SAN MARTÏN: Lamas y sus tres pisos…
Desayunamos y nos dirigimos a Lamas, a media hora en auto de la ciudad de Tarapoto. Lamas está ubicada en la cima de un cerro, tiene calles empinadas y su principal característica es su disposición de terrazas o pisos, como les llamas los lamistas (los de de Lamas). El primer piso, el barrio Wayko, corresponde a los descendientes de los chancas venidos del sur, el segundo a los mestizos y el tercero es utilizado como mirador. De camino a Lamas recogimos en la ciudad de Tarapoto a Rubén y Lucía, una chica de Lima que se unía a la ruta hoy mismo. Ya había tenido la oportunidad de conocer a Lucía antes de iniciar la expedición, pues la había ido a buscar a su universidad para concertar si nos íbamos juntas a la ruta, por la misma vía; pero al final ella se unió días más tarde que yo. Llegamos a la plaza principal de Lamas y bajamos allí. Tuve que desviarme un poco para compar un rollo más para mi cámara de fotos. En la plaza Angeley, otra de nuestras guías y nativa del lugar, iba explicando el significado de los símbolos hallados en la bandera de Lamas, donde predominaba la representación de los tres pisos. Fuimos a un colegio para plantar árboles, cada uno siendo padrino de un escolar quien era el que se iba encargar de cuidar a la plantita por todo el tiempo que le quedara estar en el colegio, para después asignarle la tarea a otro alumno. Después, nosotros, el grupo de las ‘awiwas’, nos fuimos al Museo Étnico de Lamas donde estaban representados en maniquíes la vida de los habitantes del barrio Wayko, quienes provenían de una etnia serrana, los chankas, trasladada por los españoles durante la Colonia y que aun hasta ahora trataba de mantener sus manifestaciones culturales vivas. Angeley nos daba la explicación y fue allí cuando nos enteramos de que se uniría como una rutera más. Bienvenida, Angeley.
De allí fuimos a una tienda de artesanías que no me llamó mucho la atención para luego caminar hasta el mirador. En el camino pude observar que muchas casas estaban de fiesta a pesar de ser lunes. Era porque esta semana se celebra la Fiesta Patronal de Lamas, donde se rinde culto al Señor de los Motilones y eran, al parecer, muchos compadres que al hacer una promesa a cambio de un milagro cumplido se habían hecho con los gastos de tan suntuosas fiestas donde la música, bebida y comida la ponían todo ellos. Estos padrinos son los ‘cabezones’ y las fiestas, propiamente, las ‘cabezonías’. Bien que no me libré de ellas pues me moría por estar en otra como la de anoche. Éstas, en comparación a las que hay en Tarapoto donde el trago lo vendían, eran en realidad votos de promesa y todo era dado por los cabezones; tenían un profundo sentido religioso. Desde el mirador se veía todo Lamas, los tres pisos lucían ante nosotros con sus contrastes; todos bajo ese hermoso cielo cuyas grandes nubes blancas hacían prever que aquel día podría haber lluvia.

