9.22.2008

Viernes 25/07/08


LIMA : Barranca y la primera civilización, Caral.



Amanece en Barranca; su cielo gris nos da la bienvenida. Afuera la bulla de los transeúntes se hace notar y, al ver a través de la ventana, la informalidad reluce en una gama de colores como sólo los pueden tener los mercados, de ésos en los que sólo un pedazo de costal separa el suelo de lo que comerás en el almuerzo. El panorama logra captar la atención de Silvia, una española. ‘’Créeme, dentro de todo ese caos hay un orden’’, le digo y me contagio a la vez de esa admiración. Al frente hay un hotel donde consiguieron alquilarnos las duchas, lo cual es un alivio.

Salimos para acomodar nuestras mochilas al bus e irnos en él hacia la plaza de Barranca, para una recepción. Probamos de los tamales, que al parecer son muy famosos por estos lares, para ir después a Caral. El camino se hacía eterno; recorremos un panorama desértico en donde el bus se hace paso por un sendero al parecer inexistente pues solo estaba cercado por piedras que desde nuestras ventanillas no se lograban ver con claridad. ‘’Los choferes del bus ya se cansaron de nosotros que nos desvían para desbarrancarnos en cualquier momento’’ se escuchó por allí. Maite pasaba con su cámara filmadora para perennizarnos tal como estábamos, tranquilos y aún con muchos días juntos por delante como para pensar en la despedida. El sol apareció y, al rato, algunas construcciones que se veían a lo lejos. Llegamos a Caral. La recién mentada primera civilización mostraba una serie de templos dispersos en un vasto terreno. Los fogones en las partes más altas de éstos hacían creer en la función religiosa que podrían haber poseído. Antes de recorrer en parque arqueológico y tras observar la pintoresca arquitectura de los baños no pudimos sino tomarnos una foto. Porque, sin broma, después de tantos baños horrorosos con los que nos hemos topado, uno como éste era todo un lujo. Y no exagerando mucho pues accesorios como la puerta, tachos y lavabos estaban hechos de o cubiertos con paja atractivamente decorada. Quizá el mismo asombro nos causen los baños de nuestras casas al regresar a ellas.

Y lo iba a comprobar pronto pues mi hogar estaba muy cerca…Esta noche vería a mis padres y dormiría en mi cama. Cogería la computadora y revisaría el correo. Contaría miles de cosas; una amiga que vive al lado, Khalia, no se cansaría de preguntar...

Y partimos hacia Lima. Al cabo de un rato de distribuirnos en nuestros camarotes en las habitaciones del Colegio Militar Leoncio Prado, en el Callao, sonaría mi celular, mi papá me esperaba en la puerta.

Jueves 24/07/08


ANCASH : Chavín …que frío!


¿Dije frío?...Esa noche estuvo heladísima. A media noche el bus paró para que la gente bajase a comprar algo. Yo me desperté y aproveché para sacar polos, pues era lo que me abundaba, para colocarlos en mis piernas que se adormecían del frío. La chalina de Yining me ayudó a cubrirme la cara, pero no sabía que hacer con mis pies…Hoy, de mañana y todavía con frío veía el lindo paisaje de la sierra de altura. Las casas con techos gruesos de paja para cobijar a esas familias que parecían tan vulnerables ante el inclemente clima a esta altitud. Los picos nevados se hacían notar muy cerca de nosotros y pareciera que nos trasmitían con un soplido su naturaleza. Niños levemente abrigados que se dirigían al colegio caminando saludaban al bus a su paso. Burros y otros animales pasaban de lado. Las sombras que creaban los grandes cerros a ambos lados de la carretera recaían sobre nosotros y de tanto en tanto la inclinación de los rayos solares se colaba de entre éstos dándonos sus toques de calor que esperábamos con ansias. Y llegamos…Al bajar del bus un gran sol ya se hacía notar y alrededor se vislumbraba el verdor de la vegetación encaramada a duras penas en las montañas imponentes. Tomar un emoliente caliente era mi prioridad y la que tomé con Covadonga me alivió. Fui rápidamente a buscar unas mallas de lana para ponerme debajo del jean que traía puesto. Aunque casi en vano porque el calorcito ya se hacía intenso. Me di un tiempo para recorrer el lugar: La plaza de Armas, que se estaba restaurando era muy vistosa. Había un poco de movimiento a esa hora, las 9 de la mañana, sobretodo en el mercado que estaba en la entrada del pueblo donde muchos de los lugareños tomaban el desayuno del día. El clima, el paisaje y la gente que pasaba me hicieron preguntar por alojamiento, para tener una referencia del precio para cuando vuelva a este lugar; porque, me decía, tengo que volver…Nos llamaron y fuimos al Complejo Arqueológico Chavín de Huántar, caminando pues estaba muy cerca de la plaza. Lo primero con lo que uno se topa es con las réplicas de la Estela Raimondi y, siguiendo un recorrido, se llega hasta la plaza central. Nuestra guía comenta acerca de la gran vulnerabilidad del lugar hacia los aluviones, deslizamientos de tierra, lo que me hizo recordar el penoso incidente en Yungay. El sitio arqueológico, no ajeno al fenómeno, también ha sufrido daños. Aunque, de cierta forma, esto ayudó a que pudiera conservarse tal como está ahora, lejos de los saqueadores. En una de las tantas galerías (Laberintos), la que pertenece a los prisioneros, hay piedras puntiagudas que sobresalen de los muros, dispuestas en filas y en los cuales eran amarrados estos hombres. Otra galería cobija en sus entrañas al Lanzón Monolítico.
Después del almuerzo en un lindo restaurante nos dirigimos hacia la laguna Querococha. En el trayecto Jorge, el representante del presidente del Gobierno Regional de Moquegua, me comentaba lo sucedido hace unos meses como consecuencia de la injusta repartición de los cánones mineros de los yacimientos asentados entre Moquegua y Tacna. Se trataba de una cuestión de orgullo regional, me decía. Mientras tanto, el bus se quedó varado; algo tenía que ver el sobrecalentamiento del motor. Tras una larga espera retomamos el camino hasta la laguna, la que se apareció ante nosotros de improviso, como de la nada. Su gran tamaño, el color azul oscuro de sus aguas y el nevado qua la flanqueaba por detrás, le daban un aspecto magnífico. Salir del bus fue reencontrarse con las bajas temperaturas que nos azotarían de nuevo. Pero eso no importaba, Querococha estaba allí, esperándonos. Lo rodeaba el ichu, el pasto natural de las alturas que, cual paja, con su amarillo opaco contrasta estupendamente con el color de las aguas. Asentada en la orilla estaba un bote de madera y al vernos con ganas de pasearnos en él vino al instante su dueño; salió de la puerta de la única casa que se encontraba en este, al parecer, inhóspito lugar. Vivía de pasear en bote a los turistas y fue eso justamente lo que nos ofreció. Por tres soles cada uno nos dejamos llevar un corto tramo para sentirnos rodeados de las gélidas aguas, mientras trataba de imaginarme cómo podría ser la vida de esta manera, viviendo tan aislados de todo, con una tranquilidad que podría desesperar al hombre más citadino. La costumbre, será, al fin me dije. Nacer, crecer, pasar toda una vida en un sitio hace que te acostumbres a él. Salimos del lago. La maletera del carro tenía cajas llenas de fruta, así que no había excusa para comer galletas y demás comida empaquetada.

De regreso una hermosa puesta de sol nos despedía de estas mágicas tierras. Pier, el trujillano que repetía la expedición, nos comentaba las experiencias de la ruta 2007, en donde había participado como un enviado del diario la Industria de Trujillo. Con Alba, una española que también repetía la ruta, contaron cómo nació su romance viajero. Varios ‘’Ohhhh’’ y suspiros se dejaron escapar de las chicas que los escuchábamos, mismas telenoveleras mexicanas. Más tarde, para entrar en calor nos hicimos con el juego del cura, los ciudadanos y la niña que nos había enseñado Álvaro.
Llegamos a Barranca por la noche. Esta vez el lugar asignado es una biblioteca municipal donde tiramos nuevamente las bolsas de dormir. Ya me estaba haciendo más ducha en el arte de estirar y envolver la bolsa, cada vez en menor tiempo.

Miércoles 23/07/08

ANCASH : Sechín y las piedras vivientes



Había que levantarse temprano, ducharse y acomodar las cosas de nuevo dentro de la gran mochila para dejar todo listo pues esa tarde saldríamos para Chavín. La recomendación fue dejar a la mano mucha ropa de abrigo, porque, decían, hará mucho frío.

Lucía se despidió, regresaba a Lima para ver unas cosas pendientes y se nos volvía a unir cuando lleguemos a la capital.

Un recorrido por Nuevo Chimbote nos mostraba la otra cara de la ciudad, más limpia y ordenada. La iglesia, recientemente construida, lucía su grandeza frente a una plaza con detalles vanguardistas cuyos símbolos alusivos al mar son difíciles de interpretar.

