9.14.2008

Lunes 21/07/08


LA LIBERTAD : Trujillo


Un estruendo a las 6 de la mañana rompe el silencio de la habitación. Ingresan tres escolares con uniforme extraño a terminar de vestirse y recoger sus cuadernos y demás útiles, intercambian algunas impresiones que no pueden permitirse dejar para más tarde, por la urgencia en contarlos, quizá algo nuevo que hizo el enamorado o la tarea que no pudieron realizar. Lo que dicen me hace recordar que son apenas unas escolares aún cuando sus ropas muy al estilo de un militar las hace verse muy mayores, pero sobre todo disciplinadas. Salen, como si no nos hubieran visto. Pasan otras tantas por el corredor. Es lunes y después de un reencuentro esporádico con sus padres el fin de semana que acaba de pasar, llegan y al vernos durmiendo en sus camas quizá desean que nosotras, las expedicionarias, nos vayamos rápido de sus habitaciones, pues las hemos invadidos sin que lo sepan. Sus clases comienzan ya y pienso en las que están a punto de darse también en mi universidad. Pienso en que dejé correr un semestre para mí pues deseaba tomarme un descanso para, entre otras cosas, pensar en mi carrera, en un posible trabajo; en suma, en los pasos que debía seguir en adelante. Pienso a la vez en lo extraño de la obstinación que me embarcó a tomar esta ruta, en adoptarla cuando darse en estos tiempos y en mis condiciones oportunidades así no son muy comunes. Y mientras pienso en esto suena de pronto el pitazo de Marta: es hora de levantarse, desayunar y recoger cosas para dejarlas en un almacén.

Chan Chan está muy cerca de Trujillo, es una ciudadela de barro perteneciente a los Chimú, asechada muy profundamente por la reconstrucción; es decir, que lo que vemos no es original sino una clara representación de lo que pudo haber sido, después de una investigación exhaustiva de los muy atrofiados restos que quedaban después de los constantes saqueos que habían vulnerado esta otrora enorme cuidad. Si bien agrada más la idea de sitios arqueológicos cuya reconstrucción sea mínima, como en Huaca de la Luna, nos explican que sin este proceso Chan Chan no hubiera podido obtener el apoyo que ahora tiene así como tampoco nos regalaría una imagen de lo que fue la cultura Chimú. Muy aparte de eso, sus grandes proporciones admiran.

Muy cerca se encuentra el balneario de Huanchaco. La vista del mar nos llama a acercarnos, pero Mario, un hombre que vende aretes, collares y demás chucherías nos atrae con sus artesanales productos y tras echarle un ojo a Lucía le ofrece hacerle gratis una trenza con pitas verdes, misma marciana. Vamos raudos a alguna picantería a comer algo; jalea es nuestra elección y otra vez las delicias de mar, placer terrenal, nos dejan satisfechos. Afuera los rayos del sol resplandecen, haciéndose notar de entre la neblina que se va disipando poco a poco y brillando sobre las aguas de ese inmenso mar que alberga en su superficie a los caballitos de totora que desafían sus olas. Los expedicionarios emocionados, incluyéndome, se dejan llevar en las aguas por estos mágicos artefactos, cuya apariencia te traslada a una época donde para pescar debías sortear el mar con audacia y a fuerza de manejar hacia ambos lados un palo de madera como remo. Eres tú y el mar y la lucha constante por arrebatarle sus más preciadas joyas. El hombre que manejaba el caballito donde los dos estábamos me decía que teníamos suerte pues hoy en comparación a los días anteriores no había riesgos porque la marea era baja. Si bien no pescamos pudimos al menos imaginárnoslo viendo sólo que de los numerosos caballitos de totora que aun se mantenían en la orilla pendían redes de pescar que pacientes hombre desenredaban. Después del paseíto me senté un rato usando mi bandera peruana de pareo. No faltó quien mirara tan curiosa escena y se acercara a preguntarme si en realidad era tan patriota. Fue Mariana, una chica que conocí esa tarde la que se acercó a mí y se sentó a conversar un poco. Era su cumpleaños y su disposición a salir sola a la playa a despejarse hizo que de pronto, ante su soledad y posible angustia, surgiera de entre nosotras una gran confianza…Hasta que la voz de Icker, un español al que se le estaba haciendo costumbre llamar a subir con su ‘chicos, al buuuuuuuuuuus’ con un tono muy característico, me hizo despedirme de ella.

Ya en el Colegio esperamos a la cena para irnos a Chimbote, donde esa misma noche llegaríamos, tras tres horas de viaje.
Antes buscamos ducha y, ante la escasez de éstas, varias chicas se metieron en cueros a la piscina. Era de noche, la piscina estaba apartada y el pudor entre nosotras ya parecía casi no existir con tantos días de convivencia y de duchas que se cuentan con los dedos.

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