Bajamos al piso de los mestizos, el segundo, y gran parte del grupo había llegado y ya se habían dispersado por los alrededores pues al parecer teníamos rato libre. Lucía y yo entramos a una Cabezonía y nos quedamos observando lo peculiar de la situación: ésta vez los reunidos allí eran escolares, pero escolares de todas las edades, con uniformes y sin profesores resguardándolos. Bailaban al son de una banda con el mismo tipo de música del que había escuchado en Tarapoto, instrumental y muy movida y, al igual que anoche, la bailaban como a la cumbia. Entramos y pedimos chicha de jora pues se la daban sólo a los poquísimos mayores de edad presentes. Me sorprendió la espontaneidad de los niños al bailar, al no cohibirse al hacerlo y, sobretodo, salir después del inicio de cada pieza, raudos y entusiasmados, a sacar incluso con violencia a la niña con la que querían bailar. Al hablar con unas niñas sentadas a lado nuestro, nos comentaron que ésta era la hora de la fiesta de los niños, que tenían permiso del colegio para salir temprano de él e irse a divertir a su fiesta (eran como las doce y media de la mañana); así mismo sus padres. Y empezó: un sonido extraño y un poco violento nos dijo a todos que ‘la pandilla’ había empezado. Todos, sobretodo los más grandes, empezaron el, digamos, ritual: se armaron en parejas y dieron círculos y de tanto en tanto se abalanzaban hacia el centro chocándose y apretujándose entre sí. Lucía y yo no nos resistimos. Salimos para ver si aun el grupo estaba allí afuera y después de cerciorarnos nos dimos una vuelta por la plaza en búsqueda de unos helados que nos refresquen del calorcito selvático. Encontramos unas delicias hechas de aguaje. Al regresar a la cabezonía en la que habíamos estado ya casi todos los escolares se habían marchado al igual que los músicos. El lugar, que en realidad era una discoteca con un pequeño escenario, había sido alquilado por toda una semana para la festividad. Sólo los dueños estaban dentro, en un cuarto que hacía las veces de cocina. Al lado había un patio con una rústica gran mesa de madera donde estaban apiñados uno sobre otro cerca de 10 cerdos, listos para ser enviados al fogón. La escena me pareció cómica, aunque no puedo decir lo mismo por los 4 o 5 ruteros vegetarianos que también se animaron a ver. Allí mismo nos sirvieron el almuerzo: yuca, arroz y chancho asado; y de yapa chicha de jora. Todo en unas tazas por demás artesanales, hechas de mate secado al sol (potos). Algunos chicos se animaron a improvisar algo con los instrumentos que los músicos habían dejado en el escenario.
De allí nos tocaba ir al barrio Wayko. Nuestra combi, el que trasladaba a las compañeras awiwas por su travesía por la amazonía de San Martín, hizo su descenso por aquellas calles empinadas. Mientras nos adentrábamos al barrio veíamos cómo cambiaban el estilo de las casas, el cemento era dejado por el barro y un olor a tierra mojada se iba apoderando de nosotros. El barrio parecía sacado de otro mundo: la infraestructura era propia de la sierra: casas de barro que parecían moldeadas como la cerámica desde el mismo suelo, pues eran del color de éste, un crema naranja muy intenso; calaminas las cobijaban del sol y de tanto en tanto podías ver un burro o caballo resguardando la casa de sus dueños; pero, y esto es lo que me era paradójico, tenía detrás un bello paisaje amazónico, tupido de vegetación que nos decía que no estábamos en los accidentados terrenos del ande. Bajamos de la combi y nos encontramos con que acababa de llover. Maldición, dijimos las awiwas, la gente la había disfrutado dejándose mojar mucho durante los pocos segundos que duró. Pero el cielo estaba nublado, no sin dejar de hacer calor; así que quizá nos sorprenderían unas agüitas más. Los ruteros estaban muy concentrados en una tienda de artesanías y no parecían tener ganas de dejar de comprar, así que me desvié del grupo dispuesta a caminar por este pintoresco barrio. Seguí descendiendo y al rato me sorprendió un aguacero y, al instante, volvió, cada vez más intenso, ese delicioso olor a tierra mojada. Una anciana sentada en la puerta de su casa miraba al vacío, inmune a los problemas que acogían al mundo ‘civilizado’. Jamás había sentido a Macondo más cerca. La escena se repitió una vez más unas cuadras adelante. Niños jugaban con la tierra y cintas de colores. Señoras pasaban y constaté que sólo algunas mantenían las ropas tradicionales, faldas largas de colores y blusas blancas, ambas con telas delgadas; sobretodo con las faldas. Pero tal como me habían dicho, confirmé en muchas de ellas un halo de desconfianza hacia el viajero. Desconfianza de quien se siente asechado por una cámara fotográfica de un personaje que ve en ti un ente cultural extraño a quien perennizar. Pero, como también me dijeron, un ‘hola’ amable podía hacer añicos estas sensaciones. Quizá ya era tiempo de regresar y preguntando por la plaza llegué a ella, pero a la plaza de Lamas, no a la de Wayko. Por un momento sentí terror ante la posibilidad de haber sido dejada por el grupo pues hacía mucho desde que me separé de ellos para dejarme envolver por la magia de ese barrio. Preguntando de nuevo llegué finalmente donde los demás, que seguían comprando cosas en la tienda. Salimos de regreso al albergue.