Y fue cuando los cebiches se dejaron ver; fuimos al restaurante de aquel hombre que ayer nos los había ofrecido gratuitamente. Y después de disfrutarlas en grandes platos de donde todos ‘picábamos’ se dio una pequeña reunión para ver si íbamos o no hacia Chavín pues ir hasta allá no estaba dentro del programa y a muchos les ilusionaba conocerlo, aunque el hecho de pagar por hacerlo era un inconveniente. Un historiador, que nos acompañaba para ilustrarnos sobre los Sechín cuando lleguemos allí, hoy por la tarde, nos expuso que Chavín de Huantar sería una experiencia que no deberíamos perdernos por su trascendencia histórica y que aparte del sitio arqueológico podríamos deleitarnos con las vistas de paisajes del lugar. Dicho esto y tras pensarlo un tanto decidimos ir, pagando por ello 20 soles adicionales. Para llegar a Sechín recorremos la costa ancashina hasta Casma y continuamos por un corto desvío. Entramos al museo de sitio para después recorrer una parte del templo perteneciente a esta cultura matriz, incluso más antigua que la misma Chavín. Me dejan particularmente admirada los dibujos labrados sobre las piedras irregulares de los muros del recinto, muros que por cierto son muy grandes. Se logran apreciar hombres mostrando sus armas y a otros tantos, numerosos, cuyas entrañas se escapan del cuerpo al haber sido atacados. Ojos desorbitados, serpientes, brazos y piernas sueltos. Nos dicen que probablemente para causarle un ambiente más místico al lugar jugaban con el fuego y el relieve de las piedras para hacer ‘mover’ los dibujos. No pude sino acordarme de ‘Los ríos profundos’ de J. M. Arguedas cuya admiración por las piedras cuzqueñas llevaban al niño Ernesto a un estado catártico en donde veía a las piedras cobrar vida. Es esta ocasión los rayos solares que se iban con el anochecer que ya nos estaba alcanzando lograban en cierta medida ese efecto… Comenta el historiador que no hay todavía una explicación determinante acerca del porqué de esos dibujos ya que podría tratarse de alguna forma de sugestión hacia los pueblos dominados acerca de la magnificencia bélica de los Sechín, o tratarse también de una ofrenda a los dioses donde los mutilados representan sacrificios para tal fin. Ambas ideas aterran un poco, pero, es cierto, como también dijo, hay que ver el mundo desde los ojos de la cosmovisión andina para poder entender el verdadero sentido de hacer esos dibujos, de lo contrario podríamos juzgarlos de sanguinarios. Eso me hace recordar cuando nos dejaba alguna espina el saber sobre los sacrificios que los moches hacían para ofrendar a sus dioses, o cuando torturaban a los prisioneros, o en Huaca Rajada cuando al morir el Señor de Sipán sacrificaron especialmente para la ocasión a varias personas que pertenecían al entorno del señor. Es muy fácil ser prejuiciosos sobre otras culturas, es hasta casi inherente al ser humano. Y, por eso mismo y para evitarse desilusiones en torno a la misticidad andina, muchos, como en mi caso, prefieren quedarse tan solo con la visión muy romántica y envuelta de admiración, acerca de estos antiguos hombres latinoamericanos que con la naturaleza mantenían gran armonía.

Tuvimos que dejar Sechín y sus intrigantes dibujos para ir a cenar a Casma. Comimos pasta (en peruano, tallarines) y torta que por el cumple de Omar (México) habíamos conseguido. Ahora, a abrigarse bien para soportar el frío que nos espera esta noche.

9.14.2008

Martes 22/07/08


ANCASH : Chimbote y la Universidad del Santa.


Fue pesadísimo llegar a media noche a la Universidad del Santa para despertarnos, salir del bus, cargar mochilas hasta el Auditorio y buscar colchón para volver a conciliar sueño.

Hoy nos levantamos y tras desayunar fuimos hacia la plaza de Chimbote donde nos esperaba una bienvenida por parte de la Municipalidad. Los estudiantes de la Universidad Los Ángeles de Chimbote (ULADCH) nos acompañan a hacer un city tour. Hacía frío y el mar, muy cerca, despedía un cierto olor a pescado por ratos poco agradable. Prensa, palabras de bienvenida y una banda tontamente ruidosa, se sucedieron en la plaza de armas. Un hombre que al ver la oportunidad de darle a su negocio publicidad nos hizo un ofrecimiento espontáneo del ceviche de mañana. Caminamos mientras nos explicaban más acerca de la ciudad y del realce que se le estaba dando para mancillar la mala fama que se había ganado por la contaminación de sus mares y por los robos constantes en la ciudad. Muestra de ello era el malecón, en donde un tipo de arquitectura vanguardista, por la extraña forma de sillas, faros y miradores, te hacía creer en graciosas las analogías que le hacían nuestros guías. El mirador en forma de la parte delantera de un barco hizo que improvisados Jack´s y Rose´s aparecieran para el abrazo y la foto del recuerdo. Las olas retumbaban contra las piedras y el aroma marino empalagaba el olfato. Una de las estudiantes me contaba que entre los pescadores cabe la creencia en la existencia de una sirena a la cual, para que se aleje y así evitar que te haga daño, hay que desnudarse frente a ella. Extraño, digo yo. Me cuenta, además que cerca hay unas loberas, islas con lobos, donde puedes observarlos; pero para hacerlo debes reservar con anticipación un permiso con la Marina de Guerra pues ese tipo de excursiones recién se están implementando para el turismo.

Después de ver danzas y disfrutar de unos graciosos tunos en el auditorio de la ULADCH nos fuimos para comer; el Vivero Forestal nos tenía preparada una deliciosa comida, puré con carne asada. Y así, estando ya satisfechos, otra vez la llamada del bus nos hacía subir para ir ahora hacia las dunas de Coishco, donde practicaremos el patinaje sobre arena. No había caída que se escapara de lo cómico y que no nos sacara carcajadas. Desde caída de bruces contra la arena, gritos escandalosos, una heridilla por allí hasta saltos extraños; todos nos hacían reír hasta llorar. En mi caso, algo sucedió con mi tabla que quedó atrapada en la arena al poco tiempo lanzarme y junto con mis piernas adheridas y también sumergidas en la arena no querían salir.

Llenos de arena hasta en donde no llega el sol estábamos todos y era de rigor una ducha. Aquí también las vimos escasas. Por la noche tendríamos una pequeña bienvenida por parte de los alumnos de la Universidad del Santa, donde estamos durmiendo estos dos días de estadía en Chimbote. Llegada la hora, esperamos en el patio y como se oían de fondo las notas de una marinera invitamos a Lucía, la expedicionaria que, al igual que yo viene de Lima, a que se luzca: Salió y al rato nos dejamos admirar por sus pasos, qué bien baila esta mujer! Lilybeth, la chica piurana, para no quedarse atrás y como buena norteña salió a hacer las veces de pareja masculina, el sombrero que se traía de Catacaos la ayudaba. Y juntas el despliegue marineriesco nos envolvió. Aplausos. Y, al rato otra marinera, la pareja de estudiantes que nos la iba a bailar esperaba para salir a hacer lo que bien sabían; pero, como no queríamos parar de ver invitamos nuevamente a Lucía a que salga pero esta vez con el chico que acababa de bailar. Y ahí fue cuando la experiencia de tantos concursos de la limeña me dijeron que éstos son suficientes como para que, sin verse antes, ambos, hombre y mujer, coordinen de tal forma que aquel romance representado en el baile parezca real. Al rato salió también a demostrar sus dotes flamencas la española Covadonga. La voz melodiosamente triste de Camarón, un famoso ‘cantaor’ español, acompañado de esos frenéticos y a la vez sensuales pasos de una Covadonga que sentía en el alma aquella voz, te narraban historias de árabes poblando España y dejando rastros de su música. Silencio. Más música. Somos jóvenes y la música, misma expresión de meros sentimientos humanos, aferraba más nuestra hermandad. Pusieron música latinoamericana, de esa que con zampoña, quenas, tambores y otros artefactos te lleva hacia los albores del folclor andino. Algunas chicas salimos a bailarlos. Un derroche de espontaneidad se quedó en el aire y, por ello, pasos dispersos y sacados de la nada brotaban de nuestros cuerpos al son de aquella canción…’’Cuando florezca el chuño…’’. Es que seguramente la necesidad instintiva de los cuerpos de desplegarse a sus anchas hizo que las danzas, manifestaciones de las culturas, nazcan. Jonathan, argentino que reside en México sacó una especie de bochas para hacer malabares y Sara, de España, ondeaba armoniosamente y por todo su cuerpo unas cuerdas que en el extremo tenía amarradas pelotitas. Otros se dejaban enseñar. El juego de saltar la cuerda apareció de la nada y algunos de los españoles, que parecían expertos en jugarla, entonaban una canción de niños mientras lo hacían. Uno a uno se animaba. Esa noche no había actividades, ni palabras de bienvenida, ni antros; solo nosotros y las ganas de vivir.

Lunes 21/07/08


LA LIBERTAD : Trujillo


Un estruendo a las 6 de la mañana rompe el silencio de la habitación. Ingresan tres escolares con uniforme extraño a terminar de vestirse y recoger sus cuadernos y demás útiles, intercambian algunas impresiones que no pueden permitirse dejar para más tarde, por la urgencia en contarlos, quizá algo nuevo que hizo el enamorado o la tarea que no pudieron realizar. Lo que dicen me hace recordar que son apenas unas escolares aún cuando sus ropas muy al estilo de un militar las hace verse muy mayores, pero sobre todo disciplinadas. Salen, como si no nos hubieran visto. Pasan otras tantas por el corredor. Es lunes y después de un reencuentro esporádico con sus padres el fin de semana que acaba de pasar, llegan y al vernos durmiendo en sus camas quizá desean que nosotras, las expedicionarias, nos vayamos rápido de sus habitaciones, pues las hemos invadidos sin que lo sepan. Sus clases comienzan ya y pienso en las que están a punto de darse también en mi universidad. Pienso en que dejé correr un semestre para mí pues deseaba tomarme un descanso para, entre otras cosas, pensar en mi carrera, en un posible trabajo; en suma, en los pasos que debía seguir en adelante. Pienso a la vez en lo extraño de la obstinación que me embarcó a tomar esta ruta, en adoptarla cuando darse en estos tiempos y en mis condiciones oportunidades así no son muy comunes. Y mientras pienso en esto suena de pronto el pitazo de Marta: es hora de levantarse, desayunar y recoger cosas para dejarlas en un almacén.

Chan Chan está muy cerca de Trujillo, es una ciudadela de barro perteneciente a los Chimú, asechada muy profundamente por la reconstrucción; es decir, que lo que vemos no es original sino una clara representación de lo que pudo haber sido, después de una investigación exhaustiva de los muy atrofiados restos que quedaban después de los constantes saqueos que habían vulnerado esta otrora enorme cuidad. Si bien agrada más la idea de sitios arqueológicos cuya reconstrucción sea mínima, como en Huaca de la Luna, nos explican que sin este proceso Chan Chan no hubiera podido obtener el apoyo que ahora tiene así como tampoco nos regalaría una imagen de lo que fue la cultura Chimú. Muy aparte de eso, sus grandes proporciones admiran.

