en Tioyacu que sólo deseaba comer y dormir. Pero los planes eran otros: Nos esperaban los Baños Termales de San Mato; allí nos pusimos en fila a darnos masajes unos a otros, sus calientes aguas terminaron por confortarme hasta el punto de llevarme a dormir plácidamente en el camino de regreso.

¿La ruta Inka, una estafa?

Como retribución a haber tenido la desdicha de pernoctar en la ‘’Casa del Terror’’ (ya algunos empezábamos a llamarle así) esa noche se nos concedió cenar en el hotel Atlanta; allí nos dimos cuenta de la gran diferencia entre ésta y la que nos había tocado. Luego se dio paso a una reunión de grupo; sí, una reunión para tratar temas espinosos pero de rigor, pues el descontento acerca de la ruta en general se hacía notar en algunos de nosotros y era menester aclararlos. La idea de que estábamos siendo estafados flotó en el aire, muchos se imaginaban antes de venir que ésta era una travesía llena de aventuras; a decir, caminatas duras, noches de camping e integración con pueblos indígenas. Mas esto no se daba pues la mayor parte del tiempo nos las pasábamos en bus, dormíamos en cuarteles militares, las caminatas eran escasas (al menos lo percibí desde que me uní a la ruta, una semana después de haber empezado) y de la integración, solo podíamos hablar de la que había entre los expedicionarios que, y eso nadie lo dudaba, de por sí era muy enriquecedora. Es cierto que quejas hasta estas alturas del viaje había escuchado, pero a la mayoría las consideraba superficiales como cuando a algunos les chocaba dormir o comer no tan. No me había puesto a analizar que, como explico líneas arriba, algunos de los objetivos principales no se estaban cumpliendo; creo que me dejé llevar por la simple admiración que me causaba el viajar. Pero, me dije, si ésta estuviera llena de esa ‘aventura’ que algunos exigen, claramente ésta sería una experiencia aún más maravillosa. Aunque, sí, como también se expresó, los 250 dólares o euros (para europeos) que se nos cobraba como derecho de inscripción eran demasiado poco para lo que nos ofrecía esta ruta. Además, el nivel de desorganización que existía y que era lo que explicaba la falta de sentido hacia la búsqueda de esos ‘objetivos principales’ era comprensivo hasta cierto punto dadas las factores que lo creaban: En primer lugar, Rubén la Torre, el director que se embarcó sólo en la realización de este sueño, está así, totalmente sólo, buscando apoyo de las autoridades él mismo en un país donde las prioridades se entremezclan y donde ideas tan brillantes como las de esta empresa no son escuchadas pues exigen un cierto nivel de inversión. La ganancia a esa inversión, me di cuenta desde los primeros días, es grande, pues las autoridades que nos acogieron y las que lo harán adquieren una particular experiencia que los ayuda a hacer más eficaces en cuanto a turismo se refiere; a decir, que hay un involucramiento directo con estos jóvenes (o sea nosotros) donde pueden saber acerca de nuestros intereses e inquietudes como visitantes. Por otro lado, como ha sucedido hasta ahora, se han asignado grupos de acción (guías y organizadores) para llevar a acabo estas recepciones que nos tenían preparadas; sean escolares o universitarios ellos han aprendido y a la vez se han impregnado de ese nuestro intercambio cultural. Y, por último, deja la idea en la población de que en el lugar donde viven hay realmente un potencial turístico por explotar y se llenan de ese espíritu de recibimiento al visitante necesario para la actividad turística (claro, esto sucede cuando los sitios por los que pasamos no tienen mucha experiencia en el área). Así que sería muy incomprensivo de nuestra parte calificar de estafa a la Ruta Inka, dadas las circunstancias en las que se fomenta. (ALGUNAS REFLEXIONES AÑADIDAS POSTERIORMENTE. PUES VI CONVENIENTE ACLARARLAS DESDE ESTA PARTE DE MIS CRÓNICAS PARA DARLES UNA IDEA MAS CLARA, DESDE MI PUNTO DE VISTA, SOBRE LA ORGANIZACIÖN DE LA RUTA INKA)

Como conclusión y sugerencia se dijo que en lo que seguía pidiéramos el programa de actividades, lo evaluáramos y propusiéramos a Rubén cambiar algunos puntos que fueran posibles por otros que podrían ser de mayor aprendizaje para nosotros. No obstante, esto no sucedió.

