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¿Dije frío?...Esa noche estuvo heladísima. A media noche el bus paró para que la gente bajase a comprar algo. Yo me desperté y aproveché para sacar polos, pues era lo que me abundaba, para colocarlos en mis piernas que se adormecían del frío. La chalina de Yining me ayudó a cubrirme la cara, pero no sabía que hacer con mis pies…Hoy, de mañana y todavía con frío veía el lindo paisaje de la sierra de altura. Las casas con techos gruesos de paja para cobijar a esas familias que parecían tan vulnerables ante el inclemente clima a esta altitud. Los picos nevados se hacían notar muy cerca de nosotros y pareciera que nos trasmitían con un soplido su naturaleza. Niños levemente abrigados que se dirigían al colegio caminando saludaban al bus a su paso. Burros y otros animales pasaban de lado. Las sombras que creaban los grandes cerros a ambos lados de la carretera recaían sobre nosotros y de tanto en tanto la inclinación de los rayos solares se colaba de entre éstos dándonos sus toques de calor que esperábamos con ansias. Y llegamos…Al bajar del bus un gran sol ya se hacía notar y alrededor se vislumbraba el verdor de la vegetación encaramada a duras penas en las montañas imponentes. Tomar un emoliente caliente era mi prioridad y la que tomé con Covadonga me alivió. Fui rápidamente a buscar unas mallas de lana para ponerme debajo del jean que traía puesto. Aunque casi en vano porque el calorcito ya se hacía intenso. Me di un tiempo para recorrer el lugar: La plaza de Armas, que se estaba restaurando era muy vistosa. Había un poco de movimiento a esa hora, las 9 de la mañana, sobretodo en el mercado que estaba en la entrada del pueblo donde muchos de los lugareños tomaban el desayuno del día. El clima, el paisaje y la gente que pasaba me hicieron preguntar por alojamiento, para tener una referencia del precio para cuando vuelva a este lugar; porque, me decía, tengo que volver…Nos llamaron y fuimos al Complejo Arqueológico Chavín de Huántar, caminando pues estaba muy cerca de la plaza. Lo primero con lo que uno se topa es con las réplicas de la Estela Raimondi y, siguiendo un recorrido, se llega hasta la plaza central. Nuestra guía comenta acerca de la gran vulnerabilidad del lugar hacia los aluviones, deslizamientos de tierra, lo que me hizo recordar el penoso incidente en Yungay. El sitio arqueológico, no ajeno al fenómeno, también ha sufrido daños. Aunque, de cierta forma, esto ayudó a que pudiera conservarse tal como está ahora, lejos de los saqueadores. En
una de las tantas galerías (Laberintos), la que pertenece a los prisioneros, hay piedras puntiagudas que sobresalen de los muros, dispuestas en filas y en los cuales eran amarrados estos hombres. Otra

galería cobija en sus entrañas al Lanzón Monolítico.
Después del almuerzo en un lindo restaurante nos dirigimos hacia la laguna Querococha. En el trayecto Jorge, el representante del presidente del Gobierno Regional de Moquegua, me comentaba lo sucedido hace unos meses como consecuencia de la injusta repartición de los cánones mineros de los yacimientos asentados entre Moquegua y Tacna. Se trataba de una cuestión de orgullo regional, me decía. Mientras tanto, el bus se quedó varado; algo tenía que ver el sobrecalentamiento del motor. Tras una larga espera retomamos el camino hasta la laguna, la que se apareció ante nosotros de improviso, como de la nada. Su gran tamaño, el color azul oscuro de sus aguas y el nevado qua la flanqueaba por detrás, le daban un aspecto magnífico. Salir del bus fue reencontrarse con las bajas temperaturas que nos azotarían de nuevo. Pero eso no importaba, Querococha estaba allí, esperándonos. Lo rodeaba el ichu, el pasto natural de las alturas que, cual paja, con su amarillo opaco contrasta estupendamente con el color de las aguas. Asentada en la orilla estaba un bote de madera y al vernos con ganas de pasearnos en él vino al instante su dueño; salió de la puerta de la única casa que se encontraba en este, al parecer, inhóspito lugar. Vivía de pasear en bote a los turistas y fue eso justamente lo que nos ofreció. Por tres soles cada uno nos dejamos llevar un corto tramo para sentirnos rodeados de las gélidas aguas, mientras trataba de imaginarme cómo podría ser la vida de esta manera, viviendo tan aislados de todo, con una tranquilidad que podría desesperar al hombre más citadino. La costumbre, será, al fin me dije. Nacer, crecer, pasar toda una vida en un sitio hace que te acostumbres a él. Salimos del lago. La maletera del carro tenía cajas llenas de fruta, así que no había excusa para comer galletas y demás comida empaquetada.

De regreso una hermosa puesta de sol nos despedía de estas mágicas tierras. Pier, el trujillano que repetía la expedición, nos comentaba las experiencias de la ruta 2007, en donde había participado como un enviado del diario la Industria de Trujillo. Con Alba, una española que también repetía la ruta, contaron cómo nació su romance viajero. Varios ‘’Ohhhh’’ y suspiros se dejaron escapar de las chicas que los escuchábamos, mismas telenoveleras mexicanas. Más tarde, para entrar en calor nos hicimos con el juego del cura, los ciudadanos y la niña que nos había enseñado Álvaro.
Llegamos a Barranca por la noche. Esta vez el lugar asignado es una biblioteca municipal donde tiramos nuevamente las bolsas de dormir. Ya me estaba haciendo más ducha en el arte de estirar y envolver la bolsa, cada vez en menor tiempo.
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