Muy cerca se encuentra el balneario de Huanchaco. La vista del mar nos llama a acercarnos, pero Mario, un hombre que vende aretes, collares y demás chucherías nos atrae con sus artesanales productos y tras echarle un ojo a Lucía le ofrece hacerle gratis una trenza con pitas verdes, misma marciana. Vamos raudos a alguna picantería a comer algo; jalea es nuestra elección y otra vez las delicias de mar, placer terrenal, nos dejan satisfechos. Afuera los rayos del sol resplandecen, haciéndose notar de entre la neblina que se va disipando poco a poco y brillando sobre las aguas de ese inmenso mar que alberga en su superficie a los caballitos de totora que desafían sus olas. Los expedicionarios emocionados, incluyéndome, se dejan llevar en las aguas por estos mágicos artefactos, cuya apariencia te traslada a una época donde para pescar debías sortear el mar con audacia y a fuerza de manejar hacia ambos lados un palo de madera como remo. Eres tú y el mar y la lucha constante por arrebatarle sus más preciadas joyas. El hombre que manejaba el caballito donde los dos estábamos me decía que teníamos suerte pues hoy en comparación a los días anteriores no había riesgos porque la marea era baja. Si bien no pescamos pudimos al menos imaginárnoslo viendo sólo que de los numerosos caballitos de totora que aun se mantenían en la orilla pendían redes de pescar que pacientes hombre desenredaban. Después del paseíto me senté un rato usando mi bandera peruana de pareo. No faltó quien mirara tan curiosa escena y se acercara a preguntarme si en realidad era tan patriota. Fue Mariana, una chica que conocí esa tarde la que se acercó a mí y se sentó a conversar un poco. Era su cumpleaños y su disposición a salir sola a la playa a despejarse hizo que de pronto, ante su soledad y posible angustia, surgiera de entre nosotras una gran confianza…Hasta que la voz de Icker, un español al que se le estaba haciendo costumbre llamar a subir con su ‘chicos, al buuuuuuuuuuus’ con un tono muy característico, me hizo despedirme de ella.

Ya en el Colegio esperamos a la cena para irnos a Chimbote, donde esa misma noche llegaríamos, tras tres horas de viaje.
Antes buscamos ducha y, ante la escasez de éstas, varias chicas se metieron en cueros a la piscina. Era de noche, la piscina estaba apartada y el pudor entre nosotras ya parecía casi no existir con tantos días de convivencia y de duchas que se cuentan con los dedos.

Domingo 20/07/08

LA LIBERTAD : Trujillo

Ayer llegamos al colegio militar muy tarde en la noche y cogí cama inmediatamente. No sé que será de mí: todo el día en bus, mucho sueño y mucha comida….Me desperté con las caras de Vanessa (Brasil) y de Victoria (Puerto Rico) frente a mí. ¿Estás durmiendo?, me preguntan…y me contaron medio en burla y medio asombradas que al verme mientras dormía mis ojos abiertos al hacerlo las había inquietado mucho y que hasta casi me toman una foto. Qué malas!

Salimos temprano hacia la plaza de armas, donde nos encontramos con una marcha escolar alusiva a las fiestas por la independencia. Admiramos la arquitectura Republicana de los edificios que nos rodean y que a Lucía tanto le agrada. Ella hace mucho que no baila marinera; de pequeña lo hacía muy a menudo y participaba en concursos, incluso llegó al Coliseo de Trujillo (no recuerdo si se llama así), muy cercano a la plaza. Con lo cual el norte peruano guarda para ella buenos recuerdos. Evelyn, una paraguaya que estudia Arquitectura, comparando, nos iba describiendo su ciudad, Asunción, una ciudad cruzada por el inmenso Río Paraguay donde uno puede echarse un chapuzón, lo que me suena extraño; conociendo al Río Rímac me es difícil imaginarlo. Hasta que nos hicieron el aviso para entrar a la Municipalidad donde había una recepción para nosotros por parte del alcalde, a decir, el ahora representante de todos los municipios del país. Mientras el hombre nos decía que una de sus prioridades eran los jóvenes y que por eso tenía el gran agrado de darnos la bienvenida, afuera se oían pifias y gritos imputados directamente hacía él. Al salir del edificio nos enteraremos de que se trata de las quejas hacia la injusta negación a un niño de entrar a un determinado colegio nacional.

La Huaca de la Luna nos asombró con sus decoraciones moches. La iconografía de esta cultura es espectacular y muy variada, tal como lo podemos apreciar en la cerámica y los murales pintados encontrados gracias al trabajo arqueológico. El recinto está compuesto por templos superpuestos de acuerdo a distintas etapas del poderío mochica. Es verdaderamente grande y guarda la suerte de que, por su arquitectura piramidal, pudo conservarse medianamente lejos de los saqueadores que no pudieron con las partes más profundas de la pirámide. Las excavaciones siguen y yo, particularmente, deseo volver para ver lo que los últimos años de investigación van dilucidando acerca de los moche.

Almorzamos en el colegio y por la tarde salimos hacia el centro a conocerlo un poco. El bus nos esperaría más tarde. Angeley, Lucía, Viki y yo fuimos buscando por allí kingkong y otros dulces para comprar. Al encontrar a los demás, vimos que unos esperaban con paciencia el retrato que le hacían a Lilybeth. El bus llegó y al rato Victoria se percató que se había olvidado la mochila, con el pasaje, el dinero y documentos dentro, en algún lugar que no recordaba; nos hicimos a la carrera en busca de él. Por suerte lo había dejado en el Internet y aún se mantenía allí.

Ya en el colegio, las cuatro nos quedamos aquella noche conversando. Victoria nos compartía ese sentimiento de extrañeza que la embargaba y que muy bien comprendíamos pues tenía que ver con el echar de menos a aquellas personas que se quiere.

Sábado 19/07/08


LAMBAYEQUE : Día de museos.


En toda la costa peruana se pueden observar cerros con estructuras caprichosas, con pliegues o de tonalidades diferentes a los de otros cerros: probablemente éstos sean los vestigios de alguna cultura preincaica que desafía al paso del tiempo y con él al olvido, para perpetuarse y brindarnos algo de la cosmovisión de los antiguos peruanos. Nos dirigimos al Museo de Sitio de Túcume y en los pocos minutos que dura el transporte se pueden admirar estas dispersas ‘huacas’, cuya restauración es postergada, al menos si hasta ese entonces sobreviven a la inclemencia de la humanidad, a la de los pueblos, descendientes mismos de ésos vestigios, que en la mayoría de los casos no sienten importante conservarlos. Y Túcume posee muchos de esas ‘huacas-cerros’, pertenecientes a la cultura Lambayeque. Asciende a 26 el número de pirámides, como se les debería decir, que posee Túcume y que están, algunas de ellas, en proceso de investigación. Nosotros sólo observamos algunas, unas que otras de tamaño considerable. Y nos animamos de subir a la que es quizá la más grande de todas, una denominada ‘Purgatorio’ desde donde se podía contemplar un amplio panorama semidesértico interrumpido por unos muy dispersos árboles de algarrobo. De allí nos trasladamos al Museo de Sicán y después al Complejo Arqueológico de Huaca Rajada que es el lugar donde se encontraron los restos intactos del Señor de Sipán, el hallazgo del ritual de enterramiento de un gobernante mochica acompañado de un guerrero, un sacerdote, dos mujeres, un niño, un perro, una llama y un guardián con los pies amputados. Aún se continúan las investigaciones en este lugar.

Esta noche salimos hacia Trujillo, donde pernoctaremos. Ya voy sintiendo lo pesado de andar casi todo el día en bus, lo cual me hace, creo, más sedentaria aún; con lo paradójico que suene si paso todo el día viajando. Espero con ansias la llegada de las caminatas (increíblemente) y de las vistas geográficas de la sierra sur y el altiplano que me son más interesantes.

9.08.2008

Viernes 18/07/08


LAMBAYEQUE : El Museo de Sipán



Son las 9:30 de la mañana, hace ya mucho rato que desayunamos y ahora tan solo esperamos que nos digan cuáles son las actividades de hoy…

Cuando ya creíamos tener la mañana perdida nos dan el aviso para salir, con nuestras banderas, hacia el Museo de Sipán, el cual está muy cerca del cuartel donde nos alojamos. Para los que la historia preincaica del Perú les fascina, Lambayeque y Trujillo tienen para ellos lo que buscan: Dos regiones con una muy bien difundida red de museos y áreas arqueológicas por visitar, a los cuales la Ruta Inka no escatimará en esfuerzos por recorrer. Y es precisamente el Museo de Sipán uno de los mejorer implementados. En principio, lo visitamos para tomarnos fotos en grupo pues la prensa y autoridades regionales y municipalidades lo requerían. Tomamos nuevamente el bus quedándonos con las ganas de visitar el museo.

Monsefú no es solamente la tierra de un conocido grupo cumbiambero, sino que posee una rica cultura que se ve reflejada con el festival cultural con el que nos topamos en su plaza principal. Ciertamente nos habíamos perdido las danzas, que tenían en la marinera su máximo representante, pero no nos perdimos la comida, pues nos habían reservado un piqueo, muestra de la culinaria norteña, del cual todos degustamos. Aunque entiendo que a algunos no les haya gustado mucho por que ‘picar’ de todo sencillamente no te deja disfrutar cada plato como debería ser. Salimos ahora sí para dirigirnos al museo.

