10.30.2008

Lunes 28/07/08


LIMA : Hogar, dulce hogar


Este fue un día de compras. Las ansias consumistas de mi padre se hicieron notar en el supermercado, en las tiendas de ropa y electrodomésticos; para de pronto verme con bolsas de cosas nuevas, aunque necesarias. ¡Una cámara digital! La necesitaba, pues con tantas cosas vistas durante tantos días la falta de registros pictóricos que aviven a la memoria resultaba una cuestión dolorosa. Pensaba en los días y paisajes del sur que se me venían y que captaría con la nueva maquinita. Reacomodaría las cosas en mi gran mochila verde, más ropa aún, dentro de las que incluían las apropiadas para frío intenso; no desearía que me ocurriese lo mismo que en Chavín.

Y se hizo de noche y toda la familia nos subimos al auto para enrumbarnos hacia el Callao. Recogimos en el camino a Lucía quien apareció desde una esquina con su madre y una linda mascota. Unas cuadras más arriba y llegaríamos al Colegio. Fuertes abrazos, recomendaciones y los mejores deseos no dichos pero sí demostrados con tiernas miradas. Sólo un ‘’Llama, si es posible todos los días’’ se le escapó a mi abuela. Últimos besos y un hasta pronto, cuídate.

En las habitaciones ya todos estaban listos para tomar el bus hacia Pampa Galeras. Pasando por Pisco recogeríamos alrededor de las tres de la madrugada a los que se animaron al fin visitar Paracas. ‘Sol Peruano’, el bus que nos había acompañado desde Piura se había marchado ya con la alegría de los choferes de dejar por fin a tan revoltoso grupo de extranjeros; pero sobretodo para ir a ver a sus familias que dejaron en el norte. De ahora en adelante andaríamos en diferentes carros.

Partimos a las 10 de la noche. Covadonga, la de las dotes flamencas, se sentó a mi lado y mientras me hablaba de la historia española reciente veía a través de la ventana la ciudad de Lima, la que dejaría de ver nuevamente.

Domingo 27/07/08


LIMA : Hogar, dulce hogar


Hoy es día de museos, de paseo por el Centro Histórico y de compartir con la gente limeña el espíritu de las fiestas. Mis planes son otros. Iré a casa después de desayunar. Estaré hasta mañana por la noche, que partimos hacia Nazca.

Lucía también va a casa. Algunos estuvieron pensando en qué hacer estos últimos días en Lima. Ir a la Reserva de Paracas era una opción; eso o sobrevolar las líneas de Nazca que no era menos atractivo. Por mi parte no me inquietaba la idea pues de hacerlo, como peruana estas fechas no son las adecuadas por los precios sobrecargados por ser alta temporada de turismo.

8:00 pm. Caminé unas cuadras desde el Colegio Militar hasta el paradero y mientras me alejaba una extraña sensación se apoderaba de mí: Era cruzar el límite entre un mundo en el que me había metido desde hace tres semanas y la realidad y su envoltura de monotonía. Se me hicieron insoportables las curvas de la carretera, los semáforos, el smog tan terriblemente obvio, el frenar en cada paradero; un mundo al cual me había acostumbrado gracias al paso de los años se me atravesó de lleno en esa hora y media de mañana en un colectivo. Hasta que llegué. Me permití dormir un par de horas hasta el almuerzo, qué almuerzo, como sólo el hogar te lo puede brindar.

Y la tarde y la noche pasaron, velozmente. Revisado el correo y compradas algunas cosas disfruté de un domingo en casa más.

Sábado 26/07/08

LIMA : Pachacámac y el Parque de las Aguas

Fue un salto a la realidad llegar a casa. He pasado cerca de tres semanas fuera y a mí me parecen una eternidad. Tantos acontecimientos, tantas nuevas experiencias hicieron que simplemente el tiempo se alargara, cada minuto, cada segundo…

Hoy salí temprano de casa en dirección al Colegio Militar. Las actividades continuaban y no me perdería de ellas. Al llegar encuentro a la gente dispersa tratando de relajarse un poco mientras se decide qué se hará ese día. Algunos aprovechan para mandar sus ropas a la lavandería o improvisar cordeles para tender los que acaban de lavarse. La unión hace la fuerza, lo demuestran las chicas quienes en la habitación que nos han dado colocaron dos armarios a cierta distancia desde donde amarraron pitas a manera de cordel tras unos minutos de largos y coordinados intentos. Un Juanma asechado por las manos inquietas de algunas chicas se deja trenzar su larga cabellera; me uno a la proeza y me apodero de algunos mechones.

