9.08.2008

Viernes 18/07/08


LAMBAYEQUE : El Museo de Sipán



Son las 9:30 de la mañana, hace ya mucho rato que desayunamos y ahora tan solo esperamos que nos digan cuáles son las actividades de hoy…

Cuando ya creíamos tener la mañana perdida nos dan el aviso para salir, con nuestras banderas, hacia el Museo de Sipán, el cual está muy cerca del cuartel donde nos alojamos. Para los que la historia preincaica del Perú les fascina, Lambayeque y Trujillo tienen para ellos lo que buscan: Dos regiones con una muy bien difundida red de museos y áreas arqueológicas por visitar, a los cuales la Ruta Inka no escatimará en esfuerzos por recorrer. Y es precisamente el Museo de Sipán uno de los mejorer implementados. En principio, lo visitamos para tomarnos fotos en grupo pues la prensa y autoridades regionales y municipalidades lo requerían. Tomamos nuevamente el bus quedándonos con las ganas de visitar el museo.

Monsefú no es solamente la tierra de un conocido grupo cumbiambero, sino que posee una rica cultura que se ve reflejada con el festival cultural con el que nos topamos en su plaza principal. Ciertamente nos habíamos perdido las danzas, que tenían en la marinera su máximo representante, pero no nos perdimos la comida, pues nos habían reservado un piqueo, muestra de la culinaria norteña, del cual todos degustamos. Aunque entiendo que a algunos no les haya gustado mucho por que ‘picar’ de todo sencillamente no te deja disfrutar cada plato como debería ser. Salimos ahora sí para dirigirnos al museo.

El verdadero nombre es Museo Nacional Tumbas Reales de Sipán y en él se expone todo lo referente a, como el nombre lo indica, la tumba del Señor de Sipán, que representa a la cultura Mochica. El director es el arqueólogo Walter Alva, quien justamente nos obsequió una duradera conferencia explicatoria sobre el museo. Pero, siendo sincera, me dio pena no poder aguantarme el sueño que me trajo a mí y a otros su exposición, sabiendo la amplia trayectoria de su trabajo y lo que logró: hacer claramente de este museo uno de los más importantes. Me dormí; su voz tan tranquila y adormecedora parecida a la de un abuelo, la oscuridad de la sala y el aire acondicionado no me ayudaron. Básicamente era una explicación en extremo detallada de lo que se encontró en esa intrigante tumba. Y finalmente pasamos a verla. Había en su interior un despliegue bien organizado de los hermosos objetos de oro, plata y cobre que eran propiedad del Señor de Sipán, una eminencia que controlaba uno de los señoríos que integraban la cultura Mochica; además de indumentaria muy diversa que usaba, así como los que eran propios de las otras personas y animales que lo acompañaron en su tumba y que fueron específicamente sacrificados para el ritual de muerte, de paso a la otra vida. Me iba quedando muy claro la importancia en el mundo andino que tenía la muerte, una transición hacia una nueva vida para la que había que prepararse. Pero se mantuvo en el aire la incógnita de muchos de los que me acompañaban, de los más observadores, de si habían o no sufrido dichos acompañantes con el sacrificio, o si verdaderamente habían accedido al sacrificio por voluntad propia. En un momento la tolerancia de nuestra guía se acabo ante tantas preguntas. Es que la curiosidad era grande y el tiempo que teníamos en el museo insuficiente.

Antes de tomar el bus de vuelta se sucedió toda una persecución a Marta, la monitora, pues después de entregar unos riquísimos pequeños sándwiches de pollo a cada de uno de nosotros y de ver que le sobraban aun más, la locura por obtenerlos se apoderó de nosotros hasta el punto de corretearla. Arregló la situación un pequeño juego-concurso para ganárnoslos. Aun no entiendo que pasó con nosotros, pero fue muy cómica la escena.


Era viernes y lo queríamos aprovechar así que salimos todos del cuartel para ver qué hacer; bailar estaba dentro de mis primeras opciones. La idea era ir todos a alguna parte y regresarnos juntos con el bus a las doce de la noche, mismos cenicientos; como diría Valmi de Moquegua, porque si no la carroza se convertiría en calabaza y el cuartel en uno más feo (…). Después de tantas averiguaciones en los antros de una concurrida calle nos separamos y un grupo entramos a un karaoake-bar muy bueno, aunque no por el hecho de que no nos pusieran el pedido en toda la noche. Pero igual, nos robábamos las de otras mesas y cantábamos, qué decir, gritábamos y hasta aullábamos a flor de garganta esas canciones latinas que, aunque no nos gustaran, nos unían, por eso mismo, por ser latinas. Hasta que los televisores se apagaron diciéndonos que la pista estaba vacía, que el karaoke terminaba para reanudarse más tarde y que era hora de bailar. Lo memorable de todo esto es que, cuando la música y las luces se apagaron para indicarnos que el karaoke empezaba de nuevo y a nosotros no nos interesaba sentarnos, y pusieron esa antigua canción ‘América’, nos abrazamos y, mirando la pantalla, la cantamos con tal sentimiento que seguramente el ‘’Como un inmenso jardín, ésa es América…’’ hizo notar a los que nos miraban esa amistad hasta casi incomprensible que había surgido entre nosotros.

En el bus y de regreso al cuartel seguimos cantando.

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