El verdadero nombre es Museo Nacional Tumbas Reales de Sipán y en él se expone todo lo referente a, como el nombre lo indica, la tumba del Señor de Sipán, que representa a la cultura Mochica. El director es el arqueólogo Walter Alva, quien justamente nos obsequió una duradera conferencia explicatoria sobre el museo. Pero, siendo sincera, me dio pena no poder aguantarme el sueño que me trajo a mí y a otros su exposición, sabiendo la amplia trayectoria de su trabajo y lo que logró: hacer claramente de este museo uno de los más importantes. Me dormí; su voz tan tranquila y adormecedora parecida a la de un abuelo, la oscuridad de la sala y el aire acondicionado no me ayudaron. Básicamente era una explicación en extremo detallada de lo que se encontró en esa intrigante tumba. Y finalmente pasamos a verla. Había en su interior un despliegue bien organizado de los hermosos objetos de oro, plata y cobre que eran propiedad del Señor de Sipán, una eminencia que controlaba uno de los señoríos que integraban la cultura Mochica; además de indumentaria muy diversa que usaba, así como los que eran propios de las otras personas y animales que lo acompañaron en su tumba y que fueron específicamente sacrificados para el ritual de muerte, de paso a la otra vida. Me iba quedando muy claro la importancia en el mundo andino que tenía la muerte, una transición hacia una nueva vida para la que había que prepararse. Pero se mantuvo en el aire la incógnita de muchos de los que me acompañaban, de los más observadores, de si habían o no sufrido dichos acompañantes con el sacrificio, o si verdaderamente habían accedido al sacrificio por voluntad propia. En un momento la tolerancia de nuestra guía se acabo ante tantas preguntas. Es que la curiosidad era grande y el tiempo que teníamos en el museo insuficiente.

Antes de tomar el bus de vuelta se sucedió toda una persecución a Marta, la monitora, pues después de entregar unos riquísimos pequeños sándwiches de pollo a cada de uno de nosotros y de ver que le sobraban aun más, la locura por obtenerlos se apoderó de nosotros hasta el punto de corretearla. Arregló la situación un pequeño juego-concurso para ganárnoslos. Aun no entiendo que pasó con nosotros, pero fue muy cómica la escena.


Era viernes y lo queríamos aprovechar así que salimos todos del cuartel para ver qué hacer; bailar estaba dentro de mis primeras opciones. La idea era ir todos a alguna parte y regresarnos juntos con el bus a las doce de la noche, mismos cenicientos; como diría Valmi de Moquegua, porque si no la carroza se convertiría en calabaza y el cuartel en uno más feo (…). Después de tantas averiguaciones en los antros de una concurrida calle nos separamos y un grupo entramos a un karaoake-bar muy bueno, aunque no por el hecho de que no nos pusieran el pedido en toda la noche. Pero igual, nos robábamos las de otras mesas y cantábamos, qué decir, gritábamos y hasta aullábamos a flor de garganta esas canciones latinas que, aunque no nos gustaran, nos unían, por eso mismo, por ser latinas. Hasta que los televisores se apagaron diciéndonos que la pista estaba vacía, que el karaoke terminaba para reanudarse más tarde y que era hora de bailar. Lo memorable de todo esto es que, cuando la música y las luces se apagaron para indicarnos que el karaoke empezaba de nuevo y a nosotros no nos interesaba sentarnos, y pusieron esa antigua canción ‘América’, nos abrazamos y, mirando la pantalla, la cantamos con tal sentimiento que seguramente el ‘’Como un inmenso jardín, ésa es América…’’ hizo notar a los que nos miraban esa amistad hasta casi incomprensible que había surgido entre nosotros.

En el bus y de regreso al cuartel seguimos cantando.

Jueves 17/07/08


LAMBAYEQUE : Pimentel, el balneario.




Amanecí con un fuerte dolor en la espalda y los pies por pasar toda la noche en el bus. Bajamos en la Plaza de Olmos, donde al parecer teníamos alguna actividad que no se dio finalmente porque no disponíamos de mucho tiempo pues en Lambayeque nos esperaba un almuerzo a la una. Sólo desayunamos y nos tomamos una foto todos juntos con algunas de sus autoridades, lo que se me hizo un poco molesto. De camino bajamos en Motupe, pues haríamos una caminata hacia los Cerros de Motupe. Pero ocurrió otro percance: algo pasó con nuestro bus que hizo que nos quedáramos varados y, mientras los choferes trataban de arreglar lo que se tenía que arreglar, nosotros nos tomábamos fotos, hacíamos inscripciones en el bus (aprovechando su suciedad) y hasta algunos se atrevieron a hacer una pirámide humana en plena carretera. Por fin tomamos el bus pero para irnos de frente para Chiclayo, al Cuartel Militar. Al llegar a Lambayeque tuve la sensación de estar en Lima, pues el color panza de burro, o sea gris, de su cielo es similar; aunque no se puede decir lo mismo de su clima, que es mayor en unos cuantos grados. Comimos allí; debo comentar que no estuvo nada bueno el almuerzo con lo que mis ánimos del día no mejoraron. Simplemente amanecí de malas.

El Balneario de Pimentel nos dio la bienvenida con su limpieza y sus aguas por demás frías, pero nosotros, siempre contradictorios, nos bañamos. Después de la comida en el cuartel era de rigor comer algunas delicias de mar. Quería un buen cebiche o mariscos. Al final optamos con Paloma, una de las arequipeñas, en compartir un plato de chicharrón de calamar, buenísimo. Ya en la noche comí sin comer la cena del cuartel, pues ya estaba satisfechamente llena. Y el resto de la noche nos la pasamos jugando ‘cartas españolas’. Álvaro acababa de enseñarnos cómo jugar con esas cartas pero como cada vez se unían más personas optamos por otro jueguito parecido que igualmente incluía a un asesino, un sacerdote, al pueblo y de ser numeroso el grupo, como lo éramos, una puta y una niña. El objetivo era averiguar quién entre nosotros es el asesino, tratando en lo posible de causar la menor cantidad de muertes de las personas del pueblo.

Miércoles 16/07/08


SAN MARTÍN : La Reserva de Tingana


Fue decisión de todos pagar S/ 35 por la oportunidad de ir a la Reserva Ecológica Río Avisado - Tingana pues esta no se encontraba dentro de las actividades programadas por la ruta. Nos lo habían propuesto dos biólogos, nativos de Moyobamba, que eran, al igual que nuestros guías en Tarapoto, de la Universidad Nacional de San Martín. Son colegas míos, de ecología, y nos apoyaron durante nuestra estadía en Moyobamba.

Son las tres y media de la mañana y debemos ya alistarnos pues partimos hacia la Reserva a las 4. Adormilados aún nos dirigimos a la plaza de Moyobamba, donde nos esperan dos combis para llevarnos, de 15 en 15 personas y tras recorrer 25 km en dirección sur durante una hora, hasta la Boca de Huascayacu. Al llegar a Huascayacu, que en realidad es una playa de río, el día aun no se presenta con sus clarificadores rayos de luz. Un manto de oscuridad llena de misterio el lugar y apenas se puede ver el río delante de nosotros. Esperamos a las embarcaciones durante un buen rato...hasta que llegaron; fueron dos grandes botes a motor que nos llevaron, surcando el río Mayo, hasta el interior de la reserva. Este río tiene un afluente, el río Avisado, que contrastaba con el Mayo por su tonalidad oscura, la cual se debe a la materia orgánica, las raíces y las hojas de las plantas, que se descomponen en sus aguas calmas. La niebla que lo dominaba todo en el ancho Mayo se convirtió en la abundante vegetación que ahora nos rodea. Ya desde hacía un tiempo los pájaros andaban saludado al nuevo día con sus tan diversas melodías. Fueron cerca de 20 minutos en bote, abrigados por la niebla y la vegetación, los que recorrimos hasta llegar a la Reserva, donde nos recibieron una de las familias que la cuidaban. Fue una bendición encontrar hamacas y, mientras esperábamos a que nos sirvan el desayuno, algunos se disponían a dormir plácidamente en ellas. Y el desayuno llegó; créanme, fue uno de los más ricos que jamás haya tomado. Huevos fritos y patacones y de bebida café caliente. Vi y aprendí como se hacían estas delicias llamadas patacones que ya me habían cautivado en Tarapoto. Eran plátanos de la selva que me temo no se encuentran así por así en los mercados limeños, cortados en rodajas y fritos en aceite, luego los chancan con una piedra, los hacen remojar un tiempo en agua con sal para después volverlos a freír. Con ese desayuno disfruté mejor lo que se venía: un recorrido en canoa por esas apacibles aguas oscuras sorteando las raíces aéreas de los árboles que trataban de hacerse paso a como dé lugar en el río; es así como, poco a poco, la selva va renovándose. Las melodías aviarias no nos dejaban y de, tanto en tanto, vimos ardillas y monos pequeños; quizá se trataba de los adorables pichicos. Bajamos de las canoas, muy cerca de una liana que se suspendía desde lo más alto de un gran árbol; muchos se balancearon en ella. Regresamos al albergue de la reserva a almorzar e iniciamos el regreso. De camino disfrutaba de la voz de Vanessa cantando canciones en portugués. El que conducía la embarcación, el dueño de la casa-albergue de la reserva, me comentaba que para la creación de esta reserva de más de tres mil hectáreas fue necesaria una capacitación por parte de Cáritas, y de que en el proyecto están involucradas varias familias, casi todos parientes suyos, quienes tras esa capacitación se dieron cuenta de que el bosque en pie valía muchos más que talado y hecho chacra. Él mismo nos había contado en el albergue que antes de la reserva él mismo cazaba por esta zona, y que lo hacía sin la menor conciencia acerca de los efectos que traía consigo la depredación del bosque.

Por la tarde fuimos a un Orquideario que estaba asentado en las faldas de un monte, donde también había un lindo mirador de caras al Río Mayo. Algunos bajamos para observarlo mejor, pues la vista era espectacular muy a pesar de los desperdicios que podías encontrar en el camino. El ocaso nos extendía sus impactantes tonalidades rosas en el cielo y un fresco viento nos confortaba con su buena temperatura.
Esta misma noche saldremos a bordo de nuestro bus ‘sol peruano’ hasta la ciudad de Lambayeque, nuestro próximo destino.