Después de todo, coordinamos sobre lo que haríamos mañana. Visitaremos La Reserva Ecológica Río Avisado - Tingana. Para esto nos separaron en dos grupos, uno por la mañana (que me incluía) y otro por la tarde.

9.04.2008

Lunes 14/07/08


SAN MARTÏN: Lamas y sus tres pisos…


Desayunamos y nos dirigimos a Lamas, a media hora en auto de la ciudad de Tarapoto. Lamas está ubicada en la cima de un cerro, tiene calles empinadas y su principal característica es su disposición de terrazas o pisos, como les llamas los lamistas (los de de Lamas). El primer piso, el barrio Wayko, corresponde a los descendientes de los chancas venidos del sur, el segundo a los mestizos y el tercero es utilizado como mirador. De camino a Lamas recogimos en la ciudad de Tarapoto a Rubén y Lucía, una chica de Lima que se unía a la ruta hoy mismo. Ya había tenido la oportunidad de conocer a Lucía antes de iniciar la expedición, pues la había ido a buscar a su universidad para concertar si nos íbamos juntas a la ruta, por la misma vía; pero al final ella se unió días más tarde que yo. Llegamos a la plaza principal de Lamas y bajamos allí. Tuve que desviarme un poco para compar un rollo más para mi cámara de fotos. En la plaza Angeley, otra de nuestras guías y nativa del lugar, iba explicando el significado de los símbolos hallados en la bandera de Lamas, donde predominaba la representación de los tres pisos. Fuimos a un colegio para plantar árboles, cada uno siendo padrino de un escolar quien era el que se iba encargar de cuidar a la plantita por todo el tiempo que le quedara estar en el colegio, para después asignarle la tarea a otro alumno. Después, nosotros, el grupo de las ‘awiwas’, nos fuimos al Museo Étnico de Lamas donde estaban representados en maniquíes la vida de los habitantes del barrio Wayko, quienes provenían de una etnia serrana, los chankas, trasladada por los españoles durante la Colonia y que aun hasta ahora trataba de mantener sus manifestaciones culturales vivas. Angeley nos daba la explicación y fue allí cuando nos enteramos de que se uniría como una rutera más. Bienvenida, Angeley.

De allí fuimos a una tienda de artesanías que no me llamó mucho la atención para luego caminar hasta el mirador. En el camino pude observar que muchas casas estaban de fiesta a pesar de ser lunes. Era porque esta semana se celebra la Fiesta Patronal de Lamas, donde se rinde culto al Señor de los Motilones y eran, al parecer, muchos compadres que al hacer una promesa a cambio de un milagro cumplido se habían hecho con los gastos de tan suntuosas fiestas donde la música, bebida y comida la ponían todo ellos. Estos padrinos son los ‘cabezones’ y las fiestas, propiamente, las ‘cabezonías’. Bien que no me libré de ellas pues me moría por estar en otra como la de anoche. Éstas, en comparación a las que hay en Tarapoto donde el trago lo vendían, eran en realidad votos de promesa y todo era dado por los cabezones; tenían un profundo sentido religioso. Desde el mirador se veía todo Lamas, los tres pisos lucían ante nosotros con sus contrastes; todos bajo ese hermoso cielo cuyas grandes nubes blancas hacían prever que aquel día podría haber lluvia.

