9.04.2008

Sábado 12/09/08


PIURA: El bosque seco


El desorden que había en la habitación debíamos tenerlo ya controlado pues hoy día por la tarde salimos hacia San Martín en un viaje que durará sus buenas 16 horas, siguiendo el trayecto Piura-Olmos-Bagua Grande-Tarapoto. La idea me entusiasma un montón.

Después de desayunar salimos con Viki hacia el Centro para comprar algunas cosas que nos faltaban. Yo deseaba urgentemente unos carmines para el cabello y comprar pilas para la cámara. Entramos a una dulcería donde nos atendió un hombre de edad avanzada con muy buen sentido del humor y, sobre todo, una pizca de coquetería. Su tienda tenía ese espíritu acogedor que te hace regresar por más de esas delicias que te endulzan la vida. Allí compré los tan afamados chifles piuranos así como toffies a base de algarrobo que más tarde lamenté no haber comprado más. Fuimos también a un supermercado a comprar galletas, líquidos y otras cosas. Vimos a Pier (Perú) y Alba (España) por allí y nos recomendaron pasar por la oficina de iPerú para pedir información turística que de seguro nos sería útil para el resto de la ruta, sobretodo en momentos en los que no hubiese actividades y deseásemos aprovechar la estadía para visitar por nuestra cuenta dichos lugares.

Regresamos al Cuartel Grau y esperamos al bus.

3:00 pm. La apacibilidad llega a mí con el bosque seco. De pronto, mirando el cielo, a través de la ventana del bus, me imagino por un momento que las nubes encaramadas en el celeste diáfano están suspendidas de la nada por medio de hilos, así como las nubes de utilería de un teatro. Se las ve tan calmas al igual que las águilas que parecen tocarlas, observando todo desde allí, al acecho de cualquier presa en movimiento.

Llegamos a un peaje y con él también llegan las viviendas y los ágiles vendedores de agua y frutas. Continuamos y al poco tiempo el verdor reaparece dominándolo todo de nuevo. Vuelve el terreno boscoso y su inverosímil abundancia: su cercanía con la ciudad o simplemente con la carretera que la cruza me hacen creer en la suerte que algunas áreas naturales poseen para no ser atacadas insosteniblemente por la mano humana, en la suerte de estos algarrobos de no haber sido talados hace ya mucho tiempo atrás sino, en contraste, recibir cada verano y por parte de las lluvias esa bendición de vida que las acoge y las hace en esa época propagarse aún más.

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