Teníamos tiempo libre y, como nos dijeron que por la noche saldríamos a cenar y de allí una recepción llevada acabo por la fuerza militar nos esperaba, decidimos un grupo salir antes para conocer la ciudad de Tarapoto. La idea era comer algo típico y Angeley que conocía tanto Tarapoto nos ayudo mucho. El restaurante escogido fue Wayo, no tenía el mejor de los ambientes, aunque era cómodo, pero según Angeley la comida era muy buena además de barata. La carta de menú era variada y me animé por un ‘cecina con ensalada’, de complemento ‘patacones’ y un refresco de aguaje. La cecina es carne de cerdo asado y los patacones una de las tantas formas que en el oriente peruano hay de preparar el plátano. Fue verdaderamente una delicia comer allí a tan solo 8 soles (6 el plato, 1 el complemento y 1 más el refresco). Claro que piqué de los platos de Viki y Lucía, con quien compartí un juane que estuvo de la ostia como diría Adrián de España. Así, con el corazón contento pues la barriga estaba llena nos fuimos para el sitio donde los militares nos esperaban con una recepción. Allí debíamos estar a las 7 y, aunque nos demoramos mucho, aun no habían llegado los demás. Éramos los awiwos un grupo muy pequeño y esperamos en la puerta del establecimiento, que era algo así como un centro de convenciones que pertenecía al poder militar de Tarapoto (debí apuntar el nombre). Debíamos quedarnos quietos y callados por ser el lugar una entidad militar pero fue imposible no hacer alboroto pues unas fotos en extremo graciosas, que había tomado Lucía de otros ruteros, nos hacían reír a carcajadas muy a pesar de las miradas del general y soldados que estaban a nuestro lado. Un segundo grupo de ruteros llegó muy tarde y con ellos nos llevaron a una zona para observar aburridos videos sobre la armada militar peruana. Aunque de tanto en tanto dejamos escapar risas al ver lo graciosas que resultaban las letras de las canciones que acompañaban las imágenes. Una fue un reggaeton, otra una cumbia. En una escena aparecían los soldados y de la nada una explosión que también nos hizo reír. Ciertamente ese no era el objetivo de las autoridades militares que nos acogían y, a la vez, ese no debía ser nuestro comportamiento hacia ellos, por respeto y agradecimiento. Llegó el último grupo y finalmente nos llevaron hacia un gran patio. El camino estaba adornado con velas y al llegar nos pusimos todos mirando hacia el patio. De pronto una estruendosa explosión que despedía humo de color rojo, blanco y rojo (haciendo la bandera), como la vista en el video, nos sacó del adormecimiento; de unos cubículos a un lado del patio salieron numerosos soldados con paso coordinado y frenético, delante una banda los dirigía a sus posiciones al frente nuestro. Con gritos también coordinados nos dieron la bienvenida. Fue espectacular lo que nos presentaron que no hicimos más que aplaudir con muchas ganas; aunque no queríamos otra de esas explosiones. La velada continuó con una danza selvática ‘el baile de la boa’. Covadonga, una muchacha española que estudia algo referido a las danzas españolas, me impresionó con su despliegue de flamenco. Alba, también de España, nos regaló una muestra de danza moderna.
Fue así como acabaron estos dos estupendos días en Tarapoto.
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