Martes 15/07/08


SAN MARTÍN: Moyobamba y la Casa del Terror


Son las 6 de la mañana y el alarma de mi celular resuena en toda la habitación. Debemos levantarnos temprano para partir hacia Moyobamba, la capital de esta linda región. Son dos horas de bus rodeados de un atrayente paisaje tropical. Avanzamos serpenteando a la par del Río Mayo. Al paso encontramos numerosos pequeños poblados y, a los lejos, pequeñas áreas de bosques vírgenes acorralados por sembríos que se abren paso en forma desafiante a la naturaleza. Jessica, una de nuestras acompañantes de la Universidad de San Martín, me comenta que por esta zona predominan los cultivos de arroz y plátano. Me dice también que en la creencia colectiva del poblador rural hay un gran respeto hacia la anaconda, personaje que está envuelto en algunas leyendas que hacen temer su presencia. Al igual que el manatí que adopta la apariencia de una sirena que atrae con su belleza al hombre que osa pescar en sus aguas.

Volviendo a la deforestación, ésta me aturde pues llega a niveles alarmantes. Hace un par de días, en las instalaciones del Instituto para el Desarrollo y la Paz Amazónica, me senté a conversar con Roberto Lay, uno de los encargados del lugar y quien supuse me podría dar un alcance de la situación de la agricultura y la deforestación en San Martín. Me convencí de la importancia de hacer algo por el estado de nuestros bosques amazónicos. Sucede que en los alrededores de ciudades tan grandes como Tarapoto ocurre un fenómeno denominado ‘colonización’: personas sobretodo provenientes de los andes que, al dejarse admirar por el verdor y una idea errónea que liga a los bosques con productividad, migran hacia estas zonas de la selva alta y baja y, bajo la técnica del roza y quema, deforestan hectáreas enteras de prístinos bosques. La desesperanza es grande cuando al cabo de la tercera, cuarta o quinta (depende del caso) ronda de cosecha se dan cuenta de que la tierra no da para más; y se ven obligados a trasladarse a otros bosques a talar-quemar. El círculo vicioso comienza y como resultado tenemos un profundo hoyo de la pobreza del cual esta gente difícilmente puede salir y, a la vez, áreas inmensas de bosques talados que en pie valdrían mucho más por aprovechamiento de biodiversidad, bonos de carbono, ecoturismo, agentes purificadores del recurso hídrico y como resistencia al embate de los huaycos. La situación se ve claramente al observar grandes áreas a ambos lados de la carretera, otrora bosques, que ahora no son más que tierras desgastados por la inclemencia de las fuertes lluvias que convirtió a nada la poca productividad que poseían. La IDPA posee proyectos para remediar un poco esta situación. Entre otras cosas, se dan capacitaciones a los campesinos acerca de productos alternativos que se pueden cultivar y que son más adaptados a las tierras de la selva alta, ecorregión a la que pertenece San Martín; de eficientes formas de riego y capacitación en formas de organizarse para vender mejor sus productos y de ser posible exportarlos. Me quedó claro que una buena campaña de concientización también es importante para mostrar al poblador amazónico acerca de la importancia de cuidar su bosque, de mantenerlo en pie pues el proceso de deforestación es irreversible y lamentable por lo mucho que se pierde con esta actividad.

Llegamos a la plaza de armas de Moyobamba, la cual en el medio posee una orquídea gigante de cemento que nos dice que hemos llegado a la Ciudad de las Orquídeas. Sin embargo, no nos agrada la idea de andar con nuestras mochilas cargándolas unas cuadras hasta el hotel Atlanta donde al parecer nos quedaremos. Al llegar allí una elección rápida hace que los que no se apuntaron rápidamente tengan que ir hacia otro hostal. ‘’La casa del maestro’’ nos recibió con sus escaleras y pisos de madera que crujían a nuestro paso. Éramos cerca de 20 personas las que tuvimos la ‘suerte’ de que nos tocara dormir en esos camarotes cuyos colchones, negros y delgados del uso, despedían polvo al contacto. Dormir sin sleeping no era una buena opción. Más tarde nos enteraremos que de en una de las dos habitaciones donde estaban estos camarotes habían aparecido asustadizas ratas que hicieron de que me traslade junto con otras chicas más hacia la otra habitación. Cuídenos ‘Señor de los Mochilones’ escuché decir a Pablo, de España. Sólo esperábamos llegar tan cansados de las actividades de hoy que al regresar conciliemos el sueño sin darnos cuenta de en dónde lo hacemos. Después de desayunar fuimos a la Naciente del Río Tioyacu, en la provincia de Rioja, a 20 minutos en auto. Un lugar muy bonito donde uno podía bañarse en sus pozas y cascadas. El agua era muy fría pero muchos se animaron a balancearse en unas lianas o a dejarse caer por una cascada con una cámara de llanta. Luego Chuchúwasi, un centro de esparcimiento, nos entretuvo con sus tragos exóticos. Yo estaba fresquísima del baño en Tioyacu que sólo deseaba comer y dormir. Pero los planes eran otros: Nos esperaban los Baños Termales de San Mato; allí nos pusimos en fila a darnos masajes unos a otros, sus calientes aguas terminaron por confortarme hasta el punto de llevarme a dormir plácidamente en el camino de regreso.

¿La ruta Inka, una estafa?

Como retribución a haber tenido la desdicha de pernoctar en la ‘’Casa del Terror’’ (ya algunos empezábamos a llamarle así) esa noche se nos concedió cenar en el hotel Atlanta; allí nos dimos cuenta de la gran diferencia entre ésta y la que nos había tocado. Luego se dio paso a una reunión de grupo; sí, una reunión para tratar temas espinosos pero de rigor, pues el descontento acerca de la ruta en general se hacía notar en algunos de nosotros y era menester aclararlos. La idea de que estábamos siendo estafados flotó en el aire, muchos se imaginaban antes de venir que ésta era una travesía llena de aventuras; a decir, caminatas duras, noches de camping e integración con pueblos indígenas. Mas esto no se daba pues la mayor parte del tiempo nos las pasábamos en bus, dormíamos en cuarteles militares, las caminatas eran escasas (al menos lo percibí desde que me uní a la ruta, una semana después de haber empezado) y de la integración, solo podíamos hablar de la que había entre los expedicionarios que, y eso nadie lo dudaba, de por sí era muy enriquecedora. Es cierto que quejas hasta estas alturas del viaje había escuchado, pero a la mayoría las consideraba superficiales como cuando a algunos les chocaba dormir o comer no tan. No me había puesto a analizar que, como explico líneas arriba, algunos de los objetivos principales no se estaban cumpliendo; creo que me dejé llevar por la simple admiración que me causaba el viajar. Pero, me dije, si ésta estuviera llena de esa ‘aventura’ que algunos exigen, claramente ésta sería una experiencia aún más maravillosa. Aunque, sí, como también se expresó, los 250 dólares o euros (para europeos) que se nos cobraba como derecho de inscripción eran demasiado poco para lo que nos ofrecía esta ruta. Además, el nivel de desorganización que existía y que era lo que explicaba la falta de sentido hacia la búsqueda de esos ‘objetivos principales’ era comprensivo hasta cierto punto dadas las factores que lo creaban: En primer lugar, Rubén la Torre, el director que se embarcó sólo en la realización de este sueño, está así, totalmente sólo, buscando apoyo de las autoridades él mismo en un país donde las prioridades se entremezclan y donde ideas tan brillantes como las de esta empresa no son escuchadas pues exigen un cierto nivel de inversión. La ganancia a esa inversión, me di cuenta desde los primeros días, es grande, pues las autoridades que nos acogieron y las que lo harán adquieren una particular experiencia que los ayuda a hacer más eficaces en cuanto a turismo se refiere; a decir, que hay un involucramiento directo con estos jóvenes (o sea nosotros) donde pueden saber acerca de nuestros intereses e inquietudes como visitantes. Por otro lado, como ha sucedido hasta ahora, se han asignado grupos de acción (guías y organizadores) para llevar a acabo estas recepciones que nos tenían preparadas; sean escolares o universitarios ellos han aprendido y a la vez se han impregnado de ese nuestro intercambio cultural. Y, por último, deja la idea en la población de que en el lugar donde viven hay realmente un potencial turístico por explotar y se llenan de ese espíritu de recibimiento al visitante necesario para la actividad turística (claro, esto sucede cuando los sitios por los que pasamos no tienen mucha experiencia en el área). Así que sería muy incomprensivo de nuestra parte calificar de estafa a la Ruta Inka, dadas las circunstancias en las que se fomenta. (ALGUNAS REFLEXIONES AÑADIDAS POSTERIORMENTE. PUES VI CONVENIENTE ACLARARLAS DESDE ESTA PARTE DE MIS CRÓNICAS PARA DARLES UNA IDEA MAS CLARA, DESDE MI PUNTO DE VISTA, SOBRE LA ORGANIZACIÖN DE LA RUTA INKA)

Como conclusión y sugerencia se dijo que en lo que seguía pidiéramos el programa de actividades, lo evaluáramos y propusiéramos a Rubén cambiar algunos puntos que fueran posibles por otros que podrían ser de mayor aprendizaje para nosotros. No obstante, esto no sucedió.

Después de todo, coordinamos sobre lo que haríamos mañana. Visitaremos La Reserva Ecológica Río Avisado - Tingana. Para esto nos separaron en dos grupos, uno por la mañana (que me incluía) y otro por la tarde.

