Mi intención había sido levantarme temprano para poder observar desde mi asiento en el bus el seguramente bello amanecer de Tarapoto. Pero ayer por la noche me dejé envolver por la selva que se presentaba ante nosotros cada vez más, aunque en la oscuridad, misteriosa. También he de decir que la incomodidad del asiento no ayudó mucho. Solo recuerdo que al despertarme hoy como a eso de las 5 de la mañana observé a duras penas ya un zigzagueante río que nos daba la bienvenida; luego, el sueño me venció para ser perturbado luego a nuestra llegada a la ciudad. Nos detuvimos.Tarapoto, la ciudad de las palmeras, a primera vista está inundado de mototaxis, al igual que Piura, pero con mayor intensidad. También vi muchas motos, de esas personales, con conductores atareados dirigiéndose al trabajo o al mercado. Hasta que se dio el aviso y nuestro bus, el cual nos iba a seguir acompañando por toda la ruta hasta llegar a Lima, avanzó raudo alejándose nuevamente de la ciudad para introducirse por entre chacras de arroz y pastizales, cicatrices de la deforestación, hacia las instalaciones del Instituto para el Desarrollo y la Paz Amazónica. El nombre por sí mismo me llama mucho la atención. Allí nos espera el tan ansiado desayuno. Bajamos del bus y mientras recogemos cansados nuestras grandes mochilas para dirigirnos a la habitación que nos han asignado esta vez, un conjunto de música folclórica nos recibe con quenas, tambores e instrumentos hechos con semillas para decirnos una vez más que estamos en la selva peruana, una tierra donde la música característica de este lugar se disfruta al son de un clima caluroso, donde la alegría sabe distinto que en otras latitudes.
Algunos desean ir directamente a bañarse o a dormir, pero no, nos espera una pequeña recepción. Fuimos al comedor y pronto me di cuenta que ésta era una recepción diferente: la música nos acompañaba y junto con ella las sonrisas de nuestros universitarios anfitriones nos invitaban a sentarnos haciendo un círculo alrededor de ellos. Empezaron con una danza para que después cada uno de los bailarines sacara a un expedicionario a bailar. Así, ya animados, nos presentaron a los que serían nuestros guías, todos estudiantes de la Universidad Nacional de San Martín. Desayunamos y nos alistamos para salir hacía el primer destino: las cataratas de Ahuashiyacu. Mi grupo era el de las ‘Awiwas’, lo que vendría a ser un gusano amazónico muy apetecido en la región por su rico sabor. El camino era bellísimo y, aunque se veía claramente cuánto había la deforestación azotado los alrededores de la ciudad, por ser un foco de desarrollo, el verdor del lugar a donde nos dirigíamos me hacía olvidar por un momento esa realidad. Para llegar a esas cataratas hay que caminar un trecho de 20 minutos en dirección contraría al curso del agua cuyo origen es la catarata. La humedad del lugar deja ver tras de sí un bello paraje de vegetación en sus diversas variedades y, de tanto en tanto, aves, mariposas u otros insectos voladores que logran hacerte seguir su rastro…las fotos no se hicieron esperar y al llegar al origen de este curso de agua, la catarata se hizo presente, majestuosa, y muchos se animaron a darse un baño en sus frías pero fresquísimas aguas. Luego fuimos a la ‘biodiversidad’, como le llamaban los guías, un lugar cercano a las cataratas donde, mismo zoológico, había representantes de la fauna del lugar; pertenecía a la universidad. A decir, animales que habían sido encontrados por estos lares mientras se afirmaba la ahora moderna carretera de Tarapoto a Yurimaguas, si es que no habían sido encontrados por las autoridades convenientes cuando eran presas de la venta ilícita. Y ahora estaban expuestos a los visitantes. No pude averiguar si estaba dentro de sus planes realizar investigación o, de ser posible, realizar proyectos para insertarlos nuevamente a su hábitat. Sinceramente, no me agradó la forma en la que estaban cuidados. El hacinamiento era extremo en algunos casos. Como en el tigrillo, cuya pequeña jaula lo hacía tan cercano al acecho de la gente que se detenía a observarlo, que se la pasaba gruñendo todo el tiempo, y más aun cuando le tomaban fotos. Saliendo del lugar encontré en el camino dos insectos palo apareándose, ambos de tamaño impresionante.

Regresamos para almorzar y nos dijeron que teníamos la tarde libre, pues en la noche saldríamos para un evento con música del lugar lo cual sonaba muy bien. Muchos aprovecharon para bañarse, aunque el agua corría austeramente por las únicas tres duchas de las que disponíamos. Otros lavaban sus ropas, dormían o tomaban el sol vespertino. Más tarde Robi de Ecuador sacó su guitarra y, acompañado de Arturo (Argentina), Carlos (Ecuador) Manfred y Esteban (ambos de Costa Rica), se pusieron a tocar rolas en su mayoría latinoamericanas que fueron animando a cada vez más a unirse al grupo. Yo estaba con un grupo de chicas, conversando y disfrutando de galletitas, mate cocido (que parecía comúnmente degustado por los argentinos) de Carolina y de un fresco viento; cuando escuché una de Fito Páez del cual no me resistí en acercarme a escuchar. Al rato cantábamos todos juntos canciones de Calamaro, Maná, Soda Estéreo y otras tan lindas propias del acervo latinoamericano: fue una tarde especial… hasta que nos llamaron a cenar.
Fuimos por la noche a Chobawasi, ‘La Casa de la Solidaridad’, donde degustamos tragos típicos y compramos artesanías. Luego pasó lo mejor: nos dirigimos a una Cabezonía. Así me enteré de estas fiestas propias del oriente peruano, donde se podía bailar música selvática en vivo y tomar uvachado. La entrada era libre pero cada vasito de trago cuesta un sol, y, claro, uno no se conforma con uno solo. El uvachado es una bebida hecha de aguardiente con uvas enteras, el reposo de estas últimas hace que el color del aguardiente se torne morado grisáceo y que las uvas adopten un grado de alcohol incluso más fuerte que el líquido sobre el que están embebidos. Personalmente, me gustó mucho. La música es meramente instrumental y por ratos me hacía pensar en música árabe por los sonidos extraños que emitía la flauta. La gente lo bailaba como si fuera cumbia y había adultos de todas las edades allí reunidos. Pero lo que me impresionó fue ‘la pandilla’: una especie de baile donde, al iniciarse una canción con tonos distintos a las demás, cada uno saca a quien desea sea su acompañante, lo agarra del brazo y lo lleva a la pista para seguirse unos a otros recorriendo círculos imaginarios. La emoción es general. Llega un momento dentro de la canción donde el ritmo se acelera y al mismo tiempo el paso de la gente y luego todos se abalanzan hacia el centro chocándose
unos contra otros, pero sin causarse daño. Explicarlo es complicado. Uno de los guías que nos acompañaban me invitó a unirme a la gente, seguramente vio que tenía muchas ganas de hacerlo. Fue espectacular, quizá también ayudo a verlo así el efecto que ya estaba trayéndome el uvachado que había tomado. Luego, los ruteros formamos un círculo y al rato cada uno de nosotros, solos o en parejas, entrábamos a hacer eso, el más simple y gracioso ridículo; la espontaneidad en su máximo esplendor porque ya nos habíamos dejado envolver por la música y la alegría de la gente alrededor de nosotros. Sin embargo, después de una hora de estar allí, como a las 11 pm, el pitazo de Marta nos volvió a la realidad… teníamos que volver. Dormí esa noche plácidamente por el cansancio y por la mala noche del día anterior.

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