Por fin nos dicen qué haremos: Iremos a Pachacámac; pero antes almorzamos. El amplio comedor del Colegio Militar nos recibe con papa a la huancaína y tallarines (pasta), lamento lo último pues no aprecio pastas más que las de mi abuela hechas en casa. Muchos no están aquí porque aprovechan Lima para salir de compras o, en el caso de algunos de los peruanos, visitar familiares.

Omar es limeño y amigo hasta hace poco sólo de forma virtual de Vanessa, la chica de Brasil, y nos acompañó hoy en el recorrido. Es un bus universitario el que nos saca del colegio para atravesar la ciudad desde el Callao hasta Lurín, lugar donde está el Parque Arqueológico de Pachacámac. Un nuevo rostro es el de Guadalupe, de México, que se unió justo ayer a la ruta. De camino algunos se quedan para hacer compras. El trayecto se hace largo y las periferias de Lima logran captar la admiración de muchos: esas casas de triplay y esteras encaramadas desordenadamente en las laderas de los cerros, desafiando al frío invernal que las apaña; la Lima que no ven en Miraflores y la que no verán probablemente, una realidad que no cabe en los afiches de turismo. Es una Lima nueva y en constante crecimiento. Llegamos a Pachacámac. Un museo de sitio, artesanías y un gran recorrido a través de sus parajes. Un Acllahuasi o casa de la vírgenes y un hombre manobriando un telar artesanal que forma con la ayuda de una destreza y paciencia excepcionales, bordados bellísimos. Perros peruanos sin pelo, un profundo olor a mar, la gran panza de burro (como denominamos aquí los limeños a nuestro cielo en estas épocas) arriba y, a lo lejos, más de esa Lima de crecimiento horizontal, de casas pequeñas y de miles de tonalidades que se mezclan con la arena.

Regresamos al Colegio. Es sábado y la Capital peruana nos tiene que sorprender con algo interesante. El punto inicial es el Parque de las Aguas. Los que fueron a comprar ropa muestran sus adquisiciones las que incluyen las que se pondrán esta noche; los pantalones cargo, los canguros y los sombreros de ala ancha piden ser guardados muy al fondo en la mochila. Otros no se hacen de problemas y prefieren la comodidad de la ropa de expedición. La ostentosidad de esos juegos de aguas sorprende a muchos aunque fue un problema hallar a los chicos entre tanta otra gente. Imposible mantenernos unidos. Lucía apareció y Viki se encontró con su papá en algún momento en el que la perdí de vista. Adrián estaba preocupado por Ricardo (Bolivia), Álvaro, Cecilia y Diana que se habían perdido en algún momento mientras recorrían Lima esa tarde. Una llamada al celular de Cecilia apañó la
preocupación, pues no se habían perdido sino que fueron sin decir nada a la casa de un familiar de ella. Resuelto el problema y con mucha noche por aprovechar fuimos hacia la Calle de las Pizzas. Abordamos dos colectivos tipo couster donde entramos todos apretados, como un limeño de a pie más. Un tráfico terrible, coches atravesándose por doquier y reggeaton escuchándose muy alto por la radio acompañaron el recorrido. Llegamos y pronto la gente se dispersó; lo que sí era claro es que debíamos estar frente al Parque de la Reserva a la 1 de la mañana para que nos lleven al Colegio. Unos cuantos optamos por comida rápida y por pasear por allí. El sueño me invadía y apenas cogí el bus de regreso caí rendida; recuerdo que Javier contaba chistes de Charlie Brown, recuerdo también que me arrepentía por no haberme metido a alguna disco a mover el cuerpo aunque sea un poco.