9.04.2008

Lunes 14/07/08


SAN MARTÏN: Lamas y sus tres pisos…


Desayunamos y nos dirigimos a Lamas, a media hora en auto de la ciudad de Tarapoto. Lamas está ubicada en la cima de un cerro, tiene calles empinadas y su principal característica es su disposición de terrazas o pisos, como les llamas los lamistas (los de de Lamas). El primer piso, el barrio Wayko, corresponde a los descendientes de los chancas venidos del sur, el segundo a los mestizos y el tercero es utilizado como mirador. De camino a Lamas recogimos en la ciudad de Tarapoto a Rubén y Lucía, una chica de Lima que se unía a la ruta hoy mismo. Ya había tenido la oportunidad de conocer a Lucía antes de iniciar la expedición, pues la había ido a buscar a su universidad para concertar si nos íbamos juntas a la ruta, por la misma vía; pero al final ella se unió días más tarde que yo. Llegamos a la plaza principal de Lamas y bajamos allí. Tuve que desviarme un poco para compar un rollo más para mi cámara de fotos. En la plaza Angeley, otra de nuestras guías y nativa del lugar, iba explicando el significado de los símbolos hallados en la bandera de Lamas, donde predominaba la representación de los tres pisos. Fuimos a un colegio para plantar árboles, cada uno siendo padrino de un escolar quien era el que se iba encargar de cuidar a la plantita por todo el tiempo que le quedara estar en el colegio, para después asignarle la tarea a otro alumno. Después, nosotros, el grupo de las ‘awiwas’, nos fuimos al Museo Étnico de Lamas donde estaban representados en maniquíes la vida de los habitantes del barrio Wayko, quienes provenían de una etnia serrana, los chankas, trasladada por los españoles durante la Colonia y que aun hasta ahora trataba de mantener sus manifestaciones culturales vivas. Angeley nos daba la explicación y fue allí cuando nos enteramos de que se uniría como una rutera más. Bienvenida, Angeley.

De allí fuimos a una tienda de artesanías que no me llamó mucho la atención para luego caminar hasta el mirador. En el camino pude observar que muchas casas estaban de fiesta a pesar de ser lunes. Era porque esta semana se celebra la Fiesta Patronal de Lamas, donde se rinde culto al Señor de los Motilones y eran, al parecer, muchos compadres que al hacer una promesa a cambio de un milagro cumplido se habían hecho con los gastos de tan suntuosas fiestas donde la música, bebida y comida la ponían todo ellos. Estos padrinos son los ‘cabezones’ y las fiestas, propiamente, las ‘cabezonías’. Bien que no me libré de ellas pues me moría por estar en otra como la de anoche. Éstas, en comparación a las que hay en Tarapoto donde el trago lo vendían, eran en realidad votos de promesa y todo era dado por los cabezones; tenían un profundo sentido religioso. Desde el mirador se veía todo Lamas, los tres pisos lucían ante nosotros con sus contrastes; todos bajo ese hermoso cielo cuyas grandes nubes blancas hacían prever que aquel día podría haber lluvia.

Bajamos al piso de los mestizos, el segundo, y gran parte del grupo había llegado y ya se habían dispersado por los alrededores pues al parecer teníamos rato libre. Lucía y yo entramos a una Cabezonía y nos quedamos observando lo peculiar de la situación: ésta vez los reunidos allí eran escolares, pero escolares de todas las edades, con uniformes y sin profesores resguardándolos. Bailaban al son de una banda con el mismo tipo de música del que había escuchado en Tarapoto, instrumental y muy movida y, al igual que anoche, la bailaban como a la cumbia. Entramos y pedimos chicha de jora pues se la daban sólo a los poquísimos mayores de edad presentes. Me sorprendió la espontaneidad de los niños al bailar, al no cohibirse al hacerlo y, sobretodo, salir después del inicio de cada pieza, raudos y entusiasmados, a sacar incluso con violencia a la niña con la que querían bailar. Al hablar con unas niñas sentadas a lado nuestro, nos comentaron que ésta era la hora de la fiesta de los niños, que tenían permiso del colegio para salir temprano de él e irse a divertir a su fiesta (eran como las doce y media de la mañana); así mismo sus padres. Y empezó: un sonido extraño y un poco violento nos dijo a todos que ‘la pandilla’ había empezado. Todos, sobretodo los más grandes, empezaron el, digamos, ritual: se armaron en parejas y dieron círculos y de tanto en tanto se abalanzaban hacia el centro chocándose y apretujándose entre sí. Lucía y yo no nos resistimos. Salimos para ver si aun el grupo estaba allí afuera y después de cerciorarnos nos dimos una vuelta por la plaza en búsqueda de unos helados que nos refresquen del calorcito selvático. Encontramos unas delicias hechas de aguaje. Al regresar a la cabezonía en la que habíamos estado ya casi todos los escolares se habían marchado al igual que los músicos. El lugar, que en realidad era una discoteca con un pequeño escenario, había sido alquilado por toda una semana para la festividad. Sólo los dueños estaban dentro, en un cuarto que hacía las veces de cocina. Al lado había un patio con una rústica gran mesa de madera donde estaban apiñados uno sobre otro cerca de 10 cerdos, listos para ser enviados al fogón. La escena me pareció cómica, aunque no puedo decir lo mismo por los 4 o 5 ruteros vegetarianos que también se animaron a ver. Allí mismo nos sirvieron el almuerzo: yuca, arroz y chancho asado; y de yapa chicha de jora. Todo en unas tazas por demás artesanales, hechas de mate secado al sol (potos). Algunos chicos se animaron a improvisar algo con los instrumentos que los músicos habían dejado en el escenario.

De allí nos tocaba ir al barrio Wayko. Nuestra combi, el que trasladaba a las compañeras awiwas por su travesía por la amazonía de San Martín, hizo su descenso por aquellas calles empinadas. Mientras nos adentrábamos al barrio veíamos cómo cambiaban el estilo de las casas, el cemento era dejado por el barro y un olor a tierra mojada se iba apoderando de nosotros. El barrio parecía sacado de otro mundo: la infraestructura era propia de la sierra: casas de barro que parecían moldeadas como la cerámica desde el mismo suelo, pues eran del color de éste, un crema naranja muy intenso; calaminas las cobijaban del sol y de tanto en tanto podías ver un burro o caballo resguardando la casa de sus dueños; pero, y esto es lo que me era paradójico, tenía detrás un bello paisaje amazónico, tupido de vegetación que nos decía que no estábamos en los accidentados terrenos del ande. Bajamos de la combi y nos encontramos con que acababa de llover. Maldición, dijimos las awiwas, la gente la había disfrutado dejándose mojar mucho durante los pocos segundos que duró. Pero el cielo estaba nublado, no sin dejar de hacer calor; así que quizá nos sorprenderían unas agüitas más. Los ruteros estaban muy concentrados en una tienda de artesanías y no parecían tener ganas de dejar de comprar, así que me desvié del grupo dispuesta a caminar por este pintoresco barrio. Seguí descendiendo y al rato me sorprendió un aguacero y, al instante, volvió, cada vez más intenso, ese delicioso olor a tierra mojada. Una anciana sentada en la puerta de su casa miraba al vacío, inmune a los problemas que acogían al mundo ‘civilizado’. Jamás había sentido a Macondo más cerca. La escena se repitió una vez más unas cuadras adelante. Niños jugaban con la tierra y cintas de colores. Señoras pasaban y constaté que sólo algunas mantenían las ropas tradicionales, faldas largas de colores y blusas blancas, ambas con telas delgadas; sobretodo con las faldas. Pero tal como me habían dicho, confirmé en muchas de ellas un halo de desconfianza hacia el viajero. Desconfianza de quien se siente asechado por una cámara fotográfica de un personaje que ve en ti un ente cultural extraño a quien perennizar. Pero, como también me dijeron, un ‘hola’ amable podía hacer añicos estas sensaciones. Quizá ya era tiempo de regresar y preguntando por la plaza llegué a ella, pero a la plaza de Lamas, no a la de Wayko. Por un momento sentí terror ante la posibilidad de haber sido dejada por el grupo pues hacía mucho desde que me separé de ellos para dejarme envolver por la magia de ese barrio. Preguntando de nuevo llegué finalmente donde los demás, que seguían comprando cosas en la tienda. Salimos de regreso al albergue.
Teníamos tiempo libre y, como nos dijeron que por la noche saldríamos a cenar y de allí una recepción llevada acabo por la fuerza militar nos esperaba, decidimos un grupo salir antes para conocer la ciudad de Tarapoto. La idea era comer algo típico y Angeley que conocía tanto Tarapoto nos ayudo mucho. El restaurante escogido fue Wayo, no tenía el mejor de los ambientes, aunque era cómodo, pero según Angeley la comida era muy buena además de barata. La carta de menú era variada y me animé por un ‘cecina con ensalada’, de complemento ‘patacones’ y un refresco de aguaje. La cecina es carne de cerdo asado y los patacones una de las tantas formas que en el oriente peruano hay de preparar el plátano. Fue verdaderamente una delicia comer allí a tan solo 8 soles (6 el plato, 1 el complemento y 1 más el refresco). Claro que piqué de los platos de Viki y Lucía, con quien compartí un juane que estuvo de la ostia como diría Adrián de España. Así, con el corazón contento pues la barriga estaba llena nos fuimos para el sitio donde los militares nos esperaban con una recepción. Allí debíamos estar a las 7 y, aunque nos demoramos mucho, aun no habían llegado los demás. Éramos los awiwos un grupo muy pequeño y esperamos en la puerta del establecimiento, que era algo así como un centro de convenciones que pertenecía al poder militar de Tarapoto (debí apuntar el nombre). Debíamos quedarnos quietos y callados por ser el lugar una entidad militar pero fue imposible no hacer alboroto pues unas fotos en extremo graciosas, que había tomado Lucía de otros ruteros, nos hacían reír a carcajadas muy a pesar de las miradas del general y soldados que estaban a nuestro lado. Un segundo grupo de ruteros llegó muy tarde y con ellos nos llevaron a una zona para observar aburridos videos sobre la armada militar peruana. Aunque de tanto en tanto dejamos escapar risas al ver lo graciosas que resultaban las letras de las canciones que acompañaban las imágenes. Una fue un reggaeton, otra una cumbia. En una escena aparecían los soldados y de la nada una explosión que también nos hizo reír. Ciertamente ese no era el objetivo de las autoridades militares que nos acogían y, a la vez, ese no debía ser nuestro comportamiento hacia ellos, por respeto y agradecimiento. Llegó el último grupo y finalmente nos llevaron hacia un gran patio. El camino estaba adornado con velas y al llegar nos pusimos todos mirando hacia el patio. De pronto una estruendosa explosión que despedía humo de color rojo, blanco y rojo (haciendo la bandera), como la vista en el video, nos sacó del adormecimiento; de unos cubículos a un lado del patio salieron numerosos soldados con paso coordinado y frenético, delante una banda los dirigía a sus posiciones al frente nuestro. Con gritos también coordinados nos dieron la bienvenida. Fue espectacular lo que nos presentaron que no hicimos más que aplaudir con muchas ganas; aunque no queríamos otra de esas explosiones. La velada continuó con una danza selvática ‘el baile de la boa’. Covadonga, una muchacha española que estudia algo referido a las danzas españolas, me impresionó con su despliegue de flamenco. Alba, también de España, nos regaló una muestra de danza moderna.