Bajamos al piso de los mestizos, el segundo, y gran parte del grupo había llegado y ya se habían dispersado por los alrededores pues al parecer teníamos rato libre. Lucía y yo entramos a una Cabezonía y nos quedamos observando lo peculiar de la situación: ésta vez los reunidos allí eran escolares, pero escolares de todas las edades, con uniformes y sin profesores resguardándolos. Bailaban al son de una banda con el mismo tipo de música del que había escuchado en Tarapoto, instrumental y muy movida y, al igual que anoche, la bailaban como a la cumbia. Entramos y pedimos chicha de jora pues se la daban sólo a los poquísimos mayores de edad presentes. Me sorprendió la espontaneidad de los niños al bailar, al no cohibirse al hacerlo y, sobretodo, salir después del inicio de cada pieza, raudos y entusiasmados, a sacar incluso con violencia a la niña con la que querían bailar. Al hablar con unas niñas sentadas a lado nuestro, nos comentaron que ésta era la hora de la fiesta de los niños, que tenían permiso del colegio para salir temprano de él e irse a divertir a su fiesta (eran como las doce y media de la mañana); así mismo sus padres. Y empezó: un sonido extraño y un poco violento nos dijo a todos que ‘la pandilla’ había empezado. Todos, sobretodo los más grandes, empezaron el, digamos, ritual: se armaron en parejas y dieron círculos y de tanto en tanto se abalanzaban hacia el centro chocándose y apretujándose entre sí. Lucía y yo no nos resistimos. Salimos para ver si aun el grupo estaba allí afuera y después de cerciorarnos nos dimos una vuelta por la plaza en búsqueda de unos helados que nos refresquen del calorcito selvático. Encontramos unas delicias hechas de aguaje. Al regresar a la cabezonía en la que habíamos estado ya casi todos los escolares se habían marchado al igual que los músicos. El lugar, que en realidad era una discoteca con un pequeño escenario, había sido alquilado por toda una semana para la festividad. Sólo los dueños estaban dentro, en un cuarto que hacía las veces de cocina. Al lado había un patio con una rústica gran mesa de madera donde estaban apiñados uno sobre otro cerca de 10 cerdos, listos para ser enviados al fogón. La escena me pareció cómica, aunque no puedo decir lo mismo por los 4 o 5 ruteros vegetarianos que también se animaron a ver. Allí mismo nos sirvieron el almuerzo: yuca, arroz y chancho asado; y de yapa chicha de jora. Todo en unas tazas por demás artesanales, hechas de mate secado al sol (potos). Algunos chicos se animaron a improvisar algo con los instrumentos que los músicos habían dejado en el escenario.

