ABANCAY : El Pachachaca y las aguas termales cerca al precipicio.

Despertamos todos, poco a poco. Afuera se oía el ruido de personas andando de un lado para el otro. Es miércoles y hay clases en este lugar, al salir del salón lo comprobé. Habrá causado mucha conmoción en los estudiantes de este Instituto ver de pronto, en pijama, con cara de no haber dormido bien y totalmente desaliñados a varios extranjeros andando por sus patios, metiéndose a bañar en las escasas duchas que encontramos o, si la desesperación por baño era más urgente, haciéndolo de a pocos con el agua de los lavabos. Hasta que nos dijeron que afuera no esperaba una movilidad para trasladarnos hacia el Centro, donde desayunaríamos y tendríamos duchas, hasta calientes si estábamos dispuestos a pagarlas. Lo que afuera encontramos era un camión que despedía cierto fétido olor. Al subir nos daríamos cuenta de que se debía a que antes de nosotros había llevado ganado por los vestigios fecales que debajo de nuestros pies encontramos. Y así, ordenadamente apiñados, ‘apegados’ como dirían nuestros cobradores de colectivos limeños, nos dirigimos al Centro. Sin embargo, las ‘malas’ condiciones ya no las eran para nosotros, en este punto de la travesía Inka. Las aceptábamos con una tranquilidad estoica. Por mi parte me quedé contenta con el buen clima de Abancay. Un cielo azul cuyo sol enceguece por su luminosidad pero no quema; la fresca mañana. Debo admitir que soy ciertamente vulnerable al clima por lo que ese aspecto llega a ser algo determinante hasta incluso en mi estado de ánimo, incluyo en

esto lo que significan para mí las vistas paisajísticas; he allí mis ímpetus descriptivos pues creo ser por ratos exageradamente sensible a los cambios del ambiente. Puede causarme un enorme placer una noche estrellada, puedo sonreírme a mí misma de jovialidad ante la claridad del día, ante el brillo de la vegetación, a las infinitas tonalidades que adopta ésta con los primeros o últimos brillos. Las nubes y sus caprichosas formas me dejan simplemente pasmada y pegada a la ventana del autobús, quizá buscando, abstrayéndome, forma análoga alguna dentro de mi referente (un juego de nunca acabar). Y así…
Como decía, el camión nos dejó en la puerta de un hotel, donde inmediatamente cogimos ducha. Angeley, Victoria y yo moríamos por una caliente, la que nos dejó finalmente relajadas. Usamos una de las habitaciones como vestidor mientras veíamos Candy por la tele. Allí nos enteramos por Victoria que en la Argentina han privado a las niñas y no tan niñas del placer de ver tan telellorón dibujo animado. Pobre Viki, decimos.
El desayuno estuvo delicioso, quizá el hambre ayudó a ver así al lomo saltado que nos pusieron en frente. Eso mientras nos explicaban en qué consistía la siguiente aventura. Pero con A mayúscula pues se trataba de una dura caminata hacia Choquequirao; una caminata que duraría sus dos días pues dormiríamos cerca de las mismas ruinas, cosa que era posible gracias a la todavía poca fama que presentan estas, como nos dicen, bellas ruinas incaicas. De allí llegaríamos de vuelta a Abancay, recogeríamos nuestras cosas e iríamos hacia el Cusco, a tres horas de aquí. Hoy saldríamos de Abancay a las doce de la mañana, con destino al primer punto de la caminata. Son las once, hay que alistar y comprar lo necesario.

Después de compradas las conservas de atún, bebidas rehidratantes, caramelos de limón y chocolates (prioridad en mi caso) regresamos al Instituto a recoger las mochilas. Nos las llevamos al Hotel Turistas, donde durmieron los que anduvieron pasando penurias con el cuerpo. Y esperamos….Y esperamos. A las tres de la tarde vimos ya que no llegaría el bendito bus y ya sólo quedaba pensar en qué hacer para aprovechar lo que restaba del día. Juan Pablo nos habló entonces del Puente de Río Pachachaca, el puente colonial desde donde con una caminata de unos 20 minutos se llegaría a unas aguas termales totalmente naturales. Sin ninguna otra opción accedimos.
Es una muy honda quebrada la formada por el paso de este río. Más significativo es para mí recordar que en los Ríos Profundos de Arguedas, en el puente desde donde hoy estuve mirando correr con estrépito el río del mismo nombre, el Pachachaca, cruzaban legiones de indios aún por los 60’s flagelados por la poca piedad de las haciendas que los mantenían bajo inclemente yugo. Justamente vi los restos de una de estas haciendas. Recordé entonces que la situación si bien ha cambiado, quedan aún vestigios de tal injusticia en los índices de pobreza que conlleva esta región, la de Apurímac.
La noche caía sobre nosotros y sin haberlo previsto recorrimos esos 20 minutos a oscuras, lo que le dio un aire misterioso, y por eso más atractivo, a la caminata. Poco a poco el torrente del río se hacía más estruendoso. Hasta que después de peligrosos ascensos por rocas mojadas

y tras toparnos con ‘charcos’ con agua caliente saliendo de ‘no sabemos donde’ llegamos a una zona donde ya no había camino: estábamos en el límite. Caímos en la cuenta de que aquellos charcos eran en realidad las mentadas aguas termales y quien quisiera bañarse en ellas que lo haga. Yo ni loca, me daba un miedo terrible pues al lado el precipicio, que no se veía pero se podía intuir por el cálido viento y estrepitoso correr del río, me decía que con un paso en falso pasaba a ser parte de los que no van a bien con los del más aquí. Me senté tranquila a observar el firmamento…Y presté atención: no había rastro de luz andrógena que pudiese opacar al cielo que se mostraba en extremo escarchado. Un cielo que jamás en mi vida había visto más estrellado me deslumbró aquella noche. Mis primeras estrellas fugaces aparecían de la nada aumentando más mi conmoción. Como para quedarse horas de horas sin cansarse de mantener los ojos abiertos.
Regresamos al hotel. Esta noche no había dónde quedarse, en principio. Los del hotel buenamente nos cedieron el último piso, para echar bolsa. Aparte se alquilaron habitaciones que fueron sorteadas entre todos y dando prioridad a los que se sentían mal por alguna comida o la altura.
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