Fue así como acabaron estos dos estupendos días en Tarapoto.

Domingo 13/08/08

SAN MARTÏN: Las Cabezonías de Tarapoto


Mi intención había sido levantarme temprano para poder observar desde mi asiento en el bus el seguramente bello amanecer de Tarapoto. Pero ayer por la noche me dejé envolver por la selva que se presentaba ante nosotros cada vez más, aunque en la oscuridad, misteriosa. También he de decir que la incomodidad del asiento no ayudó mucho. Solo recuerdo que al despertarme hoy como a eso de las 5 de la mañana observé a duras penas ya un zigzagueante río que nos daba la bienvenida; luego, el sueño me venció para ser perturbado luego a nuestra llegada a la ciudad. Nos detuvimos.

Tarapoto, la ciudad de las palmeras, a primera vista está inundado de mototaxis, al igual que Piura, pero con mayor intensidad. También vi muchas motos, de esas personales, con conductores atareados dirigiéndose al trabajo o al mercado. Hasta que se dio el aviso y nuestro bus, el cual nos iba a seguir acompañando por toda la ruta hasta llegar a Lima, avanzó raudo alejándose nuevamente de la ciudad para introducirse por entre chacras de arroz y pastizales, cicatrices de la deforestación, hacia las instalaciones del Instituto para el Desarrollo y la Paz Amazónica. El nombre por sí mismo me llama mucho la atención. Allí nos espera el tan ansiado desayuno. Bajamos del bus y mientras recogemos cansados nuestras grandes mochilas para dirigirnos a la habitación que nos han asignado esta vez, un conjunto de música folclórica nos recibe con quenas, tambores e instrumentos hechos con semillas para decirnos una vez más que estamos en la selva peruana, una tierra donde la música característica de este lugar se disfruta al son de un clima caluroso, donde la alegría sabe distinto que en otras latitudes.

Algunos desean ir directamente a bañarse o a dormir, pero no, nos espera una pequeña recepción. Fuimos al comedor y pronto me di cuenta que ésta era una recepción diferente: la música nos acompañaba y junto con ella las sonrisas de nuestros universitarios anfitriones nos invitaban a sentarnos haciendo un círculo alrededor de ellos. Empezaron con una danza para que después cada uno de los bailarines sacara a un expedicionario a bailar. Así, ya animados, nos presentaron a los que serían nuestros guías, todos estudiantes de la Universidad Nacional de San Martín. Desayunamos y nos alistamos para salir hacía el primer destino: las cataratas de Ahuashiyacu. Mi grupo era el de las ‘Awiwas’, lo que vendría a ser un gusano amazónico muy apetecido en la región por su rico sabor. El camino era bellísimo y, aunque se veía claramente cuánto había la deforestación azotado los alrededores de la ciudad, por ser un foco de desarrollo, el verdor del lugar a donde nos dirigíamos me hacía olvidar por un momento esa realidad. Para llegar a esas cataratas hay que caminar un trecho de 20 minutos en dirección contraría al curso del agua cuyo origen es la catarata. La humedad del lugar deja ver tras de sí un bello paraje de vegetación en sus diversas variedades y, de tanto en tanto, aves, mariposas u otros insectos voladores que logran hacerte seguir su rastro…las fotos no se hicieron esperar y al llegar al origen de este curso de agua, la catarata se hizo presente, majestuosa, y muchos se animaron a darse un baño en sus frías pero fresquísimas aguas. Luego fuimos a la ‘biodiversidad’, como le llamaban los guías, un lugar cercano a las cataratas donde, mismo zoológico, había representantes de la fauna del lugar; pertenecía a la universidad. A decir, animales que habían sido encontrados por estos lares mientras se afirmaba la ahora moderna carretera de Tarapoto a Yurimaguas, si es que no habían sido encontrados por las autoridades convenientes cuando eran presas de la venta ilícita. Y ahora estaban expuestos a los visitantes. No pude averiguar si estaba dentro de sus planes realizar investigación o, de ser posible, realizar proyectos para insertarlos nuevamente a su hábitat. Sinceramente, no me agradó la forma en la que estaban cuidados. El hacinamiento era extremo en algunos casos. Como en el tigrillo, cuya pequeña jaula lo hacía tan cercano al acecho de la gente que se detenía a observarlo, que se la pasaba gruñendo todo el tiempo, y más aun cuando le tomaban fotos. Saliendo del lugar encontré en el camino dos insectos palo apareándose, ambos de tamaño impresionante.

Regresamos para almorzar y nos dijeron que teníamos la tarde libre, pues en la noche saldríamos para un evento con música del lugar lo cual sonaba muy bien. Muchos aprovecharon para bañarse, aunque el agua corría austeramente por las únicas tres duchas de las que disponíamos. Otros lavaban sus ropas, dormían o tomaban el sol vespertino. Más tarde Robi de Ecuador sacó su guitarra y, acompañado de Arturo (Argentina), Carlos (Ecuador) Manfred y Esteban (ambos de Costa Rica), se pusieron a tocar rolas en su mayoría latinoamericanas que fueron animando a cada vez más a unirse al grupo. Yo estaba con un grupo de chicas, conversando y disfrutando de galletitas, mate cocido (que parecía comúnmente degustado por los argentinos) de Carolina y de un fresco viento; cuando escuché una de Fito Páez del cual no me resistí en acercarme a escuchar. Al rato cantábamos todos juntos canciones de Calamaro, Maná, Soda Estéreo y otras tan lindas propias del acervo latinoamericano: fue una tarde especial… hasta que nos llamaron a cenar.

Fuimos por la noche a Chobawasi, ‘La Casa de la Solidaridad’, donde degustamos tragos típicos y compramos artesanías. Luego pasó lo mejor: nos dirigimos a una Cabezonía. Así me enteré de estas fiestas propias del oriente peruano, donde se podía bailar música selvática en vivo y tomar uvachado. La entrada era libre pero cada vasito de trago cuesta un sol, y, claro, uno no se conforma con uno solo. El uvachado es una bebida hecha de aguardiente con uvas enteras, el reposo de estas últimas hace que el color del aguardiente se torne morado grisáceo y que las uvas adopten un grado de alcohol incluso más fuerte que el líquido sobre el que están embebidos. Personalmente, me gustó mucho. La música es meramente instrumental y por ratos me hacía pensar en música árabe por los sonidos extraños que emitía la flauta. La gente lo bailaba como si fuera cumbia y había adultos de todas las edades allí reunidos. Pero lo que me impresionó fue ‘la pandilla’: una especie de baile donde, al iniciarse una canción con tonos distintos a las demás, cada uno saca a quien desea sea su acompañante, lo agarra del brazo y lo lleva a la pista para seguirse unos a otros recorriendo círculos imaginarios. La emoción es general. Llega un momento dentro de la canción donde el ritmo se acelera y al mismo tiempo el paso de la gente y luego todos se abalanzan hacia el centro chocándose unos contra otros, pero sin causarse daño. Explicarlo es complicado. Uno de los guías que nos acompañaban me invitó a unirme a la gente, seguramente vio que tenía muchas ganas de hacerlo. Fue espectacular, quizá también ayudo a verlo así el efecto que ya estaba trayéndome el uvachado que había tomado. Luego, los ruteros formamos un círculo y al rato cada uno de nosotros, solos o en parejas, entrábamos a hacer eso, el más simple y gracioso ridículo; la espontaneidad en su máximo esplendor porque ya nos habíamos dejado envolver por la música y la alegría de la gente alrededor de nosotros. Sin embargo, después de una hora de estar allí, como a las 11 pm, el pitazo de Marta nos volvió a la realidad… teníamos que volver. Dormí esa noche plácidamente por el cansancio y por la mala noche del día anterior.

Sábado 12/09/08


PIURA: El bosque seco


El desorden que había en la habitación debíamos tenerlo ya controlado pues hoy día por la tarde salimos hacia San Martín en un viaje que durará sus buenas 16 horas, siguiendo el trayecto Piura-Olmos-Bagua Grande-Tarapoto. La idea me entusiasma un montón.

Después de desayunar salimos con Viki hacia el Centro para comprar algunas cosas que nos faltaban. Yo deseaba urgentemente unos carmines para el cabello y comprar pilas para la cámara. Entramos a una dulcería donde nos atendió un hombre de edad avanzada con muy buen sentido del humor y, sobre todo, una pizca de coquetería. Su tienda tenía ese espíritu acogedor que te hace regresar por más de esas delicias que te endulzan la vida. Allí compré los tan afamados chifles piuranos así como toffies a base de algarrobo que más tarde lamenté no haber comprado más. Fuimos también a un supermercado a comprar galletas, líquidos y otras cosas. Vimos a Pier (Perú) y Alba (España) por allí y nos recomendaron pasar por la oficina de iPerú para pedir información turística que de seguro nos sería útil para el resto de la ruta, sobretodo en momentos en los que no hubiese actividades y deseásemos aprovechar la estadía para visitar por nuestra cuenta dichos lugares.

Regresamos al Cuartel Grau y esperamos al bus.