De allí nos tocaba ir al barrio Wayko. Nuestra combi, el que trasladaba a las compañeras awiwas por su travesía por la amazonía de San Martín, hizo su descenso por aquellas calles empinadas. Mientras nos adentrábamos al barrio veíamos cómo cambiaban el estilo de las casas, el cemento era dejado por el barro y un olor a tierra mojada se iba apoderando de nosotros. El barrio parecía sacado de otro mundo: la infraestructura era propia de la sierra: casas de barro que parecían moldeadas como la cerámica desde el mismo suelo, pues eran del color de éste, un crema naranja muy intenso; calaminas las cobijaban del sol y de tanto en tanto podías ver un burro o caballo resguardando la casa de sus dueños; pero, y esto es lo que me era paradójico, tenía detrás un bello paisaje amazónico, tupido de vegetación que nos decía que no estábamos en los accidentados terrenos del ande. Bajamos de la combi y nos encontramos con que acababa de llover. Maldición, dijimos las awiwas, la gente la había disfrutado dejándose mojar mucho durante los pocos segundos que duró. Pero el cielo estaba nublado, no sin dejar de hacer calor; así que quizá nos sorprenderían unas agüitas más. Los ruteros estaban muy concentrados en una tienda de artesanías y no parecían tener ganas de dejar de comprar, así que me desvié del grupo dispuesta a caminar por este pintoresco barrio. Seguí descendiendo y al rato me sorprendió un aguacero y, al instante, volvió, cada vez más intenso, ese delicioso olor a tierra mojada. Una anciana sentada en la puerta de su casa miraba al vacío, inmune a los problemas que acogían al mundo ‘civilizado’. Jamás había sentido a Macondo más cerca. La escena se repitió una vez más unas cuadras adelante. Niños jugaban con la tierra y cintas de colores. Señoras pasaban y constaté que sólo algunas mantenían las ropas tradicionales, faldas largas de colores y blusas blancas, ambas con telas delgadas; sobretodo con las faldas. Pero tal como me habían dicho, confirmé en muchas de ellas un halo de desconfianza hacia el viajero. Desconfianza de quien se siente asechado por una cámara fotográfica de un personaje que ve en ti un ente cultural extraño a quien perennizar. Pero, como también me dijeron, un ‘hola’ amable podía hacer añicos estas sensaciones. Quizá ya era tiempo de regresar y preguntando por la plaza llegué a ella, pero a la plaza de Lamas, no a la de Wayko. Por un momento sentí terror ante la posibilidad de haber sido dejada por el grupo pues hacía mucho desde que me separé de ellos para dejarme envolver por la magia de ese barrio. Preguntando de nuevo llegué finalmente donde los demás, que seguían comprando cosas en la tienda. Salimos de regreso al albergue.
Teníamos tiempo libre y, como nos dijeron que por la noche saldríamos a cenar y de allí una recepción llevada acabo por la fuerza militar nos esperaba, decidimos un grupo salir antes para conocer la ciudad de Tarapoto. La idea era comer algo típico y Angeley que conocía tanto Tarapoto nos ayudo mucho. El restaurante escogido fue Wayo, no tenía el mejor de los ambientes, aunque era cómodo, pero según Angeley la comida era muy buena además de barata. La carta de menú era variada y me animé por un ‘cecina con ensalada’, de complemento ‘patacones’ y un refresco de aguaje. La cecina es carne de cerdo asado y los patacones una de las tantas formas que en el oriente peruano hay de preparar el plátano. Fue verdaderamente una delicia comer allí a tan solo 8 soles (6 el plato, 1 el complemento y 1 más el refresco). Claro que piqué de los platos de Viki y Lucía, con quien compartí un juane que estuvo de la ostia como diría Adrián de España. Así, con el corazón contento pues la barriga estaba llena nos fuimos para el sitio donde los militares nos esperaban con una recepción. Allí debíamos estar a las 7 y, aunque nos demoramos mucho, aun no habían llegado los demás. Éramos los awiwos un grupo muy pequeño y esperamos en la puerta del establecimiento, que era algo así como un centro de convenciones que pertenecía al poder militar de Tarapoto (debí apuntar el nombre). Debíamos quedarnos quietos y callados por ser el lugar una entidad militar pero fue imposible no hacer alboroto pues unas fotos en extremo graciosas, que había tomado Lucía de otros ruteros, nos hacían reír a carcajadas muy a pesar de las miradas del general y soldados que estaban a nuestro lado. Un segundo grupo de ruteros llegó muy tarde y con ellos nos llevaron a una zona para observar aburridos videos sobre la armada militar peruana. Aunque de tanto en tanto dejamos escapar risas al ver lo graciosas que resultaban las letras de las canciones que acompañaban las imágenes. Una fue un reggaeton, otra una cumbia. En una escena aparecían los soldados y de la nada una explosión que también nos hizo reír. Ciertamente ese no era el objetivo de las autoridades militares que nos acogían y, a la vez, ese no debía ser nuestro comportamiento hacia ellos, por respeto y agradecimiento. Llegó el último grupo y finalmente nos llevaron hacia un gran patio. El camino estaba adornado con velas y al llegar nos pusimos todos mirando hacia el patio. De pronto una estruendosa explosión que despedía humo de color rojo, blanco y rojo (haciendo la bandera), como la vista en el video, nos sacó del adormecimiento; de unos cubículos a un lado del patio salieron numerosos soldados con paso coordinado y frenético, delante una banda los dirigía a sus posiciones al frente nuestro. Con gritos también coordinados nos dieron la bienvenida. Fue espectacular lo que nos presentaron que no hicimos más que aplaudir con muchas ganas; aunque no queríamos otra de esas explosiones. La velada continuó con una danza selvática ‘el baile de la boa’. Covadonga, una muchacha española que estudia algo referido a las danzas españolas, me impresionó con su despliegue de flamenco. Alba, también de España, nos regaló una muestra de danza moderna.

Fue así como acabaron estos dos estupendos días en Tarapoto.