3:00 pm. La apacibilidad llega a mí con el bosque seco. De pronto, mirando el cielo, a través de la ventana del bus, me imagino por un momento que las nubes encaramadas en el celeste diáfano están suspendidas de la nada por medio de hilos, así como las nubes de utilería de un teatro. Se las ve tan calmas al igual que las águilas que parecen tocarlas, observando todo desde allí, al acecho de cualquier presa en movimiento.

Llegamos a un peaje y con él también llegan las viviendas y los ágiles vendedores de agua y frutas. Continuamos y al poco tiempo el verdor reaparece dominándolo todo de nuevo. Vuelve el terreno boscoso y su inverosímil abundancia: su cercanía con la ciudad o simplemente con la carretera que la cruza me hacen creer en la suerte que algunas áreas naturales poseen para no ser atacadas insosteniblemente por la mano humana, en la suerte de estos algarrobos de no haber sido talados hace ya mucho tiempo atrás sino, en contraste, recibir cada verano y por parte de las lluvias esa bendición de vida que las acoge y las hace en esa época propagarse aún más.

Viernes 11/07/08


PIURA : La marinera en Catacaos

Catacaos nos recibió con muchas actividades también. Al llegar a esta ciudad nos acompañaron, desde que bajamos del bus hasta la llegada a la plaza, una banda por detrás que entonaba lindas marineras y, por delante, dos niños que la bailaban con paso armonioso; después me enteré que son hermanos. Además, encabezando toda la caravana estaban caballos de paso peruano que, con un derroche de garbosidad, se hacían camino por entre la muchedumbre que se prestaba a observarnos como bichos raros (bueno, exagero). Sin embargo, no podía dejar de ver la coquetería y elegancia con la que bailaban aquellos niños. Ya en la plaza otras danzas se siguieron y allí la pareja de hermanos se lució: simplemente me enamoré de aquel niño, de la expresión de sus ojos y su galantería al bailar; se notaba que habían sido participantes de muchos concursos de marinera. Animaron a Jonathan, el argentino que hacía las fotos para la ruta, a que se arme de valor e ingrese a la pista. Improvisó un baile que nos dejó al menos a nosotros satisfechos por lo graciosa de su intervención.
De allí tocaba visita turística por los alrededores. Nos adentramos a la iglesia principal y subimos hasta el campanario y luego recorrimos la Calle Comercio, siempre acompañados de guías escolares. Aunque ya había pasado por aquí antes, esta vez no pude resistirme de comprar cerámica de Chulucanas a pesar de lo tedioso que se me iba a hacer trasladarlos por toda la ruta hasta Lima. Así pues, anduve con una caja embalada con mis artesanías dentro y de cuando en cuando los ruteros me preguntaban si era la caja de la basura o, ni eso, la colocaban dentro por equivocación.

Tomamos el bus para dirigirnos al complejo Arqueológico de Narihualá. Allí vimos al famoso perro peruano con quien muchos se tomaron fotos. Comimos en Catacaos pero antes tuvimos un tiempito para revisar correos y hablar con familiares y amigos. Mi abuela llegó bien a Lima, eso me alegra.

La noche la teníamos libre y como era la ultima que pasábamos en Piura nos dirigimos todos hacia el Centro. Caminando nomás, para ahorrar en los taxis que a todos lados te cobraban dos soles. Habían intereses compartidos: ir a comer por allí, bailar en una disco, un karaoke o simplemente conversar en la plaza. Muy pronto el grupo se dispersó y quedamos Viki, Victoria (Puerto Rico), David (España), Vanessa (Brasil) y yo comiendo helados y sadwuches en un Mall que encontramos por allí.

Jueves 10/07/08

PIURA: Chulucanas...Carrera de motos!

Me desperté a las 5 de la mañana con mucho frío; había dado el sleeping a mi abuela, que estaba en el camarote adyacente; era la última noche que pasaba conmigo y era preferible que se abrigara para contrarrestar al refrío que había cogido. Probablemente, al verme moviéndome de un lado para el otro, tiritando, me lo cedió y es allí cuando dormí en realidad, por dos horas.

El lugar que nos proporcionaron es un auditorio al que habían condicionado para nosotros, los 60 y pico expedicionarios, con camarotes dispuestos ordenadamente por todo el recinto. Debo admitir que fue un poco extraño el hecho de tener a chicos de distintas nacionalidades durmiendo juntos en un solo lugar, compartiendo experiencias, opiniones y por qué no olores, ronquidos y otras cosas que en comunidad no suelen aguantarse normalmente. En fin, una gran prueba de tolerancia en todos los aspectos.
Subimos al bus.

Mientras escribo esto, veo de rato en rato el atrayente bosque seco surcado por esta carretera hacia Chulucanas y, observando a los expedicionarios hablando y riendo entre sí, me confirmo la idea de que ésta será una gratificante experiencia.

Después de 45 minutos en el bus bajamos de él para tomar, agrupados de tres en tres, unos mototaxis que nos habían estado esperando. Siento en el aire la emoción de algunos a los que pareciera ser su primera vez en este tipo tan curioso de transporte. Al rato nos vimos todos envueltos en una aguerrida carrera de motos, así como lo digo, carrera de motos. Unas ansias por llegar primero se apoderaron de nosotros y aplaudíamos, pifiábamos y nos gritábamos entre todos por dejarnos atrás, las sacadas de lengua no se hicieron esperar. Alentábamos a nuestro chofer, quien con una sonrisa de placer miraba a su colega pues ya lo había pasado; así es como llegamos a estar muy delante nos sin tener miedo porque la velocidad realmente era un poco alta como para causar un accidente. El júbilo habrá durado sus buenos 20 minutos hasta llegar a La Encantada, a 5km de Chulucanas, donde las autoridades del lugar nos tenían preparado una recepción la que acompañamos con un delicioso pisco sour. De verdad, jamás había probado uno tan delicioso como aquel, me imagino que debido a que, como uno de los hombres que participaba de la recepción nos había explicado, se había utilizado en su preparación el limón norteño que se producía orgullosamente en aquella zona. Para qué, me encantó.

La Encantada como término apareció hace mucho como la alternativa de algunas autoridades de antaño de evitar que la gente viviera por estos lares pues le atribuyeron falsamente apariciones de otro mundo nada apetecibles. A lo que se atribuye la presencia tradicional y numerosa desde siempre de curanderos en el distrito. Luego fuimos a un taller de cerámica, el que pertenecía a un proyecto para organizar y dar enfoques sostenibles a esta manifestación artística muy arraigada entre los lugareños. El objetivo del proyecto es hacer de estos ceramistas, herederos de la cultura Vicús, los forjadores de una forma de, a través de su arte, aliciente para mantener vivas su cultura, sus manifestaciones y formas de ver la vida. Algunos chicos tuvieron la oportunidad de, después de observar el mecanismo, aventurarse a crear ‘’algo’’ con la arcilla. El hombre que nos explicaba estas cosas tenía dentro de sí el espíritu de alguien que amaba el lugar donde había nacido, y que quería para su pueblo lo mejor. Es un experto en turismo que veía en la cerámica ‘’chulucanas’’, que era como se le estaba denominando, un gran potencial para realzar la actividad turística en la zona. Además, decía que era también potencialmente aprovechable el recurso natural que rodeaba a la localidad pues poseía una belleza si igual; se refería al bosque seco. Incentivar caminatas, paseos a caballo y campings eran algunas de sus propuestas. Logró entusiasmar a muchos chicos que lo oían, y las preguntas no se hicieron esperar; fue allí cuando me di cuenta que los chicos que me rodeaban no esperaban una experiencia turística habitual, para eso existen las agencias de turismo, sino que deseaban conocer el alma misma de los pueblos a través de su cultura, beber de ella, llenarse a chorros de esa experiencia. Lo menos que querían era ver a un pueblo prostituyéndose a la sazón del turismo, en ese caso un mal turismo, degradándose a causas de él para que los foráneos estén contentos y los vean como ‘’cosas’’ exóticas a las cuales fotografiar.

Salimos del lugar, también en moto y con la misma alegría aunque ya no tan entusiastas como la primera vez. Ahora nuestro conductor se desvió del camino para seguir un sendero que parecía ser un atajo pero que en realidad nos hizo llegar más tarde; aunque sí nos obsequió una vista de la gente en plena realización de sus faenas agrícolas, además de carretas llevadas a duras penas por burros, cargadas con la cosecha del día.

Luego ascendimos por un cerro literalmente amarillo, por la paja que llevaba encima y desde donde se podía tener una vista impresionante de la localidad de Chulucanas. Por la tarde almorzamos en un restaurante turístico, con la compañía de las guías y del alcalde que nos sorprendió con un CD donde se podía escuchar su interpretación de boleros conocidos. Yo esperaba un cebiche, emblema de la comida norteña, pero igual tuvimos frente a nosotros un rico almuerzo.

Por la tarde fui a dejar en la agencia a mi abuela para que tomara el bus de regreso a casa, no sin antes me diera las recomendaciones respectivas para el resto de mi travesía. Al verla partir una extraña soledad se apoderó de mí.

En la noche teníamos preparado un festival de danzas: internacionales, peruanas de la costa, sierra y selva. Particularmente me gustaron las afro peruanas por la versatilidad envueltas de fuerza y erotismo de una forma tan particular. Fue allí cuando conocí a Cecilia, una jovial arequipeña a la que le gustaron mis aretes de caracol. Con ella improvisamos movimientos negros desde nuestros asientos guiadas por la atrayente música. Seguidamente nos invitaron a pasar a la Municipalidad de Piura donde degustamos empanadas y jugos, fue extraño pues parecía que iba a haber para nosotros algunas palabras de bienvenida (aunque no las deseábamos) pero éstas no se dieron. Solo fue la voz de Marta diciéndonos que teníamos la noche libre y que el bus estaría a una hora determinada en la plaza para recogernos. Nos fuimos un grupo a cenar, pero algo delicioso estaba en nuestras mentes. Optamos al fin por una pizzería donde conocí más al grupo. Un gracioso Adrián que con una bandera como capa hacía poses de héroe español o Priscila, también española que te cautivaba con su fina voz y ese ''Oh